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Tres mujeres UCA: Crista, Ana María y Mélida Arteaga

“Tuvimos que pelear por nuestra autoridad.
No la heredamos.
La ganamos en la participación comunal
como yerberas santas con remedios para la garganta,
el apazote para los brotes
ungüentos para espantar los mosquitos,
consejos para el mal de amores.

Pronosticamos porque escuchamos el bosque,
miramos las estrellas
y desciframos las vueltas de la luna.
Y… nos hicimos sabias”.
Marta Rojas Porras, “Bruja por derecho de mujer”.

 

Luis Armando González 1

5:20 de la tarde, de un día de la semana de mediados de la década de los años ochenta. Los estudiantes de tercero a quinto año de filosofía nos vamos acomodando en la sala de reuniones de Rectoría a la espera del P. Ignacio Ellacuría, quien continuará con sus clases de filosofía de la realidad histórica. Cuando prácticamente todos estamos sentados, en unas mesas que han sido ordenadas circularmente, lo vemos entrar por la puerta, caminando despacio –reflexivo, pero relajado— en dirección a su lugar. Saca el libro que usará como apoyo y, cuando nos preparamos para escucharlo hablar, nos pide que prestemos atención a un sonido que se escucha en las gradas aledañas a la sala de reuniones de Rectoría. “Escuchen ese taconeo” –nos dice. Y continúa: “son mujeres bajando las gradas”.  Las risas se hacen presente en el salón de clases no sólo por la ocurrencia del P. Ellacuría, sino por las muchas veces que, especialmente los que llevamos más de un año siendo sus alumnos, le hemos escuchado decir lo mismo.

Ahora que rememoro esta anécdota también debo decir los nombres de las tres mujeres que, juntas o por separado, solían bajar por las gradas a la hora en la que el P. Ellacuría se preparaba para iniciar sus clases: Crista, Rosario y Reina Iris. Y el mencionarlas me permite también tocar un tema que siempre he querido abordar, pero que por distintas distracciones he pospuesto: le huella dejada en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” por mujeres inteligentes, valiosas y comprometidas a las cuales no se les suele rendir el merecido homenaje.  Ahora que la universidad jesuita ha cumplido sesenta años de haber sido fundada, y que recién se ha conmemorado el XXXVI Aniversario del asesinato de los jesuitas –y de Elba y Celina Ramos— pienso que es oportuno que rinda mi particular homenaje a tres de las mujeres que, como estudiante y como docente e investigador, me honraron con sus trato, enseñanzas y ejemplo. Comenzaré, como no puede ser para menos, con la primera de las tres que he mencionado.

Crista. Me refiero de ese modo a ella porque así era como le gustaba que la llamaran tanto sus estudiantes como sus colegas.  Se llamaba Cristina Matilde Béneke, pero cuidado con aquel que se atreviera a decirle así. Fue mi profesora de “Filosofía I” y “Filosofía II”, en el primer año de universidad.  En “Filosofía I” –primer semestre de 1983— las cosas no me resultaron bien con ella; creer que sabía más de lo que en realidad sabía dio lugar a que reprobara dicha asignatura. En la “Filosofía II” me fue mucho mejor, al punto que para la entrega de notas de la tarea final me llamó a su despacho para decirme, al tiempo que me daba mi trabajo ya calificado, algo así como: “por fin decidiste dejar de ser tan obstinado y necio con tus ideas, y te has abierto a aprender”.

En ese momento se me hizo presente una Crista que nunca dejaría de ser otra para mí: amorosa y sobreprotectora con sus estudiantes, preocupada por nutrir las filas de la filosofía, analítica, crítica, paciente y con un don extraordinario para la enseñanza.  Sus bellos ojos azules, su tez blanca, su porte elegante… toda ella irradiaba educación, inteligencia y civilidad. Luego de ser su estudiante fuimos compañeros de trabajo y, en ese marco, pude compartir con ella en un plano más amistoso. Sin embargo, nunca dejé de sentir por Crista –y de manifestare— el mayor de los respetos; nunca dejé de escuchar sus sabios consejos y una que otra reprimenda cuando yo, ya como empleado de la UCA, metía las patas en algún asunto administrativo. Por mi parte, siempre sentí su cariño y cuido.

