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La gente se reúne frente a tributos florales en homenaje a las víctimas del ataque del 15 de marzo en Christchurch, Nueva Zelanda. [Foto Tessa Burrows / AFP]

Musulmanes de Christchurch lloran a los suyos y se preguntan si habrá una próxima vez

Christchurch / AFP

Glenda Kwek

En el principal centro para las familias de las víctimas de los ataques a las mezquitas de Christchurch, musulmanes de todos los orígenes se abrazan, esconden sus lágrimas e intercambian noticias de sus allegados.

Azan Ali, de 43 años, originario de Fiyi, estaba en la mezquita Linwood con su padre cuando el viernes se produjo el ataque del extremista, que dejó ahí siete muertos. Azan tiembla cuando rememora los disparos.

«Me dije: ‘¿voy a volver a ver a mis padres, mis hijos, mis familiares?. Toda esa gente con la que rezas, que tienes a tu lado….'», murmura.

«Mis hijos tienen miedo. Pero debemos asumir, como comunidad que somos» añade este hombre, perplejo, como muchos musulmanes –que representan 1% de la población de Nueva Zelanda–, ante semejante aluvión de violencia.

En total, 49 fieles resultaron muertos en los ataques contra les mezquitas de Al Nur en el centro de Christchurch y de Linwood, en los suburbios.

El padre de Azan Ali, Sheik Aeshad, que vio a un musulmámn herido de bala en el cuello, no llega a comprender cómo se produjo tal atentado en este país.

«Jamás creímos que ello pudiera ocurrir en Nueva Zelanda, un país tan cálido, en el que puedes irte dejando la puerta abierta de tu casa. Pero ya no ahora», dice.

«Pienso en lo que puede ocurrir la próxima vez..» se lamenta.

– Solidaridad –

Este sentimiento es compartido por Sahra Ahmed, una enfermera neozelandesa de origen somalí.

«Eso pasa en todo el mundo. A la gente le gusta importar ideas desarrolladas por otros. No estamos protegidos de lo que está ocurriendo» dice a la AFP. «Poco importa donde vayas, el mundo es muy pequeño» explica.

En la mezquita Linwood, las alfombras nuevas instaladas hace algunos meses están marcadas por la tragedia. «Había sangre en todas partes. Era algo caótico» relata a la AFP Ibrahim Abdel Halim, imán de esta mezquita, de origen egipcio, que se dispone a enterrar a los muertos.

Su esposa, Falwa El Shazly, fue herida en un brazo tras el ataque, y se hallaba cerca de una mujer que resultó muerta.

Varios de los siete fieles muertos en Linwood eran activos participantes en la vida de la mezquita. Uno de ellos, un neozelandés de origen fiyiano, hacía habitualmente donaciones de alimentos procedentes de su restaurante.

«Todos ellos me son muy queridos, es gente que trabajaba como voluntarios para nosotros» subraya Abdel Halim.

Mohamad Kamruzzaman, de origen bangladesí, cuenta a la AFP que acudió rápidamente a la mezquita al escuchar las noticias.

«Cinco» de sus amigos bangladesíes «siguen desaparecidos, solamente Alá sabe donde están» afirma. Entre ellos había una mujer que enseñaba gratuitamente el Corán a los niños.

«Es como si hubiéramos perdido a un miembro de la familia», se lamenta.

Esta tragedia ha conmocionado a Nueva Zelanda, un país de cinco millones de habitantes, y donde solo el 1% de la población se declara musulmana. En este país, que se enorgullece de ser un lugar apacible y acogedor, se registran apenas unos 50 asesinatos por año.

Un gran movimiento de solidaridad interconfesional se ha apoderado de todo el país. Cerca de 3,2 millones de dólares neozelandeses (EUR 2 millones, USD 2,3 millones) han sido recolectados en 24 horas, y se han organizado  donaciones, y compras de alimentos halal para las familias de las víctimas, que esperan en los hospitales.

Además, una neozelandesa de Wellington se ha propuesto en Facebook, en una publicación muy compartida, acompañar a los musulmanes que tienen miedo a salir a la calle.

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