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MONSEÑOR

Luis Arnoldo Colato 

Las llamadas hechas semanas antes del magnicidio a Héctor Dada, a las monjas del hospitalito y a otros actores del drama que siguió, antes del discurso en el que demanda a las fuerzas reaccionarias de derecha -la oligarquía y agentes estatales a su servicio [“…les suplico, les ruego, les ordeno: ¡cese la represión!”], anunciaron las acciones que conocemos y que supusieron el magnicidio, aquel 24 de marzo del 80’, cuando bajo las órdenes de Roberto d’Aubuisson, Marino Amador Sotomayor asesinó a Monseñor Romero, degenerando en el conflicto que siguió, apenas realizado su sepelio, tras otra masacre de 40 personas de entre el millón que asistían al funeral y en otra demostración de brutalidad que la oligarquía ordenó, frente a Catedral en San Salvador, cerrando definitivamente los espacios de diálogo que el mártir procuró establecer.

Históricamente el asesinato de Monseñor Romero constituye el agotamiento entre los interlocutores sociales, que inicia con el derrocamiento del general Romero y concluye con el asesinato que nos ocupa.

La ventana en cuestión se cierra con el conflicto que arrasa al país, dejando 70,000 muertes, más de 35,000 secuestrados, torturados, asesinados y desaparecidos por la derecha, según el informe de la Comisión de la Verdad, para quienes no ha habido retribución o justicia, pues intencionadamente el aparato judicial promueve la impunidad, favoreciendo a las fuerzas reaccionarias responsables del baño de sangre aquí descrito.

Ahora, a 38 años del asesinato, las mismas fuerzas oscurantistas y en el contexto electoral, procuran apropiarse de Monseñor Romero, sin asumir las demandas que el prelado hizo en su día y que le costaran la vida, o la de los miles que diferentes informes por separado y sobre el conflicto armado endilgan a la derecha y al Estado, por lo que la apología que la gran prensa hace de Romero, o la derecha partidaria en general, procura silenciar aquello por lo que Romero es mártir: su palabra, y por supuesto, su mensaje.

Lograrlo significa silenciarlo, es decir, asesinarlo de nuevo.

Su voz nunca se fue, pues es vigente en el reclamo de justicia y equidad, de inclusión y construcción de un Estado viable tal cual lo demuestran múltiples estudios (Ellacu hizo referencia a lo factible que es), desmontando las estructuras que favorecen la desigualdad o el acceso a la justicia, misma que fue negada al mártir, aquí y lamentablemente en el Vaticano, desde donde peregrinó hasta su tumba el Papa que le negó audiencia, y así suponer, sin desear hacerlo,”… está solo, hagan de él como quieran…” que comprendieron oligarcas y secuaces, justificando el magnicidio.

Los excluidos sin embargo, muchos de los cuales lo han olvidado, en sus súplicas recuerdan las que fueron sus demandas, vigentes a la fecha, por causales aún presentes que la derecha no ocultará.

Este acto de justicia papal no será concluyente empero si no se aclaran los hechos que rodearon el delito, así como procesados y desenmascarados ejecutores y financistas, es decir, la oligarquía misma y el aparataje favorecedor de la injusticia que denunció el Santo.

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