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Trescientos sesenta y cinco 1298

Harry Castel 

Escritora y dramaturga

 

350. Trópico

La fiebre no se iba. Se quedaba zumbando en su cabeza como un nido de abejas… zumbidos, buy viagra piquetes y todo dentro de su cabeza parecía tremendamente hinchado, como si al cerrar los párpados ni siquiera pudieran juntarse uno con otro. Quería dormir, pero la fiebre no lo dejaba. Alguien le acercó una cuchara y creyó oler una sopa de verduras que inmediatamente le revolvió el estómago y volvió la cara con asco, era espantoso, solo quería dormir pero no lograba salir de aquel estado de semi consciencia, como si su cuerpo y su mente fueran incapaces de salir del  embotamiento. La misma mano que le había acercado la cuchara, le pasaba ahora un pañuelo por la frente, el pañuelo estaba frío y mojado y su contacto le quemaba como ácido, quería quitárselo pero su mano no le obedecía lo suficiente como para llegar a su frente. Se rindió. Se quedaría así hasta que fuera necesario. Aguantaría hasta recuperar la fuerza necesaria para poder mover sus manos y levantarse de aquella camilla de torturas y entonces pondría sus descalzos pies en el suelo y caminaría hacia adelante, hasta salir de allí sin que se le ocurriera volver la vista atrás. A lo lejos escuchó un gemido, por fortuna eso hizo que la mano quitara su atención de él y volara hacia la camilla de junto, donde otro desventurado ardía de fiebre y al levantar la vista otro y así, una camilla tras otra, en aquel infierno húmedo y sin fin de la bananera.

351. Frustre.

“No me pagan lo suficiente” – pensó mientras escuchaba a su jefe librándose de responsabilidad al tiempo que hablaba sobre asumir responsabilidades. Repasó los  últimos nueve meses de propuestas ignoradas, promesas fallidas, proyectos sin apoyar y luego de pasar inventario reafirmó su conclusión: no le pagaban lo suficiente para compensar toda la frustración. Fue entonces cuando levantó la mano, pidió permiso y salió del salón, cerrando la puerta cuidadosamente, para ir a recoger las cosas de su escritorio.

352. Limpia

En cualquier otro momento llorar podría haber sido como la lluvia, pero ahora no. Ahora más bien era como una de esas “limpias” que los curanderos hacen a plena vista pública, para dejar al creyente libre de todos los males. Por eso no prestaba resistencia, simplemente dejaba que las lágrimas le corrieran por el rostro, el cuello, el pecho, el vientre; que recorrieran sus dedos y gotearan hasta las rodillas, que resbalaran por las pestañas y fueran a parar a los pies, para que aquel exorcismo de lágrimas fuera el último que necesitara para olvidarse de una vez por todas, de todas las malas experiencias del pasado.

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