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CAVAFIS VUELVE A ÍTACA

Álvaro Darío Lara

Claraboya

Creo haber sido un adolescente cuando leí algunos poemas del gran rapsoda griego Konstantinos Cavafis (1863-1933) y aún percibo el rumor de las azuladas aguas del mar Mediterráneo; las calles de Alejandría, el bullicio, y el claro objeto del deseo del poeta: los eróticos cuerpos de los bellos jóvenes, inmortalizados en su poesía.

Una poesía ungida por la nostalgia, donde la historia de griegos, egipcios y romanos es apenas el telón de fondo, para evidenciar las grandezas y miserias de los terribles personajes del tiempo.

El canto maravilloso de Cavafis se sirve de la juvenil figura del traicionado Cesarión para enaltecer, en un poema escrito con fabuloso recurso erudito, su visión apasionada del monarca: “Ah, ahí estás, con tu indefinido/encanto. En la historia hay tan sólo/ unas pocas líneas sobre ti, / de modo que puedo moldearte más libremente en mi/pensamiento, /Puedo hacerte bello y sensual. / Mi arte da a tu rostro/ un atractivo bello y soñador”. (Fragmento de poema “Cesarión”).

Toda traducción es un crimen contra la lengua original, pero, aun así, la musicalidad del “vocálico griego”, como decía Wilde, se advierte y llega hasta nosotros, desde las primeras versiones al español de las obras completas de Cavafis, efectuadas por José María Álvarez en 1976.

El pálpito amoroso recorre la gran mayoría de los 154 poemas considerados por Cavafis como dignos de ser publicados. Y es, que, a lo largo de su vida, el poeta realizó un obsesivo trabajo de depuración formal de sus textos.

Esa intensidad homoerótica es la que dicta una fina sensibilidad que insinúa, sugiere, los amores furtivos de juventud: “Su atractivo rostro, un poco pálido;/ y los ojos castaños, como fatigados;/ veinticinco años, aunque aparenta mejor veinte;/ algo le da en su atuendo vago aire de artista/-la corbata tal vez, o la forma del cuello-;/ marcha sin fin preciso por la calle, / como poseído todavía del placer ilegal/, del prohibido amor que acaba de ser suyo”. (Poema: “En la calle”).

Su recreación poética de la historia de la Antigüedad es magnífica. El drama de Marco Antonio, tan audaz y formidable estratega militar, pero tan falto de prudencia, constituye el asunto de su célebre poema: “El Dios abandona a Antonio”, en clara referencia a su suicidio ante su caída inevitable frente a las tropas de Octaviano.  Veamos un fragmento: “Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente, / como quien digno ha sido de tal ciudad, / acércate a la ventana con firmeza / escucha con emoción, mas nunca/ con lamentos y quejas de cobarde, / goza por vez final los sones, / la música exquisita de esa tropa divina, / y despide, despide a Alejandría que así pierdes”.

La desdicha, la ironía de la vida, el antiquísimo fenómeno migratorio de los hombres jóvenes del ayer es el tema de una bella y conmovedora página escrita por el gran poeta alejandrino: “A Emes, joven de veintiocho años, un navío tenio/ trajo a este puerto sirio/ para que aprendiese el comercio del incienso. / Enfermó durante el viaje. Y desembarcando/ aquí, murió al pisar tierra. Fue pobremente/ enterrado. Pocas horas antes había/ susurrado dulcemente “casa” y “viejos padres”. / Mas nadie supo nunca quiénes eran, / ni cuál su ciudad en el gran mundo griego. / Es el mal menor. Porque mientras aquí/ en este pequeño puerto yace en paz, / sus padres guardan la esperanza de que aún vive”. (Poema: “En un puerto”).

La poesía de Cavafis evidencia la riqueza de la cultura alejandrina, de extraordinaria raíz helénica, y enriquecida por una notable influencia artística ininterrumpida a través de los distintos imperios y credos religiosos que conforman su plural identidad actual.

El paso del tiempo, la ruina, la llegada de los años que extinguen los fuegos juveniles, el misterio de los viajes, el mar son los motivos que nos invitan a la admiración de la diversa y hermosa realidad, natural y humana, capaz de volvernos más sensibles, civilizados y cultos.

Concluimos citando su hondo poema “Ventanas”: “En esas habitaciones oscuras donde vivo/ pesados días, con qué anhelo contemplo a veces/ las ventanas. –Cuando se abrirá/ una de ellas y qué ha de traerme-. / Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé/ hallarla. Y quizá mejor sea así. / Quizás esa luz fuese para mí otra tortura. /Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría”.

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