A Dylan Magaña, con afecto
Álvaro Darío Lara
El escritor e ingeniero José María Peralta Lagos (1873-1944) es uno de los escritores salvadoreños festivos, más destacados. Su doble formación: como militar e ingeniero, se realizó en importantes academias españolas. Ocupó diversos cargos públicos, entre ellos: Ministro de Guerra y Marina, durante la breve administración del doctor Manuel Enrique Araujo (1865-1913) y diplomático en España, durante el período de don Carlos Meléndez (1861-1919) y del doctor Pío Romero Bosque (1860-1935).
Como ingeniero, se distinguió por ser uno de los mayores impulsores de la utilización del cemento armado en la construcción. A él se deben puentes, planos de San Salvador, cañerías y otras obras de ingeniería, así como la edificación del Palacio Nacional y del Teatro Nacional de San Salvador, magnas obras realizadas en compañía de don José Emilio Alcaine (1866-1963).
Participó activamente en política, siendo candidato oficial a Vicepresidente de la República, en la fórmula presidencia conservadora del doctor Enrique Córdova (1881-1966), durante la contienda electoral de 1931. Dicha elección fue ganada por el ingeniero Arturo Araujo (1878-1967).
En el campo de la literatura, popularizó el seudónimo de T.P. MECHÍN, nombre de un sabroso pez de los ríos salvadoreños, tan agradable y fino al paladar, como la prosa humorística del recordado autor nacional.
En el lapso de diez años, entre 1923 y 1933, aquel hombre de gran vida pública dentro de los ámbitos salvadoreños, se tomó muy en serio su tiempo para dedicarse a organizar lo que había hecho desde su juventud: emborronar cientos de cuartillas, desechar las más, y conservar, celosamente, las menos. Así aparecieron: “Burla burlando” (artículos festivos, 1923); “Brochazos” (artículos festivos, 1925), “Doctor Gonorreitigorrea (crítica social, 1926), “Candidato” (comedia en tres actos, 1931), “La muerte de la Tórtola o Malandanzas de un corresponsal” (narración novelesca, 1933) y “Masferrer humorista” (1933), para citar el grueso de su producción.
A pesar de su condición social y económica privilegiada, Peralta Lagos, fue sensible a la realidad agraria del país, atravesada por la daga de la injusticia, la pobreza de las mayorías, el abuso hacia los más débiles y los atropellos electorales y ciudadanos. Si bien, políticamente, no pudo contribuir a encauzar las aguas nacionales a otras corrientes más humanas, sí encontró en la literatura (la crónica y la narrativa, sobre todo), la vía óptima para la necesaria catarsis, denuncia y redención, personal y social.
Es decir, José María Peralta Lagos (el hombre político fallido) buscó a través de T.P. MECHÍN (el escritor) “resolver” su conflicto hombre-país, hombre-mundo. Esto ocurrió, cuando hizo literatura, cuando encontró “el cómo diabólico y divino”, del misterioso lenguaje; cuando comenzó a publicar sus libros. En ese momento, venció a la tragedia personal e histórica de El Salvador. En ese momento, ganamos todos.
En un texto póstumo: “José María Peralta Lagos: Biografía, producciones, homenajes”, publicado por el Comité Pro-Homenaje a la Memoria del Ingeniero y General don José María Peralta Lagos (Tipografía La Unión, San Salvador, El Salvador, 1950), dentro de una maravilla de crónicas, hemos seleccionado una cortísima, bajo el apartado y título de: Anecdotario (pp.161-162).
Esta historia nos sitúa en el escenario físico del actual Palacio Nacional, durante su construcción. Dialogan frente a T.P. MECHÍN dos emblemáticos personajes: Mons. Antonio Adolfo Pérez y Aguilar (1839-1926), Arzobispo de San Salvador entre 1880 y 1926, y el doctor Rafael Reyes (1847-1908), “abogado, subsecretario de Estado, diplomático y periodista” (como refiere don Luis Gallegos Valdés, en su “Panorama de la literatura salvadoreña”, UCA-Editores, El Salvador, 1989, p.141).
Reyes era masón, iniciado en la Logia “Progreso N° 5” en 1872, y funcionario en gobiernos liberales que mantuvieron tensas relaciones con la Iglesia Católica (según afirma el investigador Roberto Armando Valdés Valle en su ensayo, apartado de su tesis doctoral, “Origen, miembros y primeras acciones de la masonería en El Salvador 1871-1872”, Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña”, http://rehmlac.com/main.html ). Y luego en su formidable libro “Masones y reformas liberales: El Salvador (1871-1886), Editorial Colibrí, El Salvador, 2024.

Interesante, como la pluma de T.P.MECHÍN, consigna para la historia del país, esta joya literaria, reveladora de profundo significado político e impregnada de una aguda e inteligente ironía.
Es un gran placer, rescatarla del polvo del olvido y compartirla, ahora, con ustedes, veamos:
ANECDOTARIO
El montaje de la armazón metálica del Palacio Nacional estaba terminado, y se había invitado al público a visitar el edificio. Uno de los primeros en acudir fue el Arzobispo de San Salvador, el ilustre Dr. D. Antonio Adolfo Pérez y Aguilar.
Lo recibí en la puerta para hacerle los honores y dar las explicaciones que tuviera a buen pedir. Me saludó con la cariñosa efusión que empleaba con todos sus antiguos discípulos.
A los primeros pasos nos encontramos con el Dr. D. Rafael Reyes, figura culminante del liberalismo y fracmasón de alto grado. Se saludaron con la mayor cordialidad, y continuamos todos juntos la visita.
Monseñor y el Dr. Reyes bromeaban con tiroteo de frases ingeniosas del mejor gusto. Interrogado por el Arzobispo acerca de si en los pilares de los corredores quedarían los hierros al descubierto o no, respondí que aquellas dobles Tees eran sólo el alma, pues los pilares serían de cemento…
Monseñor se volvió hacia el Dr. Reyes, y sonriendo maliciosamente, le dijo:
-Ya lo ve, mi querido amigo: hasta los pilares tienen alma…
– Pero de hierro, Monseñor –responde en el acto el Dr. Reyes, con aquella famosa sonrisa que le había valido el mote de “Doctor Risita”. Tomamos luego juntos una copa de vino generoso, y ellos se despidieron como los mejores amigos del mundo –y de otra época- porque apenas si van quedando hombres de su talla, talentosos, ilustrados, cultísimos y buenos. Sobre todo buenos.
San Salvador, Diciembre 6 de 1931.

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