Por David Alfaro
La narrativa oficial celebra con bombos y platillos la promesa de 50,000 becas universitarias. Sin duda, la educación de la juventud salvadoreña debe ser una prioridad absoluta, pero la demagogia de los titulares oculta una realidad financiera insostenible: el programa no se sostendrá con una economía nacional fuerte ni con ingresos propios, sino con un nuevo tarjetazo internacional de 100 millones de dólares con el BID.
Ofrecer «regalos» con pisto ajeno es sumamente fácil cuando la factura no la paga quien se toma la foto, sino las próximas generaciones de contribuyentes. Financiar gasto social corriente a base de préstamos multilaterales solo profundiza el ahogo fiscal de El Salvador, comprometiendo los presupuestos de las próximas décadas únicamente para cubrir intereses y amortizaciones.
El verdadero problema de estas políticas asistencialistas es su falta de honestidad económica. Nos venden como un logro histórico lo que en realidad es una hipoteca masiva. Al final, cada centavo de ese acuerdo tendrá que salir de los impuestos, el IVA y el sudor de todos los salvadoreños mañana. Un país no progresa multiplicando sus deudas para maquillar la falta de inversión estructural; progresa cuando genera las condiciones para que su propia economía financie su desarrollo. Lo difícil no es anunciar el beneficio hoy, sino explicar el costo del mañana.
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