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La sombra incandescente de Isabel de los Ángeles Ruano

Lauri García Dueñas,

Escritora

Por las calles del centro histórico de Guatemala, una mujer de 73 años deambula vestida de hombre, vende dentífricos, lociones, lapiceros y poemas. Todos los días, dicen, se le puede ver entre la 11ª. calle y la 4ª. Avenida de la zona 1 para posteriormente tomar un autobús de la ruta 205, rumbo a la zona 21 y la colonia Justo Rufino Barrios donde vive. Isabel de los Ángeles Ruano nació un 3 de junio de 1945 en Chiquimula. En 2001, se le otorga el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”.

La poeta Carmen Lucía Alvarado Benítez afirma que Isabel “ha perdido los rastros de la razón” y que su obra culmen Torres y tatuajes (1988) “es una confirmación de principios poéticos, un manual de percepciones estéticas, un conjuro contra el silencio, una evidencia de lo impalpable”.

Alvarado Benítez sugiere, a los amantes de la figura de Isabel, una lectura de su obra, más allá del personaje. Los transeúntes de la capital y de las redes sociales guatemaltecas la llaman “un personaje extraño” y la poeta venezolana María Auxiliadora Álvarez asegura que Isabel es la poeta viva más importante de América Latina.

En 2012, gracias a la Asociación de Escritores de México A.C. se publican fragmentos de “Los muros perdidos” que forma parte de Torres y tatuajes en una plaquette denominada Poemas, que tuvo una distribución gratuita.  Y se puede descargar en: http://asociaciondeescritoresmex.org/mx/archive/2012/isabeldelosangelesruano.pdf

En octubre de 2017, un grupo de estudiantes y académicos centroamericanos y mexicanos le dedican el Coloquio de Cultura Centroamericana sobre historia, antropología, filosofía, literatura y ciencias sociales que se lleva a cabo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Así, su obra regresa al país donde vivió de 1954 a 1957, donde se reconoció su calidad literaria, conoció a León Felipe y publicó Cariátides en 1966.

“Eres un niño, un ángel, un poeta. Tienes un destino. Y has venido a decir algo”, apunta el poeta español en el prólogo de Cariátides.  Ella responde:

Ciudad: escondes un ángel

en tu quemante muralla de misterios. 

Vivaldi estremece en la penumbra 

y vibra en los últimos relojes del crepúsculo.  

Muchas muertes te acechan 

y tu palpitar se agita en las luces 

crepusculares

que se yerguen por sobre torres misteriosas. 

En sombras aisladas, tejíamos la aurora

con una silenciosa rueda mitológica. 

Y yo entretanto construía, entre espejismos y palabras

el nuevo engranaje de los sueños. 

(Poemas, México, 2012)

Isabel forma parte de una estirpe de poetas latinoamericanas en las que el trabajo con el lenguaje va de la mano con una profunda fuerza expresiva, encendida por una melancolía brutal y desgarradora o un sentimiento de “amor desoído”, término que acuña la poeta y académica salvadoreña Carmen González Huguet. Dentro de esta estirpe, podemos mencionar a las mexicanas Rosario Castellanos y Pita Amor, a la salvadoreña Lilian Serpas, a la costarricense Eunice Odio, a la hondureña Juana Pavón, a la argentina Alejandra Pizarnik y a la misma María Auxiliadora Álvarez.

En su casel caso de Isabel, y ese fue el motivo por el que se le otorgó el Premio Nacional,  existe una “insondable y heroica cohesión entre vida y obra”. Por ejemplo, cuando la poeta conjuga el verbo ‘mendigar’, lo lleva a su plano más literal.

Mendigaré

a través de las increíbles ciudades del otoño. 

Mendigaré, no importa

porque ahora que provengo de territorios olvidados

puedo decir con verdad a mis hermanos: 

me cortaron la lengua y me pusieron marcas al rojo vivo 

pero en nombre de ustedes yo sufrí en el silencio. 

Mendigaré en los parques la luz y los colores, 

mendigaré la risa de los niños

y el sobresalto y el júbilo de tu corazón. 

Y esta tarde en que el llanto entrecruza mi pecho

sólo puedo decirles en nombre de mis versos: 

mendigaré, mendigaré para dejar regada la canción 

y hacer que mis palabras sean 

un arcoíris de mi ser ante ustedes.

(Poemas, México, 2012)

Alvarado, nos explica: “Isabel de los Ángeles Ruano, ese niño, ese ángel, ese poeta que León Felipe descubriera hace casi medio siglo, ha construido un inmenso tratado de esas travesías hacia dentro de sí misma, que evidencia las búsquedas en las que se embarca y a través de las cuales baja a esos infiernos que, cual Dante, debe atravesar para emerger y escribir crónicas sobre abismos de los que ha retornado. Primero, es una exploradora de paisajes internos, luego, traduce, al lenguaje terrenal, los viscerales misterios que accidentan la topografía de su inconsciencia y, finalmente, hace, de esa traducción, el fragmento virgen de un material sustraído de la mente, fragmento que debe ser tallado, alterado y moldeado por el lenguaje: el poema”.