Sí, Crista era una de las mujeres que taconeaba en las gradas cuando nosotros nos alistábamos para nuestras clases con el P. Ellacuría. Crista no sólo fue su asistente; también fue decana de la Facultad de Ciencias del Hombre y la Naturaleza. Y algo de lo más importante: fue una persona que entendió, como pocas, el proyecto universitario en el que el P. Ellacuría estaba embarcado. Eso lo supe pronto, lo cual reforzó mi apego con Crista no sólo cuando el P. Ellacuría vivía, sino después de noviembre 1989, cuando quienes trabajábamos en la UCA tuvimos que acostumbrarnos a vivir sin la guía de nuestro rector asesinado. En estos momentos inciertos, ella hizo cuanto pudo para que la universidad para el cambio social –tal era el proyecto universitario forjado por Ellacuría— no desfalleciera en el cultivo de un saber crítico y comprometido con la realidad nacional.

Termino con un recuerdo imborrable de una cena, creo que a finales de la década de los años noventa. Con el equipo de trabajo de la Vicerrectoría de Proyección Social teníamos por costumbre reunirnos a cenar, un par de veces al año, en casa de Crista.  En esa ocasión, ella nos pidió que compartiéramos cómo habíamos vivido hasta entonces la muerte del P. Ellacuría y sus compañeros jesuitas. Mis compañeros –Carlos Ayala, Paulino Espinoza, Benjamín Cuéllar, el P. Jon Sobrino, el P. Rodolfo Cardenal y Crista— dijeron lo propio. En mi caso, se trató de una confesión y un desahogo: les dije que para mí había sido tan doloroso el asesinato de los jesuitas –en especial de Ellacuría y Amando López— que, desde noviembre de 1989 hasta ese momento, había evitado pensar, hacerme cargo, cobrar conciencia, aceptar, que estaban muertos. Que era la primera vez que lo revelaba. Siempre agradecí a Crista por ayudarme a exorcizar una de mis más pesadas cargas emocionales. Siempre recordaré con afecto y ternura a la querida Crista.

Ana María. Siempre la llamé así desde mi primera clase de “Lingüística I” con ella, en mi primer semestre en la UCA. Al estar casada en ese entonces, su nombre completo era Ana María Nafría de Inclán, pero a mí me gustaba jugar con su apellido y anotaba en mi cuaderno “del Valle Inclán”, por asociación con don Ramón del Valle Inclán.

Las primeras clases con Ana María en ese primer semestre de 1983 no fueron afortunadas: a los estudiantes de humanidades de primer año nos pusieron a recibir clases en el recién construido auditórium de la universidad –llamado ahora Auditórium “Ignacio Ellacuría”— y los profesores usaban un micrófono inalámbrico que transmitía el sonido de su voz en dirección a unos parlantes instalados en la parte alta de las paredes. En el caso de Ana María, su acento español no se llevaba bien con la mala calidad de la tecnología usada en los micrófonos inalámbricos; y, mientras ella –seguramente consciente de la situación— hacía esfuerzos extraordinarios para expresarse con claridad y nitidez, sus estudiantes hacíamos esfuerzos infructuosos por entender lo que nos decía sobre la teoría lingüística de Ferdinand de Saussure o sobre la gramática generativa y transformacional de Noam Chomsky.

En el segundo semestre todo fue mucho mejor con Ana María: me tocó recibir clases con ella –en Lingüística II— en una de las aulas magnas que se acababan de construir y ahí sí pude apreciar no sólo su erudición en los campos de la lingüística y la gramática –aunque este última era impartida con mayor rigor y profundidad en una asignatura aparte, para estudiantes de Letras—, sino su pasión por la enseñanza.  Y no todo terminó allí: un par de años después fue de nuevo mi profesora en la asignatura “Semiótica”, que ha sido, para mí, una de las más preciosas experiencias formativas.

En todos esos años de estudio me fui dando cuenta de que el quehacer académico de Ana María iba más allá de las aulas; me di cuenta de que había sido una animadora de la Revista Abra, como lo era del Taller de Letras, dos de las publicaciones emblemáticas del histórico Departamento de Letras de la UCA. Pero, quizás lo que más me hizo admirarla y respetarla fue su amor por la lengua española, el cuido y buen trato que le prodigaba. Y nos conminaba, con vehemencia, para que también lo hiciéramos.

Atesoro en mi memoria dos recuerdos imborrables de Ana María: el primero, una vez que la encontré cerca de la Capilla de la UCA, agitada y preocupada porque iba tarde para su clase. Yo era su alumno, y me hizo gracia su desparpajo –con sus apuntes, borrador y cartera en mano— por querer llegar a tiempo al aula. El otro recuerdo es de cuando la vi y escuché –junto con otros colegas suyos del Departamento de Letras— recitar el poema “De la hostia, la sangre y la arboleda”, escrito por Francisco Andrés Escobar como un homenaje para los jesuitas asesinados el 16 de noviembre de 1989.

