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Racismo

Luis Arnoldo Colato Hernández

La violencia social desatada a lo largo y ancho de los EE. UU. denota no solamente la indignación de quienes ahora enfrentan a la policía, por la intolerancia para quienes el ejecutivo estadounidense tiene una sola recomendación, en razón del rechazo de las respectivas gubernaturas a reprimirles con fuerza letal: “(…) cárcel de por vida para esos forajidos (…)”, desconociendo per sé las razones y causales de la ola de protestas que se agudizan conforme pasan las horas. Y es que el injustificado asesinato de George Floyd se ve matizado por declaraciones ejecutivas que son además de provocativas, un incentivo para el enfrentamiento en las calles de las distintas ciudades en EU donde la lucha ahora mismo se extiende como reguero de pólvora, sumando por millares a nuevos protestantes conforme pasan las horas, y en razón del cansancio que la impunidad abate, por lo repetitivo de hechos similares que de manera sistemática se aplica a las minorías étnicas, y que ahora incluso ha implicado el intercambio de fuego letal, hecho sin precedente por estas causales, como sucediera en Louisville, Kentucky, la tarde del domingo, en una situación que se degenerara rápidamente de acuerdo a CNN, provocando un fallecido por fuego de la policía.

Ello sin duda evidencia a una sociedad agotada, enferma, que se revuelve sobre sí misma al no encontrar salida a la crisis terminal que la aflige, lo que se aprecia en la incapacidad de diálogo de las autoridades, y que este particular caso desnuda sin más.

Pero, ¿es un mal particular de los EU, o nosotros, al sur del río Bravo padecemos algún grado de tan despreciable culto?

El COVID-19 abrió una suerte de xenofobia dirigida en contra de la comunidad asiática sin distingo de nacionalidad y en razón del desconocimiento del mal, lo que felizmente no paso en ningún caso de expresiones verbales impropias, no siendo por ello menos nociva. Por otro lado, lamentablemente el desprecio racial si se manifiesta al sur del río Bravo en la xenofobia dirigida a los migrantes ilegales, o en la autocracia practicada contra grupos étnicos menores, en particular originarios, para quienes los servicios sociales se sirven de modo restringido y plagado de prejuicios.

Sin embargo, el discurso que más revela, aunque en otro ámbito, el carácter excluyente por la simple diferencia, es contra las comunidades que por opción, son alternativas religiosas, sexuales, de género, etcétera.

El racismo -entonces- es un manifiesto que contamina todo quehacer, pues es evidencia de intolerancia, inseguridad, carencia de autoestima, pobre formación académica, y por demás decirlo, nulo criterio, pues es expresión de la negación mínima del otro, para el que solo existen descalificativos o persecución porque si.

Así que, no solo los pobrecitos gringuitos la padecen, también nosotros, y sin afrontarla, puesto que las comunidades que ahora se enfrentan a la policía en desiguales condiciones, evidencian una dignidad admirable, pues buscan rescatar la moral pública en la afirmación “¡Hasta Aquí, No Más!”, mientras nosotros seguimos naturalizando el racismo en su forma cruda, lo que nos hace más pobrecitos.

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