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Reflexiones sobre la sensibilidad

José M. Tojeira

Tradicionalmente se solía decir en El Salvador que los políticos tenían cuero de lagarto. Insensibles a la crítica, continuaban opinando y haciendo lo mismo al tiempo que ganaban elección tras elección. Los ataques e incluso los insultos no les alteraban. Tenían el control de la política, en expresión popular la sartén por el mango, y podían incluso abrazar a quienes poco antes les habían insultado. Aunque quedan algunos de estos casi imbatibles políticos de antaño en posiciones secundarias, hoy las nuevas sensibilidades parecen imponerse. Cada vez es más frecuente que una parte importante del liderazgo político del actual gobierno se presente en las redes insultando, despreciando o arremetiendo contra quienes piensan distinto.

Y por supuesto, mostrando una sensibilidad especial frente a las calificaciones que se les puedan hacer. Un ejemplo de esa delicada sensibilidad la ha dado recientemente el Presidente impuesto de la Corte Suprema, a quien le gusta su título presidencial solamente si se le quita el adjetivo referido a la imposición partidario-gubernamental. En los demás temas legales comulga con ruedas de  molino, sean leyes inconstitucionales, incumplimientos de Convenciones ratificadas por El Salvador, o simples traiciones a los colegas jueces a los que está obligado a proteger.

Por supuesto, la sensibilidad gubernamental no llega (o puede ser que no haya llegado todavía) a la posición desquiciada de la vicepresidenta de Nicaragua que ve demonios y espíritus maléficos en todos los que le hacen cualquier tipo de crítica a su inmoral, ilegal y dictatorial gobierno. Pero las sensibilidades van creciendo. Y cuando la sensibilidad se vuelve ridícula, la situación empeora. Porque a la crítica política no se le puede contestar ni con ofensas ni con castigos infantiles, como la negativa del “pelele impuesto” a dar declaraciones a quien le otorgue un merecido e indiscutible calificativo.

Si las marchas de protesta se repiten, la solución no es decir que los empresarios les obligan a ir, o que los partidos pagan el pasaje y prometen comida. Lo que se ve en las fotografías habla más de protesta masiva y clara en sus múltiples reivindicaciones que de grupo inconsciente financiado con un sandwich y un agua carbonatada. Y frente a eso solo hay un camino decente: Dialogar. El Presidente de la República ha repetido varias veces que respeta la oposición. E incluso presume de que en el tiempo que lleva gobernando no se ha tirado ni una bomba lacrimógena contra ningún grupo manifestante. Eso es bueno. Pero falta todavía en los círculos gubernamentales el aprendizaje del diálogo.

Cuando las posiciones son serias, la burla o la mentira no son respuestas adecuadas. Y lamentablemente algunos diputados y personalidades afines al gobierno abusan de ese estilo bravucón y mentiroso. La oposición puede también caer en la tentación (y algunos caen) del insulto y el grito. Pero la seriedad de reivindicaciones en torno al Estado de Derecho, a la economía, al agua o a la justicia, tanto transicional como actual, son demasiado importantes para el país como para hacer chacota de ellas. Comprar apoyo con promesas o con regalías no resuelve los problemas. Porque el dinero se termina y las promesas, cuando no se cumplen, se vuelven en contra de quien las hace. Algo de eso le pasó tanto al FMLN como a ARENA.

Si la población salvadoreña apoya a Nayib Bukele es porque espera más de él que de quienes lo precedieron. La falta de diálogo con posiciones serias de desarrollo, y la sensibilidad respondona de diputados o altos ejecutivos gubernamentales, llevan al gobierno de Nuevas Ideas a convertirse en una nueva versión de los “mismos de siempre”. Dialogar con mayor seriedad sería bueno para todos y un aprendizaje para todas las fuerzas sociales, económicas y políticas. Solo esa actitud de diálogo podrá liberarnos de las miserias de un pasado y de un presente, demasiado marcados por el autoritarismo, el desprecio de las leyes y la corrupción.

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