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Recuerdo de Waldo Chávez Velasco

Álvaro Darío Lara

Escritor y poeta

El pasado catorce del mes en curso, viagra buy Waldo Chávez Velasco hubiera cumplido ochenta y dos años, medical y seguramente continuaría haciéndonos gozar, con esa gracia, ironía y amenidad  que tanto lo distinguió. Me refiero a Waldo, el escritor, el ser humano, con quien cultivé una relación cordial, amistosa y de mutuo aprecio, muy al margen de la “leyenda negra” -con o sin razón- que Waldo generó y genera aún, en algunos círculos políticos y culturales salvadoreños. Andando el tiempo, se descubre que el mundo no está dividido en buenos y malos. Al final, cuentan las personas, y el que esté libre de pecado, que lance la primera piedra, como sentenciaba el Maestro Jesús.

La primera vez que vi a Waldo, fue en una fiesta, ofrecida en casa de una alta funcionaria cultural del gobierno de Duarte. Fue una velada alegrísima, donde artistas, diplomáticos (entre ellos el Agregado Cultural de los Estados Unidos, quien danzó maravillosamente la pegajosa canción tropical “El tiburón”, muy de moda en ese año), personajes de la farándula estatal e invitados especiales, departimos hasta  la fría madrugada.

La anfitriona nos presentó en el amplio patio de la residencia, donde se encontraban instalados una buena parte de los asistentes. Estuvo poco tiempo, luego se esfumó. Al menos eso recuerdo, entre tanto alcohol, viandas y sudada noche de baile.

Por esos días, Waldo había regresado al país, y los democristianos lo habían puesto al frente de Diario Latino. Una de las primeras acciones de Waldo, fue llamar a Eugenio Martínez Orantes, para revitalizar las publicaciones culturales sabatinas. El tiempo pasó. Mucha lluvia corrió bajo los puentes del país. Mucha lluvia. Después, en las administraciones de derecha, Waldo lanzó su Revista Gente, donde siguió haciendo cultura y política (no sé cuál hizo más) y sobre todo, riéndose de la estulticia nacional, pasada y presente.

En 1999, las autoridades culturales del Estado, nombraron una comisión para otorgar el Premio Nacional de Cultura (ese año en la rama teatro). Dicho jurado lo integramos: Francisco Andrés Escobar (de grata recordación), Luis Salazar Retana, Edgar Gustave, Waldo Chávez Velasco y un servidor. Ese fue el marco para nuestro acercamiento. Terminamos deliberando en la oficina-búnker de Waldo, situada en la colonia Escalón, y disfrutando de su legendaria hospitalidad en asuntos de buena mesa. Finalmente, la Comisión emitió su fallo, y la actriz y directora teatral Dorita de Ayala, fue la ganadora. Su perseverancia en las artes escénicas y la formulación de las bases, apuntaron hacia ella. Por supuesto, las felicitaciones y críticas llovieron. Un día referiré la molestia terrible de Álvaro Menen Desleal, cuando conoció el resultado, y cómo al final del interrogatorio colérico que me hizo, terminó invitándome a unas ricas pupusas, acompañadas de un caliente chocolate, allá en su casa de Planes de Renderos. Así de grande era Álvaro. Demás está decir que Waldo cubrió, con gran generosidad, urgencias de Álvaro durante su enfermedad, y posteriormente, circunstancias difíciles con motivo de su fallecimiento.

La salud de Waldo era muy delicada, esto lo llevó – a lo largo la década del noventa y en los inicios del dos mil- a publicar la mayoría de títulos que había conservado inéditos durante años. Hice muchas entrevistas radiales, escritas y televisivas con él. Siempre conversábamos de la cultura nacional, de la Italia donde estudió y de grandes artistas como el poeta Ezra Pound, y del genial pintor Kandinsky, a quienes admiraba profundamente.

Waldo quiso mucho a Walter Béneke, del cual contaba fabulosas y divertidísimas anécdotas. Cuando llegué a su vela, al presentar mis condolencias a su viuda, la escritora Irma Lanzas, ésta me expresó, una sola frase: -Se fue su amigo.

Un abrazo a Waldo en su natalicio, en este octubre de lluvia, pero también de luz y de viento.

 

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