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Esencializar las diferencias

Luis Armando González

Algo que me llama la atención –y que no deja de preocuparme—es la propensión que noto en algunas personas –colegas y no colegas del ámbito universitario— a hacer un énfasis excesivo en las particularidades que distinguen a un grupo social, una comunidad étnica o una nación de otros grupos, comunidades o naciones. Recalcan tanto esas particularidades –“diferencias” y “diversidad” son dos palabras que suelen salir de sus labios— que terminan por afirmar un abismo insalvable, a partir de los rasgos que se consideran propios y excluyentes, entre unos seres humanos y otros. Es decir, convierten las diferencias en absolutas y, por consiguiente, en dimensiones que imponen límites infranqueables entre quienes se identifican con determinados atributos (identitarios, religiosos, sexuales, étnicos) y quienes se identifican (o son identificados) a partir de otros.

Me preocupa, como digo, esa propensión, pero no había encontrado la manera adecuada de caracterizarla con la expresión precisa, hasta que he dado con ella en el libro de Paul Bloom La esencia del placer (Madrid, Ediciones B, 2010), que no trata, como se podría creer a partir de su título y portada, de temas eróticos, sino de la tendencia natural de los seres humanos por atribuir esencias a lo que nos rodea.

Atribuir esencias consiste, en lo fundamental, en pensar que detrás de los fenómenos u objetos que nos afectan (o con los que nos relacionamos) hay un “algo” que les da su propio carácter y los diferencia de (y opone a) otros objetos o fenómenos. Esencializar consiste, pues, en ese proceder mental mediante el cual se atribuye una “esencia” (algo oculto tras la superficie) que diferencia-opone a las cosas entre sí y que subyace a sus diferencias. ¿Y las personas? ¿Y los grupos sociales? También son “esencializados” y no sólo en el presente, sino desde tiempos remotos, pues la tendencia a esencializar –según lo apunta Bloom— ha sido moldeada por la selección natural en el Homo sapiens, es decir, en los seres humanos actuales y sus ancestros africanos de hace 250 mil años.

Esencializar supone unas enormes ventajas biológicas, pues quedarse sólo con lo que aparece a primera vista (que suele ser variable) no permitiría hacerse cargo de lo que subyace, de forma invariante, a lo diverso, es decir, a lo permanente de las cosas. Pero no todo es vantajoso en la naturaleza, y la propensión a esencializar puede llevar a convertir diferencias irrelevantes entre personas o sociedades en diferencias esenciales. Es necio decir que las diferencias no existen. De hecho, lo que nuestros sentidos perciben de manera inmediata, en la naturaleza y la sociedad, son singularidades, diferencias y variedad. Y hay diferencias que son más sustanciales que otras por estar vinculadas a la estructura de las cosas naturales, las personas o las sociedades.

Asimismo, hay diferencias que son secundarias, es decir, que no guardan relación con un patrón estructural; y cuando se las esencializa dan lugar oposiciones/exclusiones que no tienen mayor sostén en la realidad. El asunto se hace más problemático cuando a la esencialización se suman otras propensiones humanas: la de jararquizar las diferencias, la de asignar valores a esas jerarquías (superior e inferior, por ejemplo) y la categorizar los opuestos también a partir de valores. A partir de aquí las cosas (especies animales, personas, sociedades) no sólo tienen diferencias absolutas entre ellas, sino que unas son superiores a otras, a la vez que mejores y más buenas. Las consecuencias de este proceder tan humano, pero tan perverso, las han padecido, a lo largo de la historia, los extranjeros, los negros, las mujeres, los ancianos, los menores de edad y las personas con alguna discapacidad física o mental. También las han padecido y las padecen los animales no humanos.

La esencialización de las diferencias, en concreto en las personas y las sociedades, ha dado pie a violencias, exclusiones y abusos degradantes, como la esclavitud de poblaciones africanas. Como reacción a esos abusos –y como lo examina Steven Pinker en dos sendas obras (En defensa de la Ilustración (2018) y Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones (2012))— se generó la “revolución por los derechos” que se asentó en la premisa de la igualdad fundamental entre todos los seres humanos. El unversalismo se abrió paso de manera firme a partir del siglo XVIII y consolidó, como visión normativa de los derechos humanos, en el siglo XX.

Este universalismo está siendo desafiado por el resurgir, desde la década de los años 80 del siglo XX, de movimientos particularistas que, de nuevo –aunque con un tinte (pseudo) “progresista”— apuestan por una esencialización de las diferencias entre culturas, etnias, sociedades, naciones, hombres y mujeres. El peligro de esta esencialización contemporánea estriba en el énfasis que se hace en las diferencias –un énfasis cargado con una fuerte carga emotiva—, lo cual lleva a dejar de lado aquello que une, biológicamente (lo cual no es irrelevante), pero también cultural y socialmente, a los miembros de la especie Homo sapiens. Esencializar las diferencias entre las personas y las sociedades, cuando se lleva a extremos, no sólo las opone de manera absoluta, sino que impide la comunicación y la cooperación entre ellas.

Si aceptamos que somos esencialmente diferentes es difícil que aceptemos que tenemos algo en común, y en todo caso si acaso lo tenemos es irrelevante, porque no es esencial. El conocimiento científico (biología evolutiva, paleontología, psicología evolucionista, neurociencia, genética) no avala esta última conclusión: lo que tenemos en común los seres humanos que poblamos actualmente el planeta, con todo lo diferentes que somos en asuntos importantes, no es irrelevante, es decir, tiene dimensiones que bien pueden ser caracterizadas como esenciales… pero que también hay que cuidarse de no esencializar demasiado, pues ello ha conducido a oposiciones inaceptables, cargadas de valores discutibles, entre el  primate humano, sus familiares ya desaparecidos (las otras especies del género Homo), sus parientes evolutivos más cercanos vivos (los chimpancés) y el resto del reino animal. Ya es tiempo que aceptemos que no somos el centro de nada ni somos “superiores” en ningún sentido respecto de cualquier ser viviente.

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