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Solo la izquierda defiende una democracia integral

Iosu Perales

Uno de los errores históricos cometidos por la izquierda ha sido regalar a la derecha la capacidad de nombrar las cosas y de dibujar el campo de la confrontación política. Una parte esencial de la batalla de las ideas consiste precisamente en disputar las palabras con las que se piensa y se nombra el mundo. Durante mucho tiempo hemos abandonado a manos del liberalismo palabras como democracia, ciudadanía, derecho y Estado. ¿Para qué defender estos conceptos si antes o después quedarán superados por la dictadura del proletariado?

Pienso que en una coyuntura electoral, donde se confrontan los proyectos de país, es oportuno defender la idea de que estas palabras son palabras nuestras, necesarias para el cambio. Para ello hace falta mucha decisión frente al espejismo del pensamiento liberal que pretende presentarse como la fábrica matriz de estas palabras que se reúnen en lo que llamamos libertad y lo llenan de contenido. No debemos sellar la idea de que es “burgués” desde la democracia hasta el Estado de derecho, pasando por la libertad.

No debemos ya pensar que el derecho, la ciudadanía, el parlamentarismo, la división de poderes, son un andamiaje de la otra cara del capitalismo. Precisamente en El Salvador la guerra que no quisimos y los Acuerdos de Paz que logramos implementar, son la fuente de nuestras libertades actuales. Es el pueblo en todas sus expresiones, incluida la guerrillera, el que hizo posible que las palabras a las que me refiero se erigieran en los pilares de un país con grandes potencialidades y un presente con defectos que ha dejado atrás la dictadura. Es por eso que hemos de darlo todo para seguir gobernando y de este modo continuar avanzando en la modernización del país, en su democratización, en su soberanía y en los campos de la justicia y la libertad. Nunca antes hemos tenido tantas posibilidades de ganar una hegemonía democrática en los ámbitos de la cultura y de las ideologías.

Con las victorias de 2009 y 2014 invertimos el tablero político y se abrieron ventanas de oportunidad. Es cierto que no hemos podido hacer cuanto queríamos hacer, el rival es poderoso. Pero se han hecho muchísimas cosas buenas y en mejorar lo hecho estamos comprometidos. No nos hacen falta salvadores providenciales que prometen el cielo en la tierra. Algunas gentes de izquierda se niegan a entender que vivimos en un proceso inacabado donde solo cabe pelear y gestionar mejor, tienen demasiada prisa pero piensan poco en la correlación de fuerzas. El futuro debe ser de la democracia llevada a todos los ámbitos públicos y privados de nuestras vidas, una democracia integral. La izquierda salvadoreña es la salvaguarda de la democracia y de la libertad. De tal manera el derrotismo y la tentación a la fragmentación deben ser superados por la madurez de la unidad.

Es verdad que gran parte de la población está secuestrada por sus necesidades económicas y en ocasiones semejante situación conduce a elegir mal en las urnas. Pero hay motivos para pensar en positivo y convertir la esperanza en un motor para los cambios sociales. Una mejor democracia puede ser un arma poderosa. En el pasado, mediante el sufragio universal los dueños del poder tenían la democracia bien atada. Pero el paso dado por el neoliberalismo ha cambiado el escenario, el viejo liberalismo ya no cuenta. La democracia ya no es funcional a los dueños del poder y sus intereses, sino un estorbo. El neoliberalismo está llevando a cabo una desnaturalización radical pero silenciosa de la democracia. El principio del Estado está siendo erosionado por el rol del Banco Mundial y del FMI.

Uno de nuestros problemas es que no hemos opuesto la suficiente resistencia para evitar que esto ocurra. Pero siempre es el momento adecuado para hacerlo. La coyuntura electoral ofrece la posibilidad de que la izquierda demuestre ser el freno del fascismo financiero, defendiendo y explicando que la democracia es una conquista popular, no un regalo liberal. Ahora bien, nuestra democracia no acaba en el juego de las urnas y del poder político. Nuestra democracia ha de extenderse en la economía, en las relaciones laborales, en la igualdad social, en los derechos integrales de las mujeres, en el disfrute de derechos sociales universales en la salud y la educación.

La derecha no quiere la democracia, o dicho de otro modo, quiere una democracia de apariencia. Nosotros, la izquierda, estamos en la tarea de una democracia integral. La estamos defendiendo y la levantamos frente a los ataques de jueces, legisladores neoliberales, medios de comunicación de las élites y organismos externos que manejan los hilos del poder mundial. Sí, señoras y señores, una fuerza transnacional muy poderosa e intrínsecamente antidemocrática, el neoliberalismo cada vez más hermanado con el predominio del capital financiero, apoyándose en instituciones obedientes a sus dictados, busca convertir la democracia en la reproductora dócil de sus intereses. Pues bien, es ahí donde la izquierda debe desvelar la trampa neoliberal y hacer que aparezca como lo que es: una fuerza antisocial y antidemocrática.

Es momento de defender la democracia contra las perversiones de la democracia neoliberal. Tampoco nos interesa la arcaica versión liberal de una democracia descafeinada, delegativa, minimalista, que no daba el verdadero poder al pueblo. La izquierda estamos en otra cosa, en una democracia de verdad, participativa, transparente, enemiga de la corrupción y del verticalismo. Y por más que el régimen democrático sufra una desafección ciudadana, el coste de no defenderlo sería demasiado alto.

Schafik Hándal tenía –tiene-razón. Llevar la democracia hasta el fin es cumplir una etapa necesaria para entrar en una sociedad posneoliberal y poscapitalista. Ello pasa por defender lo ya conquistado y, a la vez, seguir la lucha por lograr espacios nuevos. Lo que no podemos es despistarnos y dejar la democracia en manos neoliberales que buscan vaciarla de contenido hasta dejarla sumida en un formalismo. Cabe añadir que la coyuntura electoral es un escenario idóneo para defender la viabilidad de una democracia con sello de la izquierda. Seguro que Hugo Martínez lo consigue.


Es verdad que gran parte de la población está secuestrada por sus necesidades económicas y en ocasiones semejante situación conduce a elegir mal en las urnas. Pero hay motivos para pensar en positivo y convertir la esperanza en un motor para los cambios sociales.

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