«No puede nacer lo que no se siembra, no se puede cosechar lo que no se siembra. ¿Cómo vamos a cosechar amor en nuestra República, si sólo sembramos odio?» (Monseñor Óscar Arnulfo y Galdámez, homilía 10 de julio de 1977).
Por David Alfaro
24/03/2026
En 1977, Óscar Arnulfo Romero lanzó una frase que no era solo religiosa ni moral, sino profundamente política: no se puede cosechar lo que no se siembra. En aquel momento, El Salvador caminaba hacia un abismo marcado por la represión, la desigualdad y la violencia. Hoy, décadas después, esas palabras vuelven a resonar con fuerza.
Aplicarlas al presente no requiere forzar su sentido. Basta observar la dinámica del poder y del discurso público. Cuando desde el liderazgo político, encarnado en el inconstitucional presidente Nayib Bukele, se instala una narrativa constante de confrontación, donde la crítica es atacada, la oposición es deslegitimada y el disenso es tratado como enemistad, lo que se está sembrando no es debate democrático, sino antagonismo y odio.
Ese tipo de discurso no se queda en la superficie. Se reproduce, se amplifica y termina moldeando la conducta social. Las redes sociales, los espacios digitales y los voceros afines replican ese mismo tono: burla, agresión, señalamiento. Poco a poco, se normaliza la idea de que el otro no es un ciudadano con una opinión distinta, sino un adversario que debe ser silenciado o ridiculizado.
Ahí es donde la frase de Romero cobra su dimensión más cruda. Porque la siembra no es solo discursiva. Cuando se combina con prácticas de poder que, según distintas lecturas críticas, generan miedo, opacidad o control, el efecto se profundiza. La ciudadanía no solo escucha un mensaje de confrontación, sino que lo vive en su entorno. El resultado es una cultura donde hablar tiene costo, disentir tiene riesgo y cuestionar puede convertirse en un acto solitario.
La cosecha, entonces, es predecible. Una sociedad fragmentada, donde la desconfianza reemplaza al diálogo. Un espacio público deteriorado, donde la crítica se percibe como amenaza. Un clima donde el miedo y la hostilidad ocupan el lugar que debería tener la deliberación.
Romero no hablaba desde la ingenuidad. Sabía que los conflictos existen y que las tensiones son parte de la vida social. Pero también entendía que la forma en que se enfrentan esos conflictos define el tipo de país que se construye. No es lo mismo disputar desde el respeto que desde el odio. No es lo mismo gobernar desde la inclusión que desde la confrontación permanente.
Por eso su advertencia sigue vigente. Porque no es solo un juicio sobre un momento histórico, sino una ley profunda de la vida social: lo que se cultiva desde el poder termina reproduciéndose en la sociedad.
Y cuando lo que se cultiva es odio, la cosecha nunca, jamás será paz.
🎧 Enlace audio de homilía del 10 de julio de 1977:
📖 Enlace texto:
https://www.servicioskoinonia.org/romero/homilias/C/770710.htm
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