Coda

DE AZTLÁN A CUZCATLÁN

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

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Desde Comala siempre…

 

Con la nostalgia de lo que jamás sucedió, lamento el estado de los cadáveres de mis años mozos.  Los despojos de la niñez y de la adolescencia yacen ante mí con la misma certeza que el vecino se acerca a comentar los eventos del día.  Sé que soy un misterio para él, una simple ficción, bajo un cuerpo revestido y enmascarado de frases corteses y comentarios frívolos.  Como también soy para mí mismo un disimulo, al forjarme una identidad distinta a través de las letras y de la lengua.  Ignoro quién es F. T. disfrazado tras un comodín material que se me ajusta tan a la medida como un traje de buena marca.

Escribir es olvidarme.  Al disfrazarme en palabras, revelo y escondo quién soy.  Por esta pantomima verbal, que se deteriora tal cual se estropea la ropa vieja, cambio de atuendo y de palabreo a intervalos regulares.  Con toda honestidad, me confecciono “personalidades inventadas” que obedecen más a deseos entrañables que a una realidad manifiesta.

Soñar es una actividad permanente, la única vía realista que reconozco en un verdadero “hombre público y de acción”.  Si pudiera hacerlo, cambiaría de cuerpo y de lugar como de camisa y pantalones que alternan a diario según la etiqueta que cumplo, y los vocablos que se canjean para mantener un ritmo en el escrito.  Empero reconozco que esta libertad de muda absoluta rayaría en el libertinaje y, al instante, me resulta prohibida.  Desde el inicio del tiempo, no me consultaron la opción de vivir bajo una forma biológica más adecuada a mi gusto terrestre.

Luego de largos años, confieso que me acomodo tanto a este traje corporal que de inmediato rehúso deshacerme de él, aun si reconozco en el sui-cidio, en la muerte de sí, la única forma de fallecer.  Nadie puede confiscarme la muerte, pese a que alguien me quite la vida.  Por eso, no me preocupa morir de mí.  Más bien, me inquieta cómo idearme el artificio social de la vida para que al fingir una causa me sea más liviano ganar el sustento.  Este móvil justo lo arguyen todos mis colegas a mi alrededor, y advierto que les resulta un ropaje mundano bastante cómodo a sus propósitos más urgentes.

La diferencia la establece confundir esa imagen social consigo mismo o, en mi caso, anotar una separación tajante.  En este cisma inevitable, declaro que me adhiero a una “divina comedia” al reconocer jocoso la distancia entre la raíz íntima que se oculta y la figura corporal que emerge hacia la superficie de la tierra.  Por esta razón, abomino de los seres trágicos que identifican lo invisible con su cargo social superior, el cual siempre me promete un sol más radiante y flores más coloridas, una primavera eterna.

Por mi parte, estoy condenado a vivir en el encierro de una oficina contabilizando horas y números sin quejarme.  No me lamento pues sé a ciencia cierta que, en un mundo injusto, si no me emplearan en este sitio, me colocarían en un lugar similar o más detestable aún y seguiría penando, porque la utopía no está hecha a la medida de mi persona actual.

No escribo para recordar sino, insisto en olvidar la vida y pulir la imagen social, la mascarada que me recubre, para que la raíz oculta despeje al menos unas cuantas hilachas de su sopor otoñal.  Así aplico la más estricta convención en boga, la que me impone mantener cierta pulcritud por el baño diario y la ropa limpia, a defecto del canje de cuerpo y forma biológica que me está vedado.

“La literatura es la mejor manera de ignorar la vida”…

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