Por Zoraya Urbina*
Flores, rosas rojas de preferencia; felicitaciones, agradecimientos. Las redes sociales se llenan de mensajes de “agradecimiento”, de frases de amor para celebrar a las mujeres como mamás, como hijas, como compañeras. El comercio, que no pierde oportunidad, aprovecha. Es así como las tiendas lanzan promociones, las empresas crean y publican campañas para agradecer y reconocer a esas “mujeres valientes” que nos han dado la vida y a quienes “hacen que el mundo camine”. Y es que el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se considera como una fecha para simplemente homenajearnos.
Sin embargo, si vamos y buscamos en la historia, nos daremos cuenta de que el Día Internacional de la Mujer jamás fue pensado para que fuera una celebración como tal. Este día, el 8 de marzo, tuvo su origen en movimientos de luchas profundas, protestas y pedidos de reivindicación, impulsados por la valentía de miles de mujeres que exigieron, trabajaron y dieron su vida por lograr condiciones de trabajo dignas, derechos políticos y, además, su reconocimiento como sujetas de derecho. Se vincula esta fecha con los movimientos obreros y feministas de principios del siglo XX y también con las manifestaciones de mujeres en Rusia en 1917, que exigían pan y paz.
No fue sino hasta 1975 que Naciones Unidas reconoce de manera oficial la fecha como el Día Internacional de la Mujer. Este año el lema que impulsa la ONU es claro: Derechos, justicia y acción por y para todas las mujeres y niñas. Pero, en muchos lugares, el sentido original que tiene esta fecha se diluye poco a poco a conveniencia de algunos. Se convierte en un gesto simbólico que busca no incomodar; es decir, dar flores en lugar de escuchar preguntas y dar respuestas, felicitar en lugar de reflexionar.
Lo más preocupante es que, mientras se le quita contenido a lo que esta fecha en verdad significa, en muchos lugares surgen discursos que buscan presentar la lucha por la igualdad como una amenaza que busca “destruir” a la sociedad. Estudios recientes muestran cómo hay algunos movimientos políticos y religiosos que construyen narrativas que describen la justicia de género como un peligro para la tradición, para la familia. Lo peligroso es que estas narrativas ponen los avances en derecho de las mujeres y de las comunidades de la diversidad como un ataque a los valores sociales.
El informe State of Power 2026, en su capítulo 9, titulado “Weaponising Gender: How gender became the perfect scapegoat for far-right and authoritarian actors” (El género como arma: cómo se convirtió en el chivo expiatorio perfecto para actores autoritarios y de extrema derecha), escrito por Julisa Tambunan, Aminah Jasho y Esme Abbott, señala que la estrategia consiste en apropiarse del lenguaje de la protección y de los derechos para así poder justificar agendas que son excluyentes, y transforman conceptos como familia o seguridad en argumentos que sirvan para limitar la igualdad, pese a que la historia muestra lo contrario.
Los derechos de los que ahora gozamos las mujeres, como el derecho al voto, a la educación, a decidir sobre la propia vida, a la participación política, no nacieron por una concesión espontánea en la sociedad. Fueron derechos conquistados gracias a generaciones de mujeres que vivieron en la discriminación, que sufrieron violencia, exclusión, persecución y, muchas veces, la muerte.
El 8 de marzo no es una fecha puesta en el calendario para celebrar; es un recordatorio importante de que la igualdad no es un punto de llegada definitivo, sino que es una construcción permanente que se va creando día a día. Es una invitación para reconocer a quienes, de manera valiente, abrieron caminos antes que nosotras para que pudiéramos gozar de algunos de los derechos que ahora tenemos, pero también para preguntarnos qué tipo de sociedad es la que queremos construir.
Reducir este día a flores, felicitaciones, bombones o postales es olvidar su origen. Y no estoy en contra de estas expresiones. Simplemente es que el 8 de marzo puede y debería ser una jornada de reflexión, de memoria y compromiso para honrar la historia de todas las que lucharon para que hoy podamos ser reconocidas plenamente como lo que somos: sujetas de derecho y protagonistas que día a día vamos construyendo, cambiando, aportando y dando lo mejor de nosotras a la sociedad.
Creo firmemente que cada mujer, desde su espacio, desde sus convicciones, desde sus saberes, sus cosmovisiones, está aportando para que las próximas generaciones de mujeres puedan tener un mundo que sea más amable con ellas y que les permita realizarse plenamente. Creo que el aporte de cada mujer es importante en la construcción de un mundo en el que todas las personas podamos vivir en igualdad de derechos; porque esto no debería ser una utopía, sino una realidad a la que tenemos derecho aquí y ahora.
*Puedes encontrar material de la autora sobre mujeres, resiliencia y bienestar en: https://www.youtube.com/@ZorayaUrbina
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