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Jueves , 21 Septiembre 2017
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Para la libertad

Para la libertad

Álvaro Darío Lara

Escritor y poeta

 

Desde su lanzamiento en 1972, treat recipe el hermoso poema de Miguel Hernández, site vuelto alegre y combativa canción, por el genio de Joan Manuel Serrat (1943), se convirtió en símbolo definitivo de la lucha del pueblo español  contra la dictadura del general Franco. Pero también fue una de las primeras grandes campanadas de una transformación cultural que rejuveneció a la España de reclinatorio y revólver, acartonada, artísticamente, durante muchas décadas.

Inspirado en la rica tradición de las coplas populares, y en las composiciones de grandes poetas como Machado, Hernández, Alberti, García Lorca, León Felipe y otros, Serrat, el joven de madre aragonesa y padre catalán, fue punta de lanza de un movimiento indetenible, que abriría las puertas de la ansiada democracia española.

De esta manera, “Para la libertad”, se popularizó increíblemente: “Para la libertad sangro, lucho y pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos”.

Comencé a escuchar a Serrat, desde finales de los años setenta, y mi pubertad, adolescencia y primera juventud, están fuertemente vinculadas a su música. Fueron los elepé y luego los casetes, mis preciados soportes, escuchados y escuchados hasta el cansancio.

La sociedad con Serrat, continuó, en las fiestas universitarias de los ochenta, en casa de Víctor Hugo Granados, cuando, al final, ya ebrios, entre ceniceros llenos de colillas, y botellas vacías, nos quedábamos, los pocos amigos, y ya no sonaban las cumbias, ni el merengue, ni Michael Jackson, ni Culture Club, sino Serrat y Mercedes Sosa, y por supuesto, Pablo Milanés y el bendito Silvio.

Serrat, fue siempre un privilegiado para mi gusto, desde que Edwin Pastore, mi primo, me introdujo en sus misterios, cantándome sus letras, y leyéndome paralelamente a Machado y a Miguel Hernández, con esa su voz infantil y dulce, actoral, al fin y al cabo; teniendo como telón de fondo, la avanzada noche y un gigantesco póster del Comandante Cero, héroe nicaragüense a la sazón.

Y del brazo de Edwin, también ingresé, como espectador, al mundo del teatro y de los títeres.  El mundo donde eran amos y señores, el Maestro Edmundo Barbero, Eugenio Acosta Rodríguez, y Mario Tenorio. Y al mundo de los poetas, escritores y pintores nacionales más contemporáneos, seres demenciales, alucinados, que habitaban los bares y las noches de una ciudad sitiada por la guerra.

Bajo el amparo de Serrat y de Edwin, se terminó mi infancia, y comenzaron los naturales descubrimientos de otra edad, maravillosamente bohemia, pletórica de arte. Como dice Serrat: “Crucé por la niñez imitando a mi hermano. / Descerrajando el viento y apedreando al sol. / Mi madre crió canas/ pespunteando pijamas, / mi padre se hizo viejo/ sin verse al espejo, / y mi hermano se fue/ de casa, por primera vez. / Y  ¿dónde, dónde fue mi niñez?”.

Extrañamente, con lo años, Serrat entró en un larguísimo silencio. Vino mucho trabajo, y poquísimas horas de ocio. Sin embargo, hace unas semanas, en una esquina cualquiera, Serrat, apareció de nuevo. Lo llevé a casa. Las  añejas imágenes regresaron. Había comprado, sin saberlo, un boleto de ida y vuelta a todas “aquellas pequeñas cosas/ que nos dejó un tiempo de rosas/ en un rincón, / en un papel/ o en un cajón” ¡Y ahora que viene Serrat, no lo dudéis, hay que verlo!

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