Edgard Alfaro Chaverri Eran las 11 con treinta y cinco minutos de la mañana. «¡Está temblando!», dijo Maritza Zepeda, jefa de Diagramación y Computación. Recuerdo que todos salieron apresuradamente, menos yo, pues era el último y ya no tuve tiempo, así que decidí quedarme debajo del escritorio de Chabelita Anaya, la amable recepcionista. 45 interminables segundos en los que me …
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