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Adiós a Óscar Fernández

Luis Armando González

Este día, a tempranas horas de la mañana, recibí la triste noticia del fallecimiento de mi amigo Óscar Fernández, luego de una terrible crisis en su salud. Desde hace un par de semanas, veía con preocupación su situación; en los últimos días, el presentimiento de que algo trágico sucedería se fue haciendo más fuerte en mí, a partir de los informes que los doctores iban dando de su estado.

Lo peor sucedió: Óscar Fernández ha partido hacia a la Otra Orilla, de la que no hay regreso, y en la cual seguramente me estará esperando, cuando me llegue mi turno de partir, con una botella de vino tinto, unos buenos quesos y una conversación amena sobre eso que tanto le apasionaba y en lo cual gastó sus mejores energías: el país, sus contradicciones, injusticias, desigualdades y esperanzas.

Conocí a Oscarito a inicios del 2000, cuando tuve una entrevista con él, a propósito de un curso de Realidad Nacional que yo daría en la Universidad Tecnológica. En esa plática me manifestó su visión de la educación superior –crítica, reflexiva, con sólidos fundamentos teóricos, comprometida con los problemas de las mayorías— con la cual coincidí plenamente. A partir de entonces, leímos y comentamos lo que cada cual iba publicando en El Co Latino o en Contrapunto, muchas veces discrepando, pero  siempre coincidiendo en lo esencial: la creencia de que había que atreverse a cuestionar las ideas establecidas en materia económica, política, jurídica y educativa.

Una feliz casualidad –no se me ocurre otra expresión para referirme a la experiencia— permitió que coincidiéramos como miembros del Consejo Académico de la Academia Nacional de Seguridad Pública (ANSP). Esto me permitió compartir de cerca las opiniones y visión de país de Óscar, y no sólo sus preocupaciones sobre la seguridad pública y la formación policial.

En las sesiones del Consejo no me fue ajena su vehemencia, su claridad política y su compromiso ciudadano. Tampoco me fue ajena su tolerancia, respeto a las opiniones distintas y disposición a matizar sus posturas a la luz de lo surgido en un debate sobre algún tema controvertido. Sin él saberlo, me estaba dando una lección de servicio público, ciudadanía y responsabilidad política que guardaré como un tesoro de aquí en adelante.

Las sesiones del Consejo Académico realizadas en Comalapa me permitieron, en varias ocasiones,  viajar con Oscarito. Tuve el privilegio de escucharlo hablar sobre su vida, su trayectoria, sus aventuras, desventuras y  frustraciones. Tuve el privilegio de que él escuchara mis tribulaciones, en este país que, coincidíamos, es tan bonito, pero a ratos es demasiado ingrato con sus mejores hijos e hijas.

En esas pláticas, nos indignamos por los abusos de los ricos y por la pasividad de los pobres; por la facilidad con la que el dinero y el poder tuercen las mejores voluntades… En fin, hicimos lo que suelen hacer dos amigos que quieren a su patria y que sienten que nadan contra corriente, pero que pese a eso no pierden las esperanzas de un El Salvador más justo y solidario.

Aprendí de mis padres a respetar a mis mayores. Cuando era pequeño, “mis mayores” eran las personas adultas, especialmente los ancianos y ancianas. Ahora que soy adulto, entiendo mejor el sentido profundo de la expresión: mis mayores son los que llegaron antes a la brega por la vida; quienes sembraron y fertilizaron con su esfuerzo físico e intelectual el suelo en el que me encuentro de pie; quienes pusieron su mejor empeño –a costa de su bienestar personal y familiar— para que El Salvador fuera un país mejor…

Óscar Fernández es, precisamente, uno de mis mayores. En ese sentido, siempre me mereció el respeto debido, y ahora es su memoria la que me lo impone como un deber ético ineludible. Dedico a Óscar este poema de Antonio Machado –“Autoretrato”— como el mejor homenaje que puedo rendir a su memoria.

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—;

mas recibí la flecha que me asignó Cupido

y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje

y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Que descanse en paz Óscar Fernández.

San Salvador, 21 de septiembre de 2016

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