Su figura deambulando por las calles de Guatemala, seduciendo con su personaje a estudiantes de sociología y poetas, nos recuerda al Sócrates de Pierre Hadot en “El elogio de Sócrates”, un maestro que une su pensamiento con su vida y asume las consecuencias de esta unión indisoluble.

Su palabra y su imagen son una apología a la vida en una ciudad desvencijada: 

Me postré y oré ante las puertas de la ciudad 

y sus torres mudas y silenciosas. 

Recorrí aquel mare mágnum olvidado 

y atravesé sus calles y sus plazas frías y desoladas.

Procedía del campo y de ciudades sollozantes

y nunca me había extraviado:

pero ahora no había ninguna salida, 

la esperanza había muerto para siempre

con funerales ciegos y temerarios. 

Y mi oración sólo era

el último salmo de los humillados. 

(Poemas, México, 2012)

Dentro de la obra de esta maestra que abandonó la docencia para convertirse en una vendedora ambulante; se percibe un tono mesiánico, pero no lo señalo de manera peyorativa, sino que, en éste, hay un abrazo al devenir y a la renuncia de lo banal para entregarse a lo poético.

Este tono mesiánico y el tema citadino son recurrentes, aparecen en la antología de Mario Campaña “Casa de luciérnagas. Antología de poetas hispanoamericanas de hoy”, publicada por Bruguera en 2007:

Y ahora, amigos, abran las puertas de la ciudad, 

denme sus llaves, 

voy a dejar de ser la peregrina. 

Yo soy la que tañía sus versos en los parques 

ellos han ido retoñando como flores 

los han visto volar como palomas salvajes

y a veces truenan como campanas rebeldes. 

No digan que me he ido

que soy la desterrada

porque siempre he andado

rondando la ciudad. 

Esa mujer “vestida de marinero”, como la describe el escritor guatemalteco Julio Prado, abrazó la vocación poética sin retorno. Desde niña, reconoció su extrañeza, “la hiel del fugitivo”, la que todos hemos evadido más de alguna vez.

Fue en el poblado de mis padres

donde sentí la hiel del fugitivo. 

No olvidaré la burla 

que desató aquel sueño primerizo, 

aquel primer vagido. 

Así vino el transmigrar, 

el siempre estar yendo hacia cualquier lado, 

la continua movilización, 

el ir hacia el no ser

sin derecho al retorno. 

(Poemas, México, 2012)

Pero no solo subyace en su obra esa pulsión de fuga, o esa vocación poética llevada hasta sus últimas consecuencias, en su Torres y tatuajes, que es un libro conformado por once poemarios, también encontramos un delirante trabajo con el lenguaje, un tumulto de palabras que denota un oficio minucioso. Como cuando le escribe a Luis Cernuda:

Añoro las dispersas ansiedades que desgarraron

tu vibrar de avecilla desgajada al invierno,

tu displicente recorrido de espermas apagadas,

la aguja que rompía tu vibrante relámpago,

la cuchilla del sexo trepanando tus nervios, tu tibio abrazo dulce de ruiseñor tremendo,

las noches en que el mundo te crujía insepulto

tras una cordillera de plumajes azules,

la rosa que perdiste en las veredas náuticas, la emoción presentida, los caminos abiertos

a tus zapatos que hollaban las inciertas regiones

donde un ancla de bermellón ataja los placeres prohibidos

tras las puertas abiertas desbocadas al sueño.

(Casa de luciérnagas, España, 2007)

Isabel   de los Ángeles Ruano leyó en voz alta un poema frente a los periodistas de Prensa Libre cuando cumplió 70 años en 2015. Su voz y porte son suaves. El poema evita sospechar sobre el deterioro de su salud mental. La coherencia de su palabra poética está de pie e intacta.

Hay en su obra una especie de resignación después de haberse sumergido en las aguas de las aves negras del pensamiento y haber emergido de ellas. Renuncia también al “corazón tirano” que arrastra a tantos poetas.

Te burlaré, corazón, 

ya no serás un tirano, 

no serás más de barro.

Voy a fluir sobre tu encrucijada 

y negaré la sed humana. 

Más de alba en alba resucito

con el coraje del impotente dios

que vive en el silencio. 

Quise sujetar el devenir. 

¡Qué arrebato!

(Poemas, México, 2012)

La palabra de Isabel de los Ángeles Ruano ha vuelto a México, gracias a sus lectores y editores. Y, como la poeta guatemalteca Carmen Lucía Alvarado Benítez, creo que lo mejor que podemos hacer para honrar su vida-obra es sumergirnos en sus Torres y tatuajes. Y ceder a la sombra incandescente de su voz poética.

Lauri García Dueñas (San Salvador, 1980) Escritora salvadoreña residente en México desde 2006. Sus poemarios más recientes son “Átavica memoria: Virginia” y “Filigranas”. Maestra en Comunicación y Cultura por la UNAM becada por la Fundación Heinrich Böll.

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