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Ese inmenso y gratuito placer

Álvaro Darío Lara

Escritor y poeta

 

A juzgar por sus biógrafos, y por sus entrevistas escritas, amén de sus numerosos documentales, el gran escritor Jorge Luis Borges (1899-1986), fue también un gran conversador.

Escucharlo, verlo dialogar con los grandes de su tiempo, y con los periodistas – tanto con los lúcidos como con los mentecatos- es  una delicia incomparable.

Disfrutar de su voz antigua y joven, fascinantemente fresca, vital, ingeniosa, humorística, brillante, es un goce que no tiene precio.

Todo esto lo experimento, cuando leo con inmenso deleite, los tomos I y II, de esos diálogos que el escritor y periodista Osvaldo Ferrari, tuvo con Borges, y que publicó la Editorial Sudamericana hacia 1998.

En el prólogo que antecede al primer tomo, dice el erudito Borges: “Unos quinientos años antes de la era cristiana se dio en la Magna Grecia la mejor cosa que registra la historia universal: el descubrimiento del diálogo. La fe, la certidumbre, los dogmas, los anatemas, las plegarias, las prohibiciones, las órdenes, los tabúes, las tiranías, las guerras y las glorias abrumaban el orbe; algunos griegos contrajeron, nunca sabremos cómo, la singular costumbre de conversar. Dudaron, persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron. Acaso los ayudó su mitología, que era, como el Shinto, un conjunto de fábulas imprecisas y de cosmogonías variables. Esas dispersas conjeturas fueron la primera raíz de los que llamamos hoy, no sin pompa, la metafísica. Sin esos pocos griegos conversadores la cultura occidental es inconcebible”.

No recuerdo el día de Dios, que en casa no se hubiera conversado. Era el almuerzo, invariablemente, el espacio preferido de la familia. Ahí mis padres, mi hermano mayor y yo, intercambiábamos los afanes de la mañana. Ya que por esa época, religiosamente, salvo excepciones, comíamos juntos. Por supuesto, que el niño de ayer, tenía que pedir la palabra para emitir opiniones, ya que era cosa grave interrumpir a los adultos. Cuestiones que quizás eran buenas o malas, no lo sé, el caso es que nunca me acarrearon problemas de ningún tipo. Puesto que, mis ideas,  una vez expresadas, eran siempre escuchadas y tomadas en cuenta.

En esos mediodías,  la política y la economía doméstica eran los platos fuertes. El momento de los libros, de la literatura, de los fantasmas del pasado, llegaba por la noche, cuando leíamos y hablábamos de lo leído y vivido, preferentemente por mis padres y por el que ahora escribe estas líneas.

Pero no todo fue tan ritual y ceremonioso, el día a día, me hacía conversar libremente, sobre todo, con mi madre y con mi abuela; y en el colegio, con mis compañeros, amigos y maestros.

No hay duda, la conversación es un arte y una terapia. Un ejercicio, en la actualidad, más infrecuente, incluso, dentro de la propia familia. La prisa, la tensión, la inseguridad, -paradójicamente la misma tecnología- en ocasiones, nos aleja de conversar, de dialogar constructivamente, sobre lo profano y lo sagrado de nuestras vidas.

¡Recuperemos la conversación! Ya lo decía Óscar Wilde: “El beneficio de todo compañerismo, sea en el matrimonio, sea en la amistad, depende de la conversación”.

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