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Reunión con mucho de tedio

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Como ritual inexorable, axiológico y escatológico –es lo último cuando estoy en la hora negra del engaño blanco- me desnudo cuando escribo. Ese es un código literario que hay que descifrar más allá de la ropa y morbosidad con la que habla la moralista en la cama de su pírrico amante, justo después de lavarse el axioma lácteo; sí, me desnudo con cada metáfora para escribir sin máscaras ni cáscaras, sin tapujos ni reflujos, para darle rienda suelta al demonio de mis demonios; para embrujar el embrujo que me embruja con su ir y venir dándole un tono fascinador al negro de la hipotenusa de la apelación para que el dolor de muchos cambie de carrera y se inscriba en el dolor de pocos.

Es viernes santo. Me citaron a las 8 de la mañana para oír mis alegatos y pruebas de descargo. Es viernes, un viernes que vaticina que los sábados de gloria ya no tendrán el mismo olor ni el mismo sabor porque la hostia fue puesta en la lengua después de una larguísima penitencia de rodillas rogando por el no perdón de los pecados subversivos. Habitando en la vecindad de mi arresto colegiado el genuino cadalso de quienes perdieron la voz a manos de una garganta que niega incluso lo que no es suyo; pernoctando en el mar muerto de mis lágrimas, la pústula militar que tiñó de sangre los ríos sagrados de la patria; junto a mi mano desarmada el fuego de las armas de juguete con balas de verdad. Solo espero no romperme el hocico con la piedra de las abstenciones ladinas que me recuerdan que los jefes van a hoteles cinco estrellas y los empleados a hospedajes estrellados sin baño privado. Ahí estoy cara a cara con las lunas de Júpiter –son mis preferidas porque tienen el guarismo que me gusta-; ahí estoy esperando mientras me fumo una orquídea alarmante; bebo su dosis de conciencia efímera, su dosis de palabras oportunas como luna en cuarto creciente.

¡Las 9 y todo en caaalma!, pasó gritando el maestro de historia conyugal del siglo XIX. Ya son las 10:13, del día de San Juan, y la comisión académica no dictamina sobre el pobre y ordinario cum honorífico del ávido maestro que tiene una especialidad post-especial en manipulación de conciencias ingenuas y propuesta a conveniencia de horarios de clase sin lucha de clases y, para acabar de joder, cobra un generoso sobresueldo no obstante su ausencia burocrática; la honorable junta directiva trata de hacer lo suyo, pero el linaje putativo de Cronos la entuturuta con el humo de la prueba del puro, cual espectro de finca cafetalera, y la rutina pone oídos sordos y argumentos ciegos para avalar la deshonorable felonía escolástica e inventa frases simples intentando espantar el tufo de la injusticia de las bases de datos sin información; la meritísima maestra de la flojera didáctica insiste en que no le han ratificado la rapaz alcurnia que la acredita como vendedora de fritada ideológica y portadora oficial del chambre con curtido de papaya verde; el consejo superior universitario no ha publicado en el diario oficial la cantidad de reprobados por falta de huevos y desvelos; el postdoctorado en ciencias ocultas incrementó su matrícula sin cuadrícula, y la novela sigue en busca de la protagonista que se desnude sin fanfarrias protocolarias para darle ardor a la trama de fantasmas asesinados… y entonces las palabras se mueren de tristeza o se suicidan por lujuria al ver el suelo fucsia de abril que enseña que el garrote de un Marshall pega más fuerte que la regla de un maestro.

La agenda sigue su letal camino hacia el abismo de la banalidad jerárquica donde las neuronas se ahogan en el insondable mar de la ignorancia, guiada por el necio de lo perverso y lo cobarde, mientras yo espero que dictaminen sobre el cum honorífico de mi locura indecible y sobre el examen de suficiencia de mis deseos imposibles de comerme en ayunas la nueva sociedad que nunca encuentra el plato ni el comedor; mientras yo espero que firmen el informe de la deserción lapidaria de la libélula daltónica y sus dos perfectos pétalos que me dan un sutil adelanto de la traicionada ilusión que reinaba en la vecindad del imaginario del pueblo; mientras espero que ratifiquen con misión oficial el abolengo de mis metáforas que se quedaron a la deriva, navegando a ciegas y a sordas en una foto desabrigada que nunca tuve clavada en los ojos porque no está incluida esa actividad sumativa en el programa de historia sin salvador; mientras estoy remontando las olas de unas huellas pedagógicas en mi pecho, para guiarme en mi andar hacia el centro de su tierra en busca de la rosada fuente de la leche tibia que debería ser la última imagen por la noche en los ojos de los niños de bronce; mientras yo lamento que no haya examen de suficiencia renal por la anunciada reprobación de mis poemas y demonios y delirios que son acusados de militar en organizaciones fantasmas y de subvertir el régimen de la real academia de la lengua con pelos; mientras yo celebro que en el diplomado superior de mis suspiros sociológicos se haya matriculado la musa de mirada florida y etérea y devota de la María con pecado concebida; mientras pongo un “pero” y espero desesperado que mis palabras sean ratificadas como misión oficial sin viáticos -según lo estipula la ley orgánica de la maquila- por sus pechos cítricos y por su sonrisa húmeda deambulando como loca por mi unicornio azul; son las 13:12, del día de San Mateo, y no sé si suicidarme en los puntos varios de la agenda o salir corriendo en busca de una locura daltónica antes de que pasen la lista de asistencia que marchitará a la rosa negra de la utopía que pasa de largo cuando la lluvia hace que me asome a la ventana sin rostro con la esperanza de verla caminar descalza en los ríos sin masacrados y sin presidenciables del cianuro.

Sigo sentado… esperando que me den audiencia. Sigo sentado… comparando mi sed con los niños ahogados por la última tormenta que hizo interminable su noche repitiendo la noche de los mártires que, a pesar de haber derrocado su miedo, no han merecido estatuas. Exigiré que en el acuerdo que tomen se especifique que mi error es recordar la boca de quienes amo gritando que me aman.

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