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Canelo y Churrito

Mauricio Vallejo Márquez

coordinador

Suplemento Tres mil

 

Canelo, malady se llamaba. Era un perro de ojos grandes y con increíbles características de una raza indeterminada (aguacatero). Se paseaba a su antojo por la colonia, shop incluso con tal desenfado que parecía amo y señor, sin pretenderlo. Vivía cerca de la panadería y sabía a qué horas le brindaban un mendrugo de pan o una caricia, así que el chucho era puntual y amable.  Un perro muy simpático y que daba necesidad de querer

Raramente lo vi sacando la lengua o haciendo algún gesto curioso. Vivía en la casa de Ronald, donde nunca pasaba o al menos esa era la familia que lo acogía. Seguro que sólo llegaba a dormir, porque Canelo era un habitante de toda la colonia y de sus alrededores. A veces nos seguía con todo y el rumbo indeterminado, al final de cuentas era buena compañía.

Parecía responder a los saludos con una inclinación de su cabeza. Era curioso, porque daba la impresión de que conocía a la gente, y sabía ser educado y silencioso. Nunca lo escuché ladrar, pero seguro que no era mudo. Y quizá por la fascinación de su carácter comencé a comparar al resto de caninos con Canelo. Recuerdo un día que fui a Chalatenango a un festival de TNT, pasamos la noche en La Palma gracias a la guía del poeta Pedro Valle, y al día siguiente un perro ,con similares características a Canelo, me siguió todo el trayecto, así que por su constancia le terminé por bautizar como Churrito.  No se despegó en ningún instante, y no andaba tras nosotros solo por algún alimento, porque lo que le dimos era poco a comparación de lo que podía encontrar por el camino. Total me divertía y me era digna su compañía.

Ya son más de 20 años de esos días y hasta la fecha no he vuelto a ver otro perro igual a estos. ¿Será porque nadie es igual a otro? Sin duda, pero es esa singularidad que aparta del resto lo que genera un recuerdo. Ese hecho de ser diferente a los otros canes fue suficiente para que no se borrará de mi mente aunque ya no los vea deambular por las calles.

Los perros viven un máximo de 15 años, según la raza. Estos perros que me daban un aire a aquel Nerón de “Andanzas y malandanzas” no creo que aún circulen por las calles. Tal vez el tiempo les termine dando forma en mi memoria para que se conviertan en algún relato, mientras me da pie a recordar que estos animalitos llegan a ganarse el corazón y la buena voluntad de uno porque tienen algo que necesitan muchos seres humanos: nobleza.

Recordar escenarios de años pasados nos traen imágenes de tantos perritos que se volvieron comunes. Esos gentiles y simpáticos, y otros que eran peligrosos (como Danger) que también formaron parte de nuestros días, así como la humanidad en la que siempre habrán buenos y malos.

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