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ROMERO: MEMORIA, JUSTICIA Y VIGENCIA A 46 AÑOS DE SU MARTIRIO

Por: Nelson de Jesús Quintanilla Gómez*

Sociólogo y Profesor Universitario de la UES

San Miguel, 28 de marzo de 2026. El 24 de marzo de 2026 se conmemoró el 46 aniversario del martirio de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, figura emblemática de la historia salvadoreña y referente universal en la defensa de los derechos humanos. Su asesinato en 1980, mientras oficiaba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, marcó un punto de inflexión en la conciencia nacional e internacional sobre la violencia política y la represión en El Salvador.

A más de cuatro décadas de este hecho, la figura de Romero trasciende su dimensión religiosa para consolidarse como símbolo ético y político. Su voz, dirigida a denunciar las injusticias, las violaciones a los derechos humanos y la exclusión social, sigue resonando en una sociedad que aún enfrenta importantes desafíos en materia de democracia, justicia y equidad.

Diversos sectores de la Iglesia católica y de la sociedad civil continúan reivindicando su legado. En espacios como la Cripta de Catedral Metropolitana, la memoria de Romero no solo se preserva, sino que se actualiza constantemente como un llamado a la reflexión crítica. En este contexto, líderes religiosos han destacado su papel como defensor de los más vulnerables, subrayando su compromiso con los pobres, los campesinos y las víctimas de la represión.

Desde una perspectiva histórica, el asesinato de Romero no puede entenderse de forma aislada. Este se inscribe en el marco de un conflicto social y político caracterizado por profundas desigualdades estructurales, autoritarismo estatal y sistemáticas violaciones a los derechos humanos. El Informe de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas (1993) identificó responsabilidades en su magnicidio, evidenciando la necesidad de avanzar en procesos de justicia transicional que, hasta la fecha, siguen siendo insuficientes.

En el contexto actual, la vigencia del pensamiento de Romero adquiere renovada relevancia. Sus llamados a respetar la dignidad humana, a garantizar el debido proceso y a evitar el abuso del poder estatal resultan particularmente pertinentes en escenarios donde se debaten los límites entre seguridad y derechos fundamentales. La memoria de Romero interpela a la sociedad salvadoreña a no normalizar prácticas que puedan vulnerar el Estado de derecho.

Asimismo, su legado invita a reflexionar sobre el papel de las instituciones y de la ciudadanía en la construcción de una democracia sólida. La justicia, entendida no solo como castigo a los culpables, sino como garantía de no repetición, sigue siendo una deuda histórica. En este sentido, recordar a Romero no es un acto meramente conmemorativo, sino un ejercicio de memoria activa orientado a la transformación social.

En este contexto, para (Amaya S. , 2026), citando a María Teres Alfaro de la Comunidad de la Cripta de Catedral enfatizo que el 24 de marzo une a toda la comunidad y manifestó que se pueden decir tantas cosas de él, pero una de las más significativas es que es un catequista que continuamente forma a los feligreses para que estos se acerquen más al Reino de Dios y a reconocer el valor de la misericordia, del perdón, del amor, del compromiso y de la esperanza.

En este mismo orden, el obispo, Francisco Cartagena, encargado de brindar las palabras iniciales en la Cripta y de oficializar la homilía de la tarde, señaló que “San Óscar Arnulfo Romero para el pueblo salvadoreño y para la Iglesia católica en El Salvador, aparte de ser un obispo, pastor y mártir, también significó para todos el gran defensor de los derechos humanos” (Amaya, 2026) Desde luego, el ser defensor de los derechos humanos fue motivo para llegar a su martirio. Romero defendió a los pobres, a los campesinos, a la libertad de prensa y de expresión, llamó al cese de la represión, denuncias que le causaron su muerte.

A casi ocho años de su canonización, su figura ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia universal; sin embargo, el desafío principal radica en traducir ese reconocimiento en prácticas concretas de justicia, inclusión y respeto a los derechos humanos en la vida cotidiana del país por la feligresía católica y desde luego, ´por los funcionarios de gobierno.

Finalmente, la conmemoración del martirio de Monseñor Romero debe servir como un llamado a fortalecer la memoria histórica y a reafirmar el compromiso colectivo con una sociedad más justa. Recordar su legado implica asumir la responsabilidad de construir un futuro donde hechos como su asesinato no se repitan y donde la dignidad humana sea el eje central de toda acción política y social.

 

*Sociólogo, Doctor en Ciencias Sociales y Profesor Universitario de la UES en la FMOtal. De San Miguel.

[email protected], [email protected], [email protected]  y @NelsonQuintani5

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