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Las bibliotecas llenas de fantasmas

Mauricio Vallejo Márquez

coordinador

Suplemento Tres mil

Me encantan las bibliotecas. Desde pequeño me cautivaba ver todos los libros, pharmacy aunque no siempre leerlos. Me dedicaba a observar los innumerables tomos que a veces cedían con facilidad, find sobre todo las propias. Tuve la fortuna de tener dos a disposición, patient la primera en la casa de mi familia Vallejo donde las enciclopedias y las novelas eran su fundamento.  Tengo recuerdo de muchos de esos libros y quizá el amor por uno de ellos: David Copperfield de Charles Dickens. Ese libro me encantaba, me enseñó tanto. Creo que me sentía identificado, porque de alguna manera vivía una historia parecida. Ese libro lo releí hasta la saciedad y aún ahora lo recuerdo con muchísimo cariño. Las libreras que custodiaban esos libros eran de metal, altas tanto que para agarrar los libros de los estantes más altos debía de hacer malabares y equilibrio. En esa época ingenuamente creía que los libros más interesantes estaban colocados ahí, grave error.

En la casa de mi familia Márquez-Pineda era otra historia, ahí había de todo, todo. Bueno, tan pequeño me enfrasqué en viajes de teosofía y masonería. Tantos libros que no se encuentran con facilidad estaban a mi alcance, sobre todo cuando uno los considera prohibidos y eso sobraba: política y ocultismo. Además de la infinidad de libros de poesía, de cuentos, de tantos temas que aunque me hice la propuesta de leerlo todo, aún no lo he logrado, aunque de vez en cuando llego a tomar prestado alguno. Y claro, mi abuelita josefina sigue abonando su jardín de libros y cada vez hay más tomos, así como siempre aparece alguna sorpresa.

Quizá por esa razón las bibliotecas de los colegios y universidades donde estudié no me resultaban tan familiares, aunque sí fundamentales para seguir conociendo. En la UCA me pasaba mañanas enteras urgando en los pasillos para encontrarme con maravillas de Luis cArdoza y Aragón, Pedro Garfias, Jorge Adoum y César Vallejo. Libros que no encontraba con facilidad en otros lados, pero me quedé corto, sólo me dedique a esas zonas de la literatura y la filosofía. Espero que tenga oportunidad de volver a navegar por esos pasillos para llenarme de lecturas.

En la UTEC me encontré con la biblioteca de Menéndez Leal. A pesar de conocer a la viuda, Cecilia, no me había embarcado en la aventura hasta que el artista Gabriel Alvarado me dijo que debería ir, él lo hacía a diario. Así que mientras sacaba libros de Derecho también me fuí a escarbar literatura. Así me he pasado la vida, como un equilibrista.

Uno se hace de su propia biblioteca con el tiempo, en mi caso se aunaron los libros que fueron cediendo de mi papá, Mauricio Vallejo, un poeta mártir; y de Carlos Santos, el poeta de la Casa en Marcha, que ahora habita en Canadá. Y así los libros fueron llegando. Me encanta verlos, leerlos, releerlos. Mis libros son mis tesoros y visitar las bibliotecas sigue siendo una aventura maravillosa que espero no dejar de tener nunca, porque leer es vivir.

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