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Las ranas, el rey y la peste

LAS RANAS, EL REY Y LA PESTE

CLARABOYA -Alvaro Darío Lara-

Todos los adultos, alguna vez fueron niños, dice Saint-Exupéry, en su inolvidable poema en prosa, “El Principito”. Y casi todos estos adultos, que fueron niños, escucharon o leyeron, en alguna ocasión, los inmortales textos, conocidos como fábulas, cuya enseñanza moral, desde los tiempos de Esopo hasta el presente, refulgen de manera especial en los corazones y en las mentes de los devotos de la sabiduría y de su hermana, la prudencia.

Mediante finas y metafóricas alegorías, los fabulistas han ahondado en las grandezas y miserias del corazón humano, desnudando con gran precisión y belleza, los entresijos de los amados de Prometeo.

Una fábula maravillosa es aquella de Esopo, “Las Ranas pidiendo Rey”, memorable y siempre vigente: “Cansadas las ranas del propio desorden y anarquía en que vivían, mandaron una delegación a Zeus para que les enviara un rey. Zeus, atendiendo su petición, les envió un grueso leño a su charca. Espantadas las ranas por el ruido que hizo el leño al caer, se escondieron donde mejor pudieron. Por fin, viendo que el leño no se movía más, fueron saliendo a la superficie y dada la quietud que predominaba, empezaron a sentir tan grande desprecio por el nuevo rey, que brincaban sobre él y se le sentaban encima, burlándose sin descanso. Y así, sintiéndose humilladas por tener de monarca a un simple madero, volvieron donde Zeus, pidiéndole que les cambiara al rey, pues éste era demasiado tranquilo. Indignado Zeus, les mandó una activa serpiente de agua que, una a una, las atrapó y devoró a todas sin compasión”.

Y es que, en este caso, la medicina tan ansiada por el pueblo de las ranas, terminó en ser peor que la enfermedad, siguiendo los dichos populares.

Otra joya, es la extraída de la maravillosa tradición árabe, El rey y la peste, que literalmente reza: “Un rey árabe atravesaba el desierto cuando de pronto se encontró con la peste. El rey se extrañó de encontrarla en aquel lugar: – Detente, peste, ¿a dónde vas tan deprisa? – Voy a Bagdad- respondió entonces ella- Pienso llevarme unas cinco mil vidas con mi guadaña. Unos días después, el rey volvió a encontrarse en el desierto con la peste, que regresaba de la ciudad. El rey estaba muy enfadado, y dijo a la peste: – ¡Me mentiste! ¡Dijiste que te llevarías a cinco mil personas y murieron cincuenta mil! – Yo no te mentí- dijo entonces la peste– Yo sesgué cinco mil vidas… y fue el miedo quien mató al resto”.

Ya fue aleccionadora la primera fábula, en cuanto a los trágicos desmanes de la serpiente de marras con el ingenuo pueblo de las ranas; ya la segunda, graficó lo que el miedo es capaz de provocar, sobre todo, cuando, en ocasiones, se inocula, malvadamente, en los batracios súbditos.

Es tiempo, entonces, que, a lo largo y ancho de la República de las ranas, haya sensatez y raciocinio en esta nueva aventura. Ojalá que las ilusas ranas de esta sufrida charca, no vuelvan a incurrir en el grave error, de apurar, irresponsablemente, otra vez, la oscura copa de su propio exterminio ¡Ojalá!

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