web analytics
Página de inicio » Suplemento Tres Mil | 3000 » Salvadoreños: a hibernar, como Baloo

Salvadoreños: a hibernar, como Baloo

El Portal de la Academia Salvadoreña de la Lengua

SALVADOREÑOS: A HIBERNAR, COMO BALOO
Por: Eduardo Badía Serra,
Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

Decía Paul Davies, físico y cosmólogo británico, que si las actuales leyes de la física son esencialmente correctas, con el tiempo suficiente, todo lo que pueda suceder, sucederá, con lo cual habrá un final en la era de la luz en el universo, y además, los humanos caerán en una civilización tecnológica de más de un billón de años. Si el universo continúa expandiéndose, dentro de diez mil millones de años la mayoría de las estrellas del universo actual habrán sucumbido. Continuaba Davies diciendo que dentro de dos mil o tres mil millones de años, el Sol comenzará a apagarse y la vida inteligente que habite sobre la tierra tendrá que emigrar o perecer.

Dentro de un cuatrillón de años, el universo, que se habrá expandido diez mil millones de veces más que su actual tamaño, estará oscuro, aunque no vacío, y al final será un océano oscuro y frío de fotones, neutrinos y antineutrinos, y algunos electrones y positrones, en lenta extinción y cada vez más distantes entre sí. Antes de desaparecer después de un resplandor de calor o una silenciosa explosión, será necesario que los agujeros negros liberen la energía de onda gravitatoria de la masa en reposo de la materia engullida durante tanto tiempo. Hawking, Penrose, Carter, y otros, señalan que si se fusionaran dos agujeros negros que no rotan y de masa idéntica, se perdería una energía del orden del 29 % de la masa en reposo. Si rotaran a la velocidad de la luz, emitirían el 50 % de la energía de la onda gravitatoria.

Bien. Estas son predicciones fantásticas que nos dicen mucho, a tal grado que indujeron a Hawking a pensar en una civilización postecnológica sobre la base del uso de tales cantidades de energía. La manipulación de la energía de los agujeros negros se remonta a John Wheeler en 1969, ya hace más de medio siglo. Wheeler imaginó una civilización supertecnológica que abandonaba su estrella y emigraba a las cercanías de un agujero negro para apropiarse de la energía, eliminando sus desechos en él a contragiro de la rotación y utilizando la energía rotativa frenada por la basura. Esto significa un desafío a la entropía que permite convertir residuos en energía pura.

Como dentro de unos dos mil o tres mil millones de años, el Sol incendiará a la Tierra, los seres que la habiten tendrán antes que emigrar y deberán colonizar otro planeta en la misma galaxia o en otra. Esa es la propuesta de Hawking y Davies. Pero para ello habrá que preparar a nuestros descendientes como colonizadores planetarios, haciéndolos viajar en naves a 0.1 veces la velocidad de la luz, con lo cual podrán colonizar, en treinta millones de años, unos cien mil planetas. El recurso es la manipulación genética fisiopsicológica de los colonizadores para que puedan soportar largos viajes galácticos y adaptarse a las tareas propias del planeta colonizado, llevando óvulos fertilizados y congelados que serían incubados una vez se llegue al destino, con el objeto de poblarlo rápidamente y a bajo costo energético. Estos seres, comenta Rubén H. Ríos en su obra “Stephen Hawking y el destino del universo”, (Tiempo e ideas, Madrid, 2003), ya no serán humanos, ni en su aspecto ni mentalmente. La limitación de esta civilización supertecnológica es que al no poder superar la velocidad de la luz, (la velocidad de escape del universo y de un agujero negro), por la limitación que a esto pone la segunda ley de la termodinámica, la disipación de energía se pagaría con un aumento en la entropía, es decir, del desorden, con lo cual tarde o temprano se entraría en una crisis energética.

El físico Freeman Dyson ofrece una solución a tal problema: que la civilización supertecnológica se mantenga a un ritmo de procesamiento de la información compatible con la declinación del universo, hibernando durante temporadas cada vez más largas. En la fase de sueño se disiparía el calor de la actividad anterior, mientras se acumula energía para utilizarla en el próximo período de vigilia. Así, el universo prolongaría su agonía indefinidamente, y con él, los lejanos descendientes de los hombres alcanzarían una especie de eternidad, de inmortalidad.

Hawking, sin embargo, no se atreve a especulaciones tan lejanas como las de Davies. Ya en este mismo siglo, antes de morir, comenzó a sugerir que la biotecnología hiciera posibles los viajes espaciales fuera del sistema solar, porque para él, la humanidad estaba condenada a desaparecer antes de que finalice el milenio, ya sea por una catástrofe ecológica natural, por los efectos de un virus devastador, o porque a algún político super loco de esos que saben aparecer se le ocurriera ensayar algún artefacto capaz de provocar tal destrucción.

Así hablan los grandes científicos. Esas son sus preocupaciones. No hablan de calentamientos globales inexistentes que lo único que hacen es hacer que los países pobres gasten el dinero y los recursos escasos que tienen, para, dicen, “combatirlo”, mientras los países ricos se hinchan los carrillos hablando de bitcoins y otras locuras que les permiten robarle al mundo lo que este les permite robar.

Claro, nosotros, los salvadoreños, no debemos preocuparnos por ello, porque como nuestra Constitución es pétrea, inamovible, terca y dogmática, al margen de lo que le suceda al universo, seguiremos siendo republicanos, democráticos y representativos, con nuestra separación de poderes, nuestros pesos y contrapesos, nuestra institucionalidad, y tantas otras excelsitudes, amparados siempre en que del norte vendrán las aceitunas y las alcaparras con las cuales solucionaremos nuestra hambre. ¡Pero de esto no sigo hablando porque así ya lo prometí!

El caso es, pues, ante lo que vaticinan esos enormes hombres de ciencia que he citado en esta columna, y muchos otros, que, o seguimos como estamos, aprendiendo Word en las escuelas y en las universidades, y utilizando el “copy-paste” en nuestras pruebas de capacidad,…….o nos convertimos en simpáticos Baloos, haciendo nuestro consejero al famoso osito gris del cuento, para que sea nuestro maestro, el maestro de los nuevos salvadoreños Mowgli. Yo optaría por esto último, y me prepararía para viajar, como lo sugiere Hawking apoyándome en la solución de Dyson, con lo cual comenzaría a prepararme unas gruesas sábanas de colores variados para que me acompañen mientras hiberno.

Ver también

Salarrué y Humano: Memoria y Legado (47/82)

    Tania Primavera Salarrué, el artista de El Salvador que nació hace 123 años, …