Primera estación: Monseñor Romero Vive*
* Reflexión elaborada por Carlos Mauricio Hernández, docente universitario, leída en el acto conmemorativo llevado a cabo el sábado 21 de marzo en el monumento al Salvador del Mundo.
Quienes tomaron la decisión de acallar a Mons. Romero tenían claro que no se trataba de un acto aislado. Pretendían no solo apagar la voz del pastor, la voz de quienes no podían alzarla ante la dura represión estatal de los convulsos años setenta y ochenta en El Salvador. Ese sector de la sociedad cegado por el odio y con prácticas extremas de violencia para resolver conflictos, celebró aquí cerca del monumento al Salvador del Mundo, aquel 24 de marzo de 1980 al atardecer, que habían frenado el avance del comunismo con el magnicidio. Muy a pesar de que para realidad salvadoreña no era el comunismo el mayor de lo males en aquel momento ni el arzobispo martirizado en el altar tenía como bandera implantar ese sistema en el país.
El desatino de los responsables del magnicidio se expresa en muchas paradojas que la misma realidad les restregó:
Primero, queriendo frenar la guerra la terminaron provocando.
Segundo, los verdaderos problemas del país a finales del siglo pasado eran el hambre, la falta de vivienda digna, el injusto e irracional reparto de la tierra, la falta de un sistema sólido de salud y educación, la falta de un Estado de Derecho y de procesos electorales limpios que aseguraran las libertades políticas elementales. En lugar de enfrentar con inteligencia estas situaciones, los poderosos de esa época emprendieron la guerra contra un fantasma, el comunismo soviético, que en todo caso, generaba susto principalmente a Estados Unidos y no a un país devastado por el desorden capitalista y el proyecto económico fracasado de las élites cafetaleras instaladas en El Salvador.
Tercero, queriendo callar una voz le dieron una plataforma, un micrófono que hizo y sigue haciendo que esa voz siga viva hoy: interpelando a los que abusan del poder, a los que reprimen injustamente desde el Estado y a quienes son incompetentes en la creación de condiciones económicas que aseguren una vida digna para todo el pueblo y no solo para unos poco. Esa voz interpela, por tanto, a los poderosos de ayer y de ahora, a los de aquí y a los del resto del mundo.
Monseñor sabía que la fuerza de su palabra no le venía de una vanagloria personal o un interés político inconfesable. Encontró en su fe profunda la clave para agarrar fuerzas en un ambiente tenso y peligroso. Él mismo lo expresó en la homilía del 17 de diciembre de 1978: “Mi voz desaparecerá, pero mi palabra que es Cristo quedará en los corazones que le hayan querido acoger”.
Romero tenía claro, frente a las constantes amenazas recibidas, que su labor pastoral era coherente plenamente con los valores del Evangelio y estaba en plena fidelidad al magisterio de la Iglesia universal, su denuncia de las injusticias no tenía más alimento que pretender corregirlas para evitar el sufrimiento humano, en especial de los más pobres.
Por esto es importante que hoy no recordemos a Mons. Romero como si fuera una artesanía histórica, cuya validez es solo del pasado. Es una voz de suma importancia para entender nuestro pasado, pero también es una voz que está viva hoy y lo estará en el futuro.
Porque tal como lo señaló el jesuita mártir Ignacio Ellacuría en febrero de 1980:
Las homilías de monseñor… no despiertan odio o desunión sino esperanza, no despierta resentimiento sino deseos de resurrección. Sus homilías miran la realidad histórica desde el Dios de Jesucristo y miran al Dios de Jesucristo desde la realidad histórica[1].
Esta mirada romeriana representa un desafío también para quienes estamos aquí en esta conmemoración del 46 aniversario del martirio del primer santo salvadoreño. Frente a las versiones maquilladas y engañosas de la realidad, Romero nos invita a no desfallecer en mirar la realidad siempre desde las víctimas, sean éstas a manos de grupos delincuenciales o del mismo Estado. No es una tarea fácil y por eso el legado vivo de Romero nos desafía a que cultivemos no solo con el saber si no también con el corazón la empatía con quienes sufren, tal como haría el mismo Jesús de Nazareth en estos tiempos y en cualquier otra coyuntura.
Para finalizar, quiero que escuchemos unas palabras de Ellacuría, las primeras que escribió en reacción al martirio de Monseñor:
Alentó a todas las fuerzas sociales que buscaban un cambio social profundo.
Por todo ello y sin pretenderlo, humilde y paciente, dándose a todos sin pedir nada para él… monseñor Romero se convirtió en un héroe nacional y en el salvadoreño más conocido y estimado internacionalmente.
Monseñor Romero no ha muerto. Hay demasiados corazones vivos en El Salvador, que aman la justicia y aborrecen la injusticia, como para que él quede muerto[2].
[1] Ignacio Ellacuría, con disponibilidad en https://goo.gl/KBzvr9
[2] Ignacio Ellacuría, con disponibilidad en https://goo.gl/bxeCc7
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