Como compañero de trabajo suyo, tuve muy pocas oportunidades de manifestarle mi aprecio, respeto y agradecimiento. Al escribir estas líneas, rindo un homenaje póstumo a su memoria, lamentando que ella no pueda decirme “Luis Armando, muy agradecida con tu texto, pero he encontrado unos errores gramaticales que, urgentemente, tienes que corregir. Afean tu redacción y confunden al lector”.

Doña Mélida. Tan pronto como cuando comencé a trabajar en la universidad jesuita, en noviembre de 1986, supe de esta gran mujer: Mélida Arteaga, Directora histórica de la Biblioteca de la UCA, a quien mis compañeros en el Centro de Información, Documentación y Apoyo a la Investigación (CIDAI) llamaban con respeto –y no sólo ellos— “Doña Mélida”.  La familiaridad de mis compañeros de trabajo con ella venía de varios años atrás, desde cuando el CIDAI estuvo ubicado en el último piso de la biblioteca universitaria.

Posteriormente –no estoy seguro, pero quizás fue en 1984 o 1985—, el CIDAI se trasladó a un edificio nuevo –compartido con el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) y el Instituto de Derechos Humanos (IDHUCA)— en las inmediaciones del Centro Pastoral Monseñor Romero. Y, a raíz del terremoto del 10 de octubre de 1986, el CIDAI volvió a su antiguo hogar, en la última planta de la biblioteca. Así que cuando me convertí en empleado de la UCA –como documentalista en el centro de apoyo a la investigación— tenía que subir bastantes gradas para llegar a mi lugar de trabajo. Una vez que fue reparado el edificio del que se había emigrado, se organizó el retorno, dejando el espacio de la biblioteca.

Durante el tiempo que el CIDAI estuvo en la biblioteca por segunda vez (1986-1987, según recuerdo) saludé y conversé en distintas oportunidades a Doña Mélida. Desde antes de trabajar en la UCA, cuando sólo era un estudiante, me había impresionado por el volumen, la calidad y el orden de la biblioteca. Como empleado, viviendo en esa cotidianidad, supe que Doña Mélida era una de las arquitectas de esa magna obra cultural; de su amor por los libros; de la seriedad con la que asumía su labor como su protectora; y de la importancia que daba a la promoción de la bibliotecología como quehacer profesional.

Un momento inolvidable en mi trato con ella fue cuando un día me llamó por teléfono para decirme que quería que la ayudara con algo. Inmediatamente, fui a su despacho en la planta baja de la biblioteca para ponerme a sus órdenes. Me pidió que le escribiera un artículo sintético sobre el resumen como técnica documental, para la Revista de la Asociación de Bibliotecología de El Salvador (ABES), de la cual ella era promotora. Redacté un texto que con ese nombre –“El resumen como técnica documental”— se publicó en la revista mencionada. Desde entonces hasta su jubilación en la UCA –en los primeros años de los noventa— conversé en distintas ocasiones con ella, escuché atento sus historias y me sometí a su examen sobre el número de letras del alfabeto, todo lo cual fue para mí un enorme honor.

Mujer vital: saber que sigue activa, contagiando su amor por los libros ante quienes la rodean me llena de alegría. Conocerla y aprender de ella es uno de los mejores regalos que la vida me ha dado.

En resumen, las líneas precedentes son un esbozo –tremendamente subjetivo— de lo que quedó en mí de tres mujeres con las que tuve la suerte de cruzarme en mi vida universitaria: Crista Béneke, Ana María Nafría y Mélida Arteaga.  Tres mujeres cultas, inteligentes, cálidas y comprometidas con el saber y la cultura sin las cuales la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” de los años setenta, ochenta y noventa hubiera sido otra totalmente distinta.

Por supuesto que no eran las únicas mujeres en la UCA; otras muchas mujeres talentosas, inteligentes y batalladoras dinamizaban el quehacer de la universidad en esos años. Uno de mis propósitos es ir recordándolas –cuando menos a las que conocí— como mi manera particular de agradecerles por todo lo bueno que dejaron en mí, con su palabra, trato, cordialidad y ejemplo. Y, en ese sentido –por lo menos por ahora— que mi homenaje para Crista, Ana María y Doña Mélida sea extensivo para esas otras grandes mujeres de mi Alma máter que me ayudaron, con su inteligencia, sabiduría y bondad, a ser un mejor ser humano.

San Salvador, 19 de noviembre de 2025

1. Agradezco a Alejandra Cañas por la lectura atenta de mi texto, así como por sus observaciones y revisión exhaustiva del mismo.

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