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Mauricio Valiente, un artista desconocido

Tania Primavera

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Fotografías de Aída Ramírez y Sonia Valiente Mc Entee

 

Antiguas pinturas firmadas a mediados de los sesentas, rastros de sus dedos en la pasta del óleo. Ojos, colores intensos, miradas perdidas, seres vivaces que resurgen. Trazo fuerte, tosco. Fuerza, pasión, dolor, amor, silencio, grito… “Son del lobo estepario”, me dijo Ricardo Humano…¿Y ese quién es? era Mauricio Valiente, un pintor autodidacta, escultor y ceramista de Santa Ana, que nació el 7 de abril de 1941.

Las calles de esa ciudad los vieron pasar.  El cerro Santa Lucía daba los buenos días al cerro Tecana. En medio en ese valle la ciudad de Santa Ana se desvanecía  en la niebla que bajaba del volcán.  Mauricio  estudiaba en el Liceo San Luis, en ese tiempo donde iba la élite, pero el no le importaba eso, porque él era un joven sencillo, silencioso, manchaba muchos cuadernos, sus primeros dibujos en esas hojas quedaron.

Pero en otro colegio,  otros niños, que vestían el uniforme blanco del Liceo Santaneco, ellos eran los niños Rolando Costa (poeta) y Ricardo Aguilar Humano (pintor). Y ellos, tres amigos, los mejores amigos. Rolando Costa, Mauricio Valiente y Ricardo Aguilar.

Muy joven, Mauricio  se casa y se traslada a vivir a San Francisco, California, realizando  todo tipo de trabajos. Vivió de trabajar como cocinero. Tuvo dos hijas. Tiempo de psicodelismo, él vio otra cosa. Otra cosa lo vio. En su tiempo libre se dedica enteramente a pintar, llegando a dominar el dibujo y el color, la escultura. Sus trabajos reflejan la búsqueda del ser humano y sus deliros, pintó muchos desnudos.

Ricardo Humano, que también convivio con él en San Francisco, le llegó a conocer más de tres mil óleos de pequeño y gran formato, los cuales a la muerte de su esposa los fue a tirar todos al basurero.

Regresó a El Salvador a finales de los años sesenta. Realizó investigaciones sobre cerámica de alta temperatura, y creó esculturas. “desarrolló un  Tarot completo, demostrando con ello su carácter silencioso, apartado, meditabundo, pero siempre cordial, compasivo y bondadoso”, comenta su amigo Ricardo Humano.

En esos años, se organiza una muestra de su trabajo en la Galeria Nacional de San Salvador, hoy Sala Nacional de Exposiciones “Salarrrué”, en el Parque Cuscatlán, pero a los dos días, la desmontan para exponer una muestra de Taiwán o algo así.

Nunca vendió un cuadro.

Al fin, mejor regresó a vivir a San Francisco, Estados Unidos. De nuevo.  Alejado. Con una rutina nada ordinaria,  toda su vida recluido, alejado de la vida social. Murió el 2 enero 2007. Amaba su signo Aries.

En casa de Françoise Devaud Beseme, carretera a cerro Verde, puedo apreciar algunas de sus pinturas y esculturas realizadas todas en el San Francisco, son los años sesentas. Sorprendentes todas. El paisaje rojo, el ojo de alguien, tras el árbol emerge entre el fango un ser, una salida victoriosa, entre el bambú.

La mujer azul de cabellos largos en la pequeña escultura, acostada, se retuerce, no se sabe si de placer, de dolor, de alegría. Un instante. Aída me acompaña cámara en mano.

Salgo al corredor. Acaricio a los chuchos. Observo el lago de Coatepeque  entre el silencio y el paisaje. El vino exquisito se acaba. Decido descansar y bajar por la vereda, entre izotes y llegar al árbol que es un abrazo, viendo desde la pendiente el lago, “los antojos” que se forman en una de sus orillas. Y yo, en medio desde lo alto, en ese centro energético ancestral, en el tercer ojo.

“Aparté mi vaso, de la taberna que la tabernera  quería volver a llenarme, y me levanté.  Ya no necesitaba mas vino. La huella de oro había relampagueado, me había hecho recordar lo eterno, a Mozart y las estrellas…

(De “El Lobo Estepario” Hermnn Hesse).

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