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Sentir y actuar con las ciencias sociales (2) (Mensaje de fin del ciclo 1-2015)

@renemartinezpi
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Sólo el espíritu crítico de las ciencias sociales que, ailment por antonomasia, viagra viven y reconstruyen-construyen la teoría social a través del tiempo-espacio de lo cotidiano, puede explicar, científicamente, la rubicunda herencia de sangre derramada por las miles y miles de víctimas en el sumario de la construcción-reconstrucción de sus objetos de estudio (objetos que son orgánicamente sujetos) y en el devenir de la historia nacional que siempre ha sido descontada-contada desde el espurio imaginario del victimario que tiene eruditos testaferros como biógrafos autorizados. La sangre derramada en el asfalto por los universitarios que fueron tan valientes como brillantes (cuyo conteo es una deuda que la Escuela busca saldar) se vuelve a derramar y se vuelve a olvidar su color cuando se hace del oportunismo y de la penosa garduña de notas una forma de vida académica, aprovechando los vacíos de las normativas universitarias o siendo simplemente cínicos.

Más de cinco siglos de esa historia reciente, y año con año la Escuela trata de volver a la fuente originaria para hallar la historia colectiva que no cabe en los documentos y rebalsa de omisiones doloso-culposas, así como de incansables falsedades materiales e ideológicas; año con año, y la Escuela siempre vuelve para que dicha historia, al ser sistematizada, no sea simplemente un recuerdo o un recuerdo simple, sino para que sea memoria e identidad sociocultural. Yo quisiera, compañeras y compañeros, que esa idea quedara bien clara, que esa idea fuera discutida y asumida, que esa idea fuera verbo (sentir y actuar con las ciencias sociales, propongo como lema de la Escuela) pues las ciencias sociales no son recuerdos pasados o futuros sobre lo social, ni son chambres o recuerdos que se hacen, deshacen o hilvanan arbitrariamente, sino que las ciencias sociales son: deber-ser, lo cual se decide en y desde la cotidianidad de la realidad; presencia-ausencia; nostalgia-vivencia; paciencia-urgencia; esencia-apariencia; y un ir-venir que se hacen presentes en todo tiempo-espacio para que los científicos sociales puedan, en tanto utopistas, ponerse en contacto con una realidad signada por intereses de clase (aquí todos somos de la misma clase social, sin duda alguna) y llenarse de la potestad de la transformación social de la que habló Marx, tanto de las injusticias como de la concepción teológica del tiempo, y entonces cada año podremos decir, pongamos por caso: “Esta noche, armados hasta los dientes con palos, esputos y consignas, le estamos poniendo fin, por fin, a la dictadura militar”; y esa frase aparentemente absurda es un presente, esa frase es el carácter ontológico de las ciencias sociales, ese es el sentido revolucionario (en lo teórico-político) de las ciencias sociales que tienen la concepción del tiempo-espacio que decodificó Einstein: hacer presente hoy, en este fin de ciclo 1-2015, la expectativa de la utopía social que siempre será una militante del tiempo debido a que –en mi opinión personal- no pueden existir ciencias sociales sin utopistas y sin compromiso social.

Atrás quedan, en espera, las sanas esperanzas, desvelos y esfuerzo nocturnal de nuestros estudiantes por emular creativamente las célebres hazañas –vitales o académicas; de corto o largo fuelle- de aquellos que son su genealogía, y eso demanda estudiar y comprender rigurosamente la realidad social desde su fuente (la cotidianidad y los cuerpos-sentimientos como referente ontológico y epistemológico) y desde las víctimas cuya historia aún no ha sido contada al menudeo (hay que repetirlo constantemente) o sea desde el interior de los problemas, desde su cotidianidad pedestre y calcinante, desde el oxidado horizonte que los pobres no alcanzan y que no les alcanza para tres tiempos de comida, pues sólo así se ejercita la crítica epistemológica que lleva a la readecuación de las teorías sociales en tanto análisis sintagmático, para que las mismas abran el tiempo-espacio que les permita formar parte ineludible de las políticas públicas y de la agenda diaria de los sujetos sociales que están en el poder formal y real.

Y es que no podemos optar por convertirnos en los nuevos tecnócratas de lo social o en los eruditos teorócratas de la apatía social que han sucumbido a la neocolonización del intelecto, ese papel ya lo juegan, y muy bien, los tanques “pensantes” de derecha y sus articulistas profesionales –asalariados y fieles, por las razones que sean- tales como: los Luers, los Galeas, los Trillas, los Godoy, los Altamirano, los don nadie, por citar sólo algunos nombres; no podemos poner fuera de juego a los sin voz ni voto de la vida, ni cosificarlos o separarlos -con el afilado bisturí de la falsa neutralidad de las ciencias sociales- de los graves problemas que sufren consuetudinariamente; no podemos optar por ser los cómplices gratuitos de la dominación del pueblo con nuestro exiguo saber social, el que, en ocasiones, más que de tesis científicas se nutre de chambres empíricos o de hipócritas sensibilidades. Bourdieu dijo que “los sectores ignorantes pueden ser liberados mediante el saber y que el saber es portador de cambios por naturaleza cuando tiene un compromiso social sólido y continuado”, y es ese, precisamente, el compromiso social que siempre les he propuesto como Director de la Escuela, pues aquellos a los que las ciencias sociales han liberado cognitivamente no pueden poner la facultad liberadora de esas ciencias al servicio de la facultad opresora del sistema, promocionándolo o solapándolo. Por su lado, Gramsci afirmó que “sólo la verdad es revolucionaria”.

Ahora bien, podemos solapar la innata injusticia del capitalismo ocultándonos debajo de la cama cuando la realidad es barrote y es plomo, cuando la realidad es tanqueta y es jurisprudencia perversa, cuando la realidad es circo y pan, o en farsantes alusiones al Monseñor Romero de los pobres, al Che, a Marx, a Lenin, a los estudiantes masacrados, etc. para que los demás crean que somos revolucionarios; o, también, creyéndonos la fábula del fin de la historia y de la ideología y asumir una cómoda y reaccionaria postura de neutralidad valorativa, aunque en el fondo sepamos, científica e históricamente, que dicha neutralidad no existe, porque el odio, el amor, la conciencia, la lucha, la cárcel, los intereses y los cuerpos –en su talidad social- son afectos y son efectos, son contextos y son pretextos; son embrujos y son tapujos, porque negar las palabras que revolucionan la sociedad implica abrir más la brecha entre la riqueza y la pobreza.

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