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Mi biblioteca de pdf

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor suplemento Tres mil

 

Trabajaba en un matutino hace quince años, cuando mi amigo Vladimir Rosales me mostró que existían libros en internet. En aquellos tiempos leer en una pantalla de computadora todavía resultaba una novedad.

Lo que era de leí era visitar páginas como www.ciudadseva.com con sus bibliotecas virtuales y enlaces. En esos momentos exitían algunas redes sociales, pero no me sentía esclavizado por ellas, en cambio por Ciudad Seva me conectaba por placer a la lectura.

En muchas ocasiones los libros que no podía leer porque no siempre estaba conectado a internet los pasaba a un documento word u otro tipo de programa para leerlo en mis horas libres en la casa, e incluso imprimí algunos que era difícil adquirir. Todo estaba al alcance de un click. En tanto, todos los días pasaba por la Segunda Lectura, un puesto sobre la Avenida Monseñor Romero que vendía libros de segunda mano, que me facilitaba casi cualquier ejemplar que me interesara leer. Don Chusito Villegas era el propietario y mi distribuidor de cabecera, era casi de religión mi paso por su librería, así como placentera. A veces me pasaba horas enteras buscando entre las inmensas columnas de novelas apiladas. El polvo no era excusa ni problema. Era como escarbar en un campo para extraer un tesoro. Don Chusito tenía la amabilidad de anotarme en una agenda cuando me llevaba libros al crédito, el cual se lo cancelaba al solo tener algún dinero. En esos años gastaba buena parte de lo que ganaba en material para leer.

Con el tiempo me di cuenta de los libros en formato pdf. Fue una enorme sorpresa. Confieso que me hice de algunos ejemplares, pero al estar tan acostumbrado a leer en papel y sentir ese mágico olor a celulosa y tinta o ese agradable aroma del libro antiguo tan parecido a la vainilla, casi no los leí. El papel seguía siendo mi principal recurso.

Por años solo leía en papel y veía con orgullo a varios amigos decirme que tenían más de trescientos libros.

De pronto un día, cuando decidí vivir con completa frugalidad me di cuenta que tenía demasiadas cosas, sobre todo libros. Y el detalle de la acumulación tenía que tener un sentido de utilidad no de vanidad, obviamente algunos libros no los he leído y seguro no los leeré, otros me conformo con haberlos recorrido una vez, ¿Para qué tener algo que no usaré si le puede ser útil a otra persona? Entonces me valoré el donar algunos, vender otros y seleccionar cuidadosamente los que se quedan conmigo.

Al comenzar esos procesos de selección de qué se queda y qué se va, Wilfredo Arriola tuvo la gentileza de obsequiarme un Kindle (una especie de tablet para leer libros en pdf y formatos parecidos).

Desde ese momento comencé a rescatar todos los libros que tenía en pdf, a descargar otros. Era un niño con juguete nuevo. Ahora leo más, tanto en papel como en el Kindle.  Y los libros van en aumento, quizá no tantos como tienen amigos escritores como Carlos Hurtado, que en su última cuenta llevaba cinco mil; pero, lo maravilloso de tener libros en fisico y en pdf es que existe material para leer, y eso lo disfruto.

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