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viernes , 20 octubre 2017
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Memoria pasada – olvido presente

Memoria pasada – olvido presente

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, ed  

soter@nmt.edu

Desde Comala siempre…

 

El 24 de octubre de 1932, cheap el futuro padre de F. T. salió a dar un paseo por la ciudad.  Se disipaban los temores de asedio policial que habían acechado la capital al inicio del año.  Seis semanas antes, de reojo ante el pavor, había observado las humildes exequias de un personaje ilustre.  Bajo una llovizna tan fina como la del genio que se honraba, se recitaron loas barrocas en su honor.  A exaltar su temple sin reparo, acudieron escritores de renombre.  Se reunieron el censor de prensa oficial y el autor del título poético de la nación, junto a quien recomendaría morir a fin de trascender la muerte.  Para sosegar el insistente réquiem —personal y colectivo— había decidido vagar por el centro de la ciudad.  Lo encontraba renovado y prístino luego de meses de encierro.  De un retiro productivo por el tinte que manchaba el lienzo.  Recorrió un antiguo barrio que evocaba huertos desaparecidos.  Los vergeles los fantaseaba exóticos en su recorrido, abarrotados de enredaderas perfumadas que rozaban los tapiales en ruinas.  Los viveros extintos los recortaba un río, mítico también, en su recordación florida de plantas que ondeaban a sus orillas.  Los vegetales, difuntos ahora ante el derrame urbano, irrumpían a guisa de su deseo.  En la barriada se congregaban los grupos más disímiles.  No le fascinaban quienes eran, sino los suponía tan distantes de sí mismo que casi sólo los percibía en su encanto sensual femenino.  Las imaginaba en arco iris, mientras invertía un verso clásico.  “Yo te quiero oscura; yo te quiero morena, te quiero blonda; yo te quiero verde; yo te quiero pálida”.  “Ojos de ajenjo; senos de mármol; trenzas multicolores; pestañas negras”.  “Siluetas en pentagrama, capaces de conturbar mis sentidos varoniles”.  Ahí cayó flácido ante “la noche negra de tu cuerpo” femenino.  En esa alborada de sopor esbozó la ponencia que leería en octubre, junto a otro colega que había entonado el réquiem en coral gregoriano.  Discurría ideas descabelladas, entre ruidos extremos de la carcajada al llanto ambos legendarios.  “Cervantes, Shakespeare, Dante…  ¿será preciso leer sus portentosas obras de literatura, para afirmar su grandeza?  Si admiro lo que ignoro, mi incultura yo la suplo con mi poco de intuición”.  Acaso lo subjetivo del sentimiento le inspiraría el tema a tratar.  Revertiría el orden de la materia al espíritu, al sugerir lo interior como móvil de lo externo.  De nuevo, en su retiro absorto, pensaba.  En un pequeño cuaderno escribía que la soledad le confiaría el método.  Su fina caligrafía anotaba “si la ciencia conduce del exterior al interior, de la materia al espíritu, la filosofía revierte el trayecto”.  Por una técnica alternativa, suplementaría el análisis objetivo.  Le interesaba “su propia subjetividad” que “veía proyectada” en “ese mundo externo del materialismo”.  No negaba lo natural ni lo social, pero su saber lo distinguía en el ensimismamiento.  A contrapunto de toda política hablaría de “la liberación hacia sí mismo”.  Por esta introspección, ante una audiencia selecta y poco numerosa, el 24 de octubre acudió a la Universidad Nacional a conmemorar un doble centenario.  No le preocupaba desconocer la obra festejada, le bastaba evocarla en su introversión.  El evento que hoy celebraba el recuerdo —“el festival de la inteligencia”— mañana se llamaría olvido.  Viceversa, “los imprevistos y fatales sucesos” sin memoria los consignarían los informes futuros.  Presentía que tal era el sino de la historia.  La memoria pasada la recubría el olvido del presente.  “Nadie recordará las alianzas que aquí fragua una memoria en común”, predijo, “como nadie evocará “la negra noche de tu cuerpo” en un mundo que ignora la tersura de tu raza”.

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