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Poesía de Jorge Madrid

También mi sangre bulle y río por los ojos que han conocido el brote de las lágrimas. Creo que el mundo es bello, que la poesía es como el pan, de todos.

Roque Dalton  

Fue en el camino donde comprendí que también era otro Guanaco.

 

 

Que hace un hombre oculto en su nombre como en un ataúd

Viendo pasar la palabra como un jinete,

al caer en el silencio.

Los ojos incrédulos de Nicanor Parra,

al abrazarse con la muerte.

Los días propicios para clavar un cuchillo

en su júbilo.

Ya no hay hambrientos de poesía

ni las tormentas de caballos de los Dakota.

Que hace un poeta oculto en su nombre,

cuando sólo lo esperan

la memoria de los ancianos.

Los pájaros fugados de la trompeta de Baker.

Cuando otros mueren en el camino de los beduinos,

interrogando la arena.

 

 

Al furor de los pájaros la saliva oculta el rostro de los desaparecidos

La primitiva forma de contradecir el silencio.

Lo implacable de un hombre

aferrado al insomnio del mar.

El volver sordo de Bagdad,

sin ninguna estrella en los huesos.

El cruzar los furgones sobre la espalda del sol,

la hora pico alimentada por Thelonious Monk.

El vociferar de los autos, al domesticar los fósiles.

(Sobre un mapa puede crecer el pánico,

al parpadeo de un revolver)

 

 

Las calles asfixian al disparar un poema en la sien

Entre la sombra y el dolor

de los clavos,

ajustados a la historia del país.

La cautela para no despertar

el hastío de las estatuas.

Se posterga cada junio

el final de este poema.

 

 

Los domingos son como un vidrio

al sepultarlos en nuestra muerte

Se ve la infancia colgada

de la corteza de las piedras.

Los caballos al tropezar

con el silencio.

La unanimidad de la palabra,

bajo la vestimenta de los reptiles.

El horror de conversar

con nuestros huesos.

 

 

No se calla la muerte poniendo un pez en la boca de un revolver

De niño no supe que el reojo

de las piedras siempre nos alcanza.

Ni que la noche perece

en las manos de Caín.

La eminente sospecha de los poetas

al padecer junto a un emblema.

La patria es una esquina abierta como la angustia de las estatuas.

No te fíes del pulso de un homicida, causa un asco hasta en los ojos

de las moscas.

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