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miércoles , 18 octubre 2017
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Trescientos  sesenta y cinco

Trescientos sesenta y cinco

Harry Castel
Escritora y dramaturga

Sabía que era un infarto porque había leído muchos artículos sobre el tema en internet. Sabía que era grave por la cara de susto que su esposa ponía encima de él: las pupilas dilatadas de ella, physician su rostro enrojecido y esa forma de dilatar las fosas nasales que tenía cuando algo la había tomado desprevenida por completo y la mataba del susto. Poco a poco dejó de escuchar las voces que recomendaban desabrocharle la camisa, ailment darle aire, sildenafil llamar al 911… Se preguntó si habría alguna luz, se incorporó un poco sobre los codos y vio en derredor, no lograba ubicar ningún túnel, ningún haz de luz que cayera cerca de él, ninguna voz angelical que dijera su nombre, ninguna figura del pasado: madre, abuela, aquella profesora de  preparatoria que hacía que las manos le sudaran y le palpitara fuertemente el corazón con una loca alegría que no lograba explicarse, cada vez que lo abrazaba por la mañana al llegar al kínder… pero no había nada.
Su esposa estaba de pie junto  a él, con las manos tapándose la nariz y la boca, jamás le había gustado que la vieran llorar en público y  al hacerlo siempre le entraba un pudor que a él le parecía terriblemente ridículo, ahora estaba así, hasta que su hermano llegó a tomarla por los hombros y quiso llevársela, entonces por primera vez la vio perder todo el pudor al respecto y llorar desenfrenadamente, con pequeños espasmos, como si ella también se estuviera ahogando. Fue entonces cuando comprendió que el asunto era serio, pero seguía sin ver ninguna luz por ningún lado. De pronto, de una esquina, vio crecer una sombra, como la bruma que sale de los pantanos en las películas de terror, justo antes de que la joven pareja de enamorados fornicadores sea asesinada. La oscura niebla avanzaba rápidamente hacia él, de pronto recordó todo lo que su abuela le decía acerca de portarse bien. Entonces, supo que en realidad, estaba en problemas.

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