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AB AETERNO

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA.

 

Por Eduardo Badía Serra,

Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 

 

En recuerdo de un gran Maestro.

Historia probablemente real.

 

 

A “El Chico” sabíamos llegar, in illo tempore, cotidianamente, a eso de la cinco y media, acomodándonos en el mismo “apartado”, pues siempre estaba vacío por ser temprano aún para esos menesteres. De ahí no salíamos sino a la medianoche, cuando a veces el cielo estaba poblado de estrellas dispersas en su azul profundo y limpio, o igual cuando asemejaba una negra y densa capa presagiando tormenta o desatándola ya, lo cual nos obligaba a bañarnos impertinentemente mientras cubríamos el camino a nuestras casas.

 

Illico, como siempre, ya estaba él ahí, abutacado, fumando desaforadamente, estirado, suelto, con el sombrero caído hacia el lado, pero cubriéndole elegantemente la cabeza, sin faltarle el corbatín de fuertes colores y el “pull-over” abotonado dejando sólo entrever el cuello de la camisa, siempre blanca. Como era alto, destacaba, y como era conocido por su brillante erudición, todos le respetaban. Al momento de llegar, ya había despachado el primer par de tragos, y no dejaba de mascar los trocitos de caña o de pasar el amargor del salado jocote que nos servían para acompañar las bebidas. Era siempre, pues, primo ocupandi.

 

Hablábamos, como él decía, ab hoc et ab hac, y más bien discutíamos de las incontinencias de la vida pública y del futuro impreciso y difuso, mientras íbamos aguarapando nuestros pensamientos y tejiendo telarañas dentro de nuestras cabezas, hasta que, efectivamente, ya suficientemente nublado el entendimiento, decidíamos, en acto puro, retirarnos para, evitando el exceso, poder volver al día siguiente, manteniendo así la consuetudinariedad. El profesor era un experto en los latinazos, y a nuestros argumentos daba el sabor alegre cuando los rodeaba con el sello de su sapiencia, espetando alguna frase que, siempre por no entender, debíamos después pedirle explicar, lo cual hacía siempre bona fide. Para nosotros, estar con él era como una especie de estar ab apertum libri, y ello nos llenaba de alegría y ánimo. No recuerdo cómo se originó el primer encuentro, pero estoy seguro que fue enteramente casual.

 

Al magro asunto de la vida citadina, saturada de rutina y aburrimiento, le sabíamos encontrar casi siempre argumentos suficientes para el diálogo y la discusión. “Lo que ustedes buscan no es otra cosa más que pretextos para el gaudeamus igitur de todos los días”, nos decía nuestro mentor amigo con un dejo acusador, pero a la vez contemporizador. Sensu lato, también él gustaba de aquella especie de carpe diem que en sus últimos años probablemente se le tornaba más urgente. Y como, la verdad, ya venía de transitar mucho más que nosotros en este valle de lágrimas, a menudo sabía complementar nuestros conocimientos sobre los variados asuntos, con los suyos, que eran, sí, mucho más amplios y detallados, y que nunca a pesar de utilizarlos posteriormente nosotros mismos, discutíamos, pues habíamos ya aceptado que lo que él nos decía era sin discusión alguna, magíster dixit. Conocía tantos hechos políticos e históricos, la vida y milagro de muchas familias, de muchos personajes públicos y privados, y con ello, delicados secretos de damas y caballeros sobre casos que se habían dado dentro de la sociedad, particularmente de la alta, los cuales, cuando se daba la oportunidad, nos relataba para complementar o aclarar la situación cuando ello, por nosotros mismos, no era posible. La conversación era siempre nuestra, interviniendo él sólo cuando prudente o necesariamente lo estimaba conveniente o necesario. In poculis, los temas iban apareciendo y desapareciendo, mientras “El Chico” se poblaba de parroquianos, sedientos, más que del volátil y amoroso líquido, de la distracción y el compartimiento.

