Por David Alfaro
15/11/2025
En Centroamérica, la cantidad de escuelas públicas por cada 100 mil habitantes permite medir cuánto apuesta cada gobierno por la educación. Y en esa comparación, El Salvador aparece hoy en el último lugar. Es decir, somos el país con menos centros educativos públicos disponibles para su población.
Esta situación no es casualidad. En los últimos años la dictadura de Nayib #Bukele ha cerrado escuelas completas, especialmente en zonas rurales, bajo el argumento de “modernización” y “reordenamiento”. Pero el resultado es claro: comunidades enteras se quedaron sin escuela cercana, y miles de niños deben recorrer distancias más largas o abandonar sus estudios.
A eso se suma que Bukele ha despedido a maestros, personal administrativo, técnicos y trabajadores del Ministerio de Educación, debilitando aún más la capacidad del sistema público. No hay manera de fortalecer la educación si se recorta al personal que sostiene el funcionamiento diario de los centros escolares.
El presupuesto también muestra la misma tendencia. Año con año, el Ejecutivo reduce los fondos destinados a Educación. Hay muy poca inversión en infraestructura, no hay mejoras salariales reales, no hay programas sólidos de formación docente ni una estrategia seria para elevar la calidad educativa.
Todo apunta a un patrón: una dictadura que no está interesada en educar a su población. Un país con menos escuelas, con menos maestros y con menos presupuesto es un país donde se profundiza la ignorancia. Y una población menos informada y con menos oportunidades siempre es más fácil de manipular y controlar.
Mientras los países centroamericanos amplían su infraestructura educativa, El Salvador retrocede. Y ese retroceso no es neutro: afecta directamente el futuro del país, limita la movilidad social y condena a generaciones enteras a quedarse atrás.
En un país que necesita educación para salir adelante, cerrar escuelas no es modernizar; es renunciar al futuro.
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