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jueves , 23 noviembre 2017
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Aquellos inolvidables cigarrillos

Álvaro Darío Lara
Escritor y poeta

Aún después de varios años de haber sofrenado la adicción al tabaco, case declarándome derrotado ante ella, healing y por lo tanto, camino a la liberación diaria de su tiranía, confieso que el “humo embriagador” de los fumadores, llega siempre a mí, “solícito y galante”, y por supuesto, fragante, llevándome eso sí, ya únicamente a la región del ayer, y no a la tienda de la esquina, para comprar, con desesperación,  el paquete de adorable nicotina.
Ya en este primer párrafo, entrecomillo fragmentos de “Fumando espero”, la provocadora canción, de la exuberante Sarita Montiel de los años cincuenta, cuya fotografía a todo color, en la funda,  de su viejísimo acetato “El último cuplé”, recordaré hasta el último día de mi vida.
Y en efecto, siguiendo a la Montiel: “Fumar es un placer/genial, sensual”, con los costos ineludibles de los placeres, que llevados al extremo, resultan caros a la salud del frágil cuerpo. Mas esto importa tan poco cuando se es joven, o se cree seguirlo siendo, que a la larga, como bien decía don Emeterio, el empedernido fumador y minutero (en ese orden) que se apostaba en la esquina de mi colegio: “de algo me voy a morir, y por lo menos me muero contento”. No hay duda, sabiduría de la más alta condición.
En “Vidas Paralelas” (Montenegro, prisionero del sexo), el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, narra, en un breve apartado -de forma magistral-  las sensaciones que vivió, cuando entró por primera vez a un periódico (el habanero “Hoy”): una mezcla de ensordecedor estrépito producido por las miles de máquinas de escribir, junto a la gigantesca rotativa; el inconfundible olor a tinta y papel a granel, e –imagino como ficción personal-  el penetrante olor a tabaco. Tabaco, que se me antoja cruelmente ordinario, como Dios manda. Aquel tabaco de redactor de tercera, de ordenanza, de linotipista, capaz de taladrar cualquier gruesa pared.
Así eran esos dichosos tiempos. Recuerdo cómo fumaban los alumnos de bachillerato, libremente, en los grandes colegios católicos del país. Todos fumábamos: profesores, religiosos, alumnos, ordenanzas, cocineros, motoristas, jardineros, carpinteros, absolutamente todos. Y  luego, cómo se fumaba en la Universidad, en plena clase. En las oficinas públicas y privadas, en los bancos. Un Olor a tabaco y café, casi, casi, como en la canción de Bacilos: “Un olor a tabaco y  Channel. / Me recuerda el olor de su piel. / Una mezcla de miel y café”.
No existía tanta doble moral, como en la actualidad. Se sabía que los  lunes eran fatales por la peste del alcohol, en todo sitio. Y que las bocanadas de humo, salían de todas las bocas, en cualquier parte y a cualquier hora. Nadie se extrañaba, todo era muy normal.
En el mercado, siempre me divirtió observar la pericia de las ancianas y maduras mujeres, fumadoras de cigarros y puros, que vendían, mientras expulsaban humo como locomotoras.
Otro paraíso para las divinas y olorosas hojas, vueltas cigarrillos, eran los cines. Verdaderos antros apestosos a la enésima potencia. Fumaban los actores en las películas, y fumábamos nosotros, lanzando largas lenguas azules en los largometrajes de domingo.
Fumar es un acto intenso, y esto no es literatura, en verdad, al torrente sanguíneo se va -directo- lo que se inhala, lo que transcurre, de forma intensa y fugaz. Y por último, para los que todavía tienen reparos,  ya lo dice -nuevamente- Bacilos: “¡Qué esto sólo se vive una vez!”.  ¿O no…?

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