 

Un día lo supimos. El maestro, tan querido por sus discípulos, tan respetado por sus colegas, tan admirado y entrañablemente estimado por nosotros, estaba metido, hasta la máxima profundidad, in visceribus rei. El propietario del bar, un viejo gordo y famélico, vivo y astuto como el que más, gran comerciante, pero con todo y todo de noble corazón, solidario y de buen pensamiento, nos llamó un día a su despacho, justamente situado tras la caja del dinero, desde donde podía con suma facilidad advertirlo y controlarlo todo sin necesidad de levantarse de su asiento, y tras reclamarnos argumentando que el prestigio del establecimiento y su plena relación de cordialidad con las autoridades públicas mucho esfuerzo y trabajo le habían costado a lo largo de tantos años, y las consecuencias que pudiera traerle a futuro trastocar esa tranquila posición, aflojó su habitual aparente dureza, y nos relató lo acontecido.

 

Como siempre, el mentor había llegado una hora antes, pero cuando se disponía a hacer pendulear las persianas de la entrada, había sido detenido por la autoridad, y, sin mediar palabra, se habían dirigido, él y ella, calle abajo, hasta que, discretamente observados, se perdieron de vista por el rumbo de la cuesta de El Palo Verde.

 

En realidad, al bar “El Chico” nada le sucedió. Los parroquianos, y nosotros entre ellos, proseguimos como asiduos clientes y visitantes del lugar, libando mieles amargas y dulces y degustando la conversación intrascendente pero necesaria, que aliviaba, a más no poder, las presiones de la vida sedentaria de los burócratas y empleados, que eran la mayoría. El viejo propietario, noble en el fondo, pero listo y taimado, pudo seguir manteniendo sin mayor dificultad su buena relación con la clientela y con las autoridades públicas, al margen de uno que otro altercado que, producto de los débiles estados de conciencia que en algunos se manifestaban ya avanzada la noche, sabían sucederse de cuando en vez, y que algún dinerillo le costaba que pasaran inadvertidos.

 

Acudimos el día siguiente, dejando al lado nuestras obligaciones laborales, al colegio en el que trabajaba el amigo Maestro. No sabían nada de él sus socios y colegas. Nos acercamos por la policía, pero negándolo todo, las expresiones de los agentes del orden fueron claras y manifiestas en hacernos entender lo impropio de nuestro interés por el caso. Así transcurrieron un par de semanas, y siempre, a eso de las cinco y media de la tarde, cuando nos acercábamos al sitio acostumbrado, sentíamos un vacío profundo en el “apartado” en el que solíamos desarrollar nuestra acostumbrada y consuetudinaria conversación. Se ausentaron los latinazos, las ampliaciones a los argumentos, los datos, los secretillos que enriquecían y jovializaban el conocimiento de las cosas y de los casos, satisfaciendo nuestro morbo, pero, sobre todo, la presencia amena y erudita del profesor.

 

El viejo marchante del “Chico” se tornó más amigable, más solidario, aunque sin llegar al extremo. Algunas veces nos enviaba viandas especiales para acompañar la copa y al volver nosotros a verlo como interrogándolo, nos contestaba con una sonrisa mientras barajaba entre sus regordetas manos los papeles donde detallaba el estado de las cuentas de cada uno de los presentes, cuentas que, al margen de las a menudo confusiones que se daban en el lugar, manejaba sin la menor de las equivocaciones.

 

Nos enteramos entonces que el maestro era un hombre respetado, y que sus alumnos, conjuntamente con sus socios y colegas, desde el viejo caserón del colegio, habían hecho infructuosas pero persistentes gestiones para averiguar su paradero. Nunca se supo más de él. Su nombre comenzó a aparecer en periódicos y en panfletos contestatarios. La gente comenzó a leer su dispersa obra.

 

Y nosotros, que lo tuvimos tanto tiempo acompañándonos a diario en nuestras libaciones, llenándonos de sabiduría, de luz, de sapiencia, ya no pudimos gozar de la dicha de verlo, al llegar, apoltronado sobre la vieja silla del “apartado”, alto como era, fumando desaforadamente, su sombrero tirado al lado, su corbatín brilloso de colores, el infaltable “pull-over”, y en su mano, la copa llena del blanco licor lista al sorbo, después del cuál nos haría un mutis para corregir el dato, o para ampliarlo, o para recordarnos que la hora había llegado y que sobre la ciudad se había depositado  una densa nube, que, bajando del cerro, presagiaba rauda una fuerte e interminable tormenta, de la cual probablemente nuca lograría salir sino usque ad cineres.

 

Seguramente el viejo Maestro se fue, sin siquiera saber nuestros nombres y nuestra procedencia.

 

 

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