Por Zoraya Urbina
La Comisión de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW) reúne cada año a gobiernos, organizaciones y movimientos sociales para debatir y reflexionar sobre los avances y desafíos que se enfrentan en materia de igualdad de género. Este año, el tema sobre el que gira este espacio es garantizar el acceso a la justicia para todas las mujeres y niñas.
La CSW celebra este año el 70.º período de sesiones. Según la ONU, es “el principal órgano internacional intergubernamental dedicado exclusivamente a la promoción de la igualdad de género, los derechos y el empoderamiento de la mujer”.
En este sentido, es un espacio fundamental ya que permite la construcción de marcos de políticas públicas, incide para que se generen compromisos a nivel internacional y permite que se visibilicen las desigualdades que aún están presentes y que afectan mayormente a mujeres y niñas.
En 2021, participé de manera virtual, como delegada de una Comunidad de Práctica de Género para América Latina y el Caribe, en la sesión 65 de la CSW, que tuvo como tema central la participación plena y efectiva de las mujeres en la vida pública y la eliminación de la violencia.
En ese momento, comprendí la importancia que tienen estos espacios de incidencia global para abogar por el cumplimiento de derechos de las mujeres. Sin embargo, también entendí que estos espacios, por importantes que sean, no pueden representar todas las voces. Quienes participan lo hacen desde organizaciones, gobiernos o instituciones específicas, y aunque buscan llevar consigo las demandas de muchas personas, siempre quedan historias, experiencias y realidades fuera de esas salas de negociación.
Por eso, la igualdad no puede construirse únicamente en los espacios internacionales de toma de decisiones. También debe construirse en las comunidades, en las organizaciones, en las familias y en los actos cotidianos. No se construye únicamente en las salas de negociación internacional; también se teje en la vida cotidiana de nuestras comunidades.
En ese marco de participación en este espacio de incidencia, escribí, una reflexión titulada “Una frazada que nos cobije por igual”, y creo que la premisa principal de ese artículo es tan válida hoy como entonces: la igualdad es como un tejido colectivo hecho por muchas manos, con muchas agujas, con pequeñas acciones, a las que se les suman múltiples voces.
Es como una frazada que tejemos entre todas y todos para que nos cobije del frío de la violencia, de la exclusión y de la desigualdad.
Les comparto un fragmento, tan pertinente en 2021 como ahora, así como los pasos que propongo:
“…Entendí que sí puedo provocar cambios, aunque sean mínimos, porque si mis esfuerzos se suman a otros, se hacen más grandes y es ahí donde se fortalecen y se vuelven voz que grita tan alto que es imposible no oírla porque ya no es una sola, sino muchas que amplifican el grito que pide igualdad de derechos para todas las personas.
Porque cuando hay retrocesos en lo ganado para el goce pleno de derechos de nosotras es cuando más hay que comprometerse. ¿Cómo se hace en la práctica? Con pocos pasos, que a lo mejor no son los más sencillos: el primero, formándonos sobre la importancia de estos espacios, instalando conocimientos y empoderando a las mujeres de nuestras comunidades, de nuestras iglesias y organizaciones para que a nuestra lucha se sume la de ellas, consciente, clara y fuerte, que ni la pandemia, ni las voces disonantes nos detengan o boicoteen.
El segundo es tomando protagonismo y expresar nuestras posturas sin temor, con convicción de que solo cuando haya igualdad para todas las personas, que cuando las mujeres se empoderen y se sientan seguras en cualquier lugar, cuando sepan que son dueñas de sus cuerpos, de sus voces, de sus pensamientos, de sus deseos, solo entonces, habrá justicia.
El tercero, juntando, como si fueran hilos de colores, nuestros sueños, ideales y luchas para que (acá parafraseo a la teóloga Luzmila Quezada, del Perú) tejamos, entre todas y todos, una frazada que nos cobije del frío de la violencia, del irrespeto, de la exclusión, de la misoginia, de la desigualdad, y nos arrope con derechos, participación efectiva, una agenda común que nos permita avanzar a mujeres y hombres, creados diferentes pero iguales en derechos”.
La igualdad de derechos para mujeres y niñas no debería ser una utopía, sino un camino que recorramos como sociedad. Y ese camino no se construye únicamente en las grandes conferencias internacionales, sino en cada gesto cotidiano que afirma que todas las personas merecemos vivir con dignidad, respeto y las mismas oportunidades.
Puedes leer el artículo referido en:
[CSW65 Blog] Una frazada que nos cobije por igual/A blanket that shelters us equally
https://lutheranworld.org/blog/blanket-shelters-us-equally
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