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Martes , 19 Septiembre 2017
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¿Dónde está la felicidad

¿Dónde está la felicidad

Álvaro Darío Lara

Escritor y poeta

 

Desde hace unos años, atendiendo un gentil ofrecimiento del poeta y escritor Mauricio Vallejo Márquez, esta sabatina columna inició su viaje hacia los mares insondables de la palabra. Y a lo largo del bregar, muchos y diversos lectores nos han honrado –y honran- con su lectura y oportunos comentarios y sugerencias.

Entre estos fieles lectores, una mujer excepcional del mundo de la radiodifusión salvadoreña y de los caminos del espíritu, nos distingue con su continúo seguimiento, me refiero a la directora de Radio El Mundo, doña Betty Suárez, para quien sólo puedo tener sentida gratitud por su generosa confianza y amistad.

Doña Betty, nos invitó recientemente para grabar un programa que  conduce en su legendaria emisora. El motivo fue una Claraboya, que ella disfrutó sobre el tema de la Interna Divinidad, ese hondo y cercano misterio que nos identifica como seres de luz, en la búsqueda infinita del autoconocimiento.  La Claraboya discurría sobre el pensamiento del Emperador Marco Aurelio, vertido  en una joya filosófica de su autoría: “Meditaciones”.

Ahora, que nuestro tema es la felicidad, vayan estas líneas de agradecimiento a doña Betty, y a Tres Mil, por continuar haciéndolas posibles.

La felicidad no es una cima a la que llegamos con enormes esfuerzos  y donde encontramos  dinero, poder, amoríos, ya que todo ello es profundamente perecedero.

La felicidad habita en nosotros, está cada día acompañándonos, sólo necesita ser despertada desde los actos más cotidianos. A ella la descubrimos en el hoy, es decir, en el eterno presente.

Felicidad es desterrar el síndrome de las quejas, que tantas veces nos perturba. Es entender que no todo pinta siempre de rosa; y que es, en la obra ordinaria, donde, la felicidad, palpita perennemente.

Al respecto, el recordado Marco Aurelio nos afirma: “Al hombre nada puede sucederle que no  sea humano, así como al animal, a la vez que a la planta y a la piedra, sólo puede ocurrirle lo que es propio de su naturaleza. Si a cada cual sólo puede sobrevenirle aquello a lo que está condicionado por la propia naturaleza y le es característico, ¿qué motivos tienes para quejarte? El ser supremo sólo permite que te ocurra lo que puedes soportar”.

Borges,  acaso el más universal de los poetas del siglo XX, se recrimina el no haber sido feliz. Escuchémoslo: “He cometido el peor de los pecados/que un hombre puede cometer. No he sido/feliz. Que los glaciares del olvido/ me arrastren y me pierdan, despiadados/ Mis padres me engendraron para el juego/ arriesgado y hermoso de la vida, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego. / Los defraudé. No fui feliz…” (El remordimiento).

Es tan leve nuestro paso por la vida, que no vale la pena atrincherarse en la amargura, creyendo vanamente que la felicidad irrumpe de manera sobrenatural. No. Por ello, las palabras del sabio Epicteto, nos deben resonar incesantemente: “No desees que las cosas sucedan según tu voluntad, sino que sucedan como están sucediendo, y serás feliz” ¡Qué esta sea, nuestra feliz práctica!

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