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El sepulturero

Santiago Vásquez

Escritor de Ahuachapán

 

La Mirta no paraba de llorar sentada en un viejo tabanco de madrecacao, medicine las gallinas mientras tanto, viagra carrereaban cacaraqueando por todo el patio, como espantadas por algún fantasma intruso.

Las diez campanadas de la mañana estaban por anunciar que el tiempo no se detiene, por más que pretendamos insinuar que lo podemos manejar a nuestro antojo, el tiempo, es así como un trocito de hielo, como un volcancito de espuma.

Los vecinos comenzaron a llegar a la casona de la finca y así, poder acompañar el sepelio de don Venancio Pérez, programado para las diez y treinta de la mañana.

Todos lamentaban la extraña muerte de aquel hombre robusto y bien talladito como lo describía la niña Sole, y en verdad, no era para menos, era un campesino muy querido y respetado por todos por su don de buena gente, aunque muchos comentaban que había tenido uno que otro desliz amoroso, situación que lo había llevado a ser padre de seis cipotes fuera del matrimonio, pero, ese motivo no hizo perder la amistad de su mujer hacia sus rivales, al contrario, siempre se llevaron bien, de tal manera que hoy, su amistad es más estrecha que antes, porque, en un lugar de mucha pobreza y miseria, lo mejor es llevarse bien con todos y ser solidarios.

Así era el pensamiento de aquellos empobrecidos pobladores, quienes se ganaban la vida en la finca con las tareas que iba exigiendo la temporada de trabajo durante todo el año.

Un palo de tapa cunes adornaba el patio de la casa, los cipotes se afanaban por recoger hasta la última chibolita para jugar por las tardes.

Con todo aquel ambiente, contagiado de tristeza, soledad y pesadumbre, los amigos más cercanos de don Venancio se apresuraron para cargarlo en hombros hasta el campo santo.

-Tachooo…Tené cuidado, no lo samanguiés mucho, no lo vayamos a sacar al revés, fíjate bien que salgan primero los pies, si no ya sabes lo que les espera a esta pobre familia.

-Es cierto vos.

¡Dios guarde!

Se lleva a todos.

¡Hasta nosotros vamos a cachar!

En medio de aquel llanto inconsolable de los dolientes, don Venancio Pérez fue cargado en hombros por cuatro fornidos campesinos, quienes bajo el ala del sombrero, esparcían su mirada por todo el camino.

La gente camina tras el difunto tratando de no quedarse muy atrás.

-Muy rápido lo llevan- refunfuñó una mujer, quien había perdido un ojo, cortando café en una de las fincas del lugar.

-Más despacio Clemente- le sugirió uno de los familiares.

Llegando a una vuelta muy pronunciada, cerquita de un pequeño riachuelo, los cuatro cargadores hicieron un alto para descansar un momento.

El traquido de aquel ataúd color café oscuro y con olor a recién pintado, cada vez se hacía más desesperante; los hombres sudaban ardorosamente, debido al fuerte calor.

Ni una tan sola sombra en el trayecto.

El viaje sin retorno para don Venancio continuó, sin tan siquiera poder volver la mirada hacia atrás.

¡Hay Dios mío!

¡Venancio, nos dejaste para siempre… y hoy…!

¿Qué le vamos hacer, sin tu presencia tatita e mialma?

Lamentaba su mujer entre suspiros fuertes y un tórrido derramar de llanto.

Al funeral había asistido una enorme cantidad de lugareños.

Al llegar cerca del cementerio, el ataúd pareció moverse repentinamente.

¡Heyyyy, qué pasa vos, se va moviendo esta babosada!

Aquellos sorprendidos cargadores lo bajaron cuidadosamente, abrieron la ventanilla para cerciorarse de que aquel extraño suceso, no era más que producto del dolor, los nervios y

el desvelo de la noche recién pasada, acto seguido, lo volvieron a cargar para seguir con el recorrido al campo santo de la ciudad.

A las puertas de aquel refugio de almas, dos inmensos árboles de copinol, extendían sus inmensas ramas como dándoles la bienvenida, los cipotes corrieron a recoger el fruto para pintarse de amarillo su silencio.

Al llegar a la tumba, un borracho que trastrabillaba sobre las cruces, se embrocó sobre el cajón, lamentando la despedida cruel del amigo de infancia.

Cuando ya lo habían colocado en el fondo de la sepultura,  uno de los sepultureros bajó para acomodarlo correctamente.

En ese momento, al interior de aquel féretro escuchó tres pujidos, como señales venidas del más allá.

Juuuuuugmm… juuuugmmmm… juuuuugm.

Como gacela espantada por la más intrépida oscuridad de la noche, Andrés, pegó un solo salto, sudando helado.

-¿Qué te pasa Andrés ohhhh?

-Acaba de pujar el maishtro.

-No jodas hombre, a vos el delirio del guaro te tiene jodido.

-No hombre, metete vos, a ver si es cierto que estoy inventando.

Pedro, el compañero de Andrés, viejo sepulturero de muchos años, se metió al fondo de la sepultura y logro escuchar a lo lejos, que rasguñaban lentamente como queriendo escapar de una terrible pesadilla.

-¡Santo Dios, Santo juerte, Santo inmortal!

¡Está vivo!

Gritaba el sepulturero.

En toda aquella confusión, hicieron el arresto de sacarlo nuevamente, pero al levantarlo, el lazo se rompió y aquel ataúd cayó con fuerza hasta el fondo, quebrándose en dos partes.

El difunto quedó inmóvil.

Todos lo veían.

Ya no se movía.

Son alucinaciones de ustedes carajo, echémosle tierra ya, no ven que ya es tarde y está muerto.

La tristeza volaba en las alas de los azacuanes que viajaban sin destino, surcando las alturas.

Mientras las mujeres se decían unas a otras:

Si ni siquiera se mueve.

Los sepultureros comenzaron a llenar de tierra hasta formar la tumba del difunto, las canillas les temblaban de pánico.

Se apresuraron a cubrirla y se fueron a sentar bajo  la sombra de un inmenso carao.

-Estaba vivo Andrés.

Estoy seguro que estaba vivo, yo logré escuchar su desesperación.

-Eso creyo yo- le contestaba pálidamente Pedro, con un espasmo de incredulidad.

Sus frentes sudaban ardorosamente, como golpeados por los más agudos y ardientes rayos del sol.

-Pedro, vos tenés fiegre.

Aquel hombre temblaba y se amaqueaba de un lado para otro.

Los dos, se abrazaron llenos de temor, recordando el episodio, donde en su delirio, parecía que don Venancio les hacía malicia, guiñándoles un ojo.

La tarde era un verdadero espanto, teñido de cosas extrañas y lejanas.

No podían dormir por las noches, viendo en el vacío, aquel guiño de ojo que les hacia el difunto.

La noche comenzó a deshojar pedacitos de luceros, mientras los cipotes encumbran su inocencia, arrullados en el pecho de las nanas.

A la Mirta, le hizo falta para siempre, la compañía de su tata.

Para siempre.

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