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trescientos sesenta y cinco 342

Harry Castel 

Escritora y dramaturga

342.  Cura

Las fresas estallaban su reconfortante rojo entre su lengua y el paladar, purchase al sentir aquel ácido trémulo se sentía también menos triste, buy viagra debía ser por el rojo o por el azúcar que les había espolvoreado encima, viagra sale el caso es que mientras se chupaba el índice izquierdo casi podía sentir cómo su tristeza se iba disolviendo y desde la comisura de los labios le venía una tímida sonrisa sin razón. “Debe ser que la cáscara en el raspón del alma se ha comenzado a caer”, pensó y haciendo una tenaza con el índice y el pulgar, se llevó una fresa más a la boca y la mordió  sin prisas, sintiendo cómo poco a poco recuperaba el sentido del gusto y el gusto por vivir.

343. Lunes

La lagartija se deslizó  a velocidad relámpago sobre el muro de piedra hasta perderse en una rendija. Ella la había observado atónita, porque nunca había estado ante el prodigio de la velocidad reptil. Hubiera querido para sí misma aquella capacidad de huída, en lugar de tener que quedarse clavada en su escritorio, ante aquel lunes que le marcaba una nueva semana de helado infierno tedioso ¿Dónde iría si pudiera lagartijarse un par de horas? Con toda seguridad lo más lejos posible de aquella ciénaga en la que estaba ahora y tal vez cuando se sintiera a salvo se tiraría con las patas abiertas un par de horas al sol, solo por el placer de calentarse la espalda… el cruel sonido del teléfono le clavó el filo de la realidad, disolviendo sus sueños en nada y dejándola de nuevo sentada en su escritorio de lunes. Al moverse en su asiento para alcanzar el auricular notó que ahora tenía una preciosa cola de lagartija debajo de su falda.

344. Absolut 45

No fue el día desesperadamente lluvioso, como suelen ser los días a finales de septiembre, cuando parece que toda el agua del mundo se va a venir abajo, tampoco fue una pena de amor, llevaba sola tanto tiempo que aquello se había convertido en una fábula, como esos cuentos maravillosos que desearías que fueran cierto, pero que sabes que no lo son. Más bien fue el hastío, un día tras otro día y otro más siendo buena niña, llegando en tiempo a la oficina y dedicándose durante  ocho o diez horas a cosas que  en absoluto le importaban, con gente a la que francamente detestaba y viendo de vez en cuando a jefes tan hastiados como ella, a los que en absoluto les importaba nada más que su cheque mensual. Ahora que lo pensaba bien, era eso, la falta absoluta de sentido en aquellas horas que se alargaban hasta el infinito, en el total silencio de su sala, interrumpido beatíficamente por el televisor, desconectada de todos y de todo, extraviada desde hacía mucho, de manera que aquel clic del arma martillándose apoyada en su sien era solo la continuidad lógica del cotidiano sinsentido.

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