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El pueblo es el camino

Iosu Perales

En España la pandemia va descendiendo y nos permite mayor movilidad. Ahora bien, cerca de 28.000 muertos no es poca cosa. Afortunadamente, de donde yo soy y vivo, el País Vasco, tenemos un sistema público de salud muy fuerte. Como digo ya podemos disfrutar de espacios libres y seguros, y encontrarnos con otras personas, pero siempre con la mascarilla. Y siempre manteniendo la distancia física. Es un día de julio y como a las cuatro de la tarde me encuentro tomando un café en una terraza, disfrutando de un día soleado, cuando me ha venido a la mente El Salvador.

Mi mente siempre está ocupada, a veces en recuerdos que conducen a la actualidad. Concretamente he recordado cuando tomé contacto con el partido (FPL, entonces) allá por 1985. Son ya 35 años los que han transcurrido. Y me ha venido la pregunta ¿qué fue de aquel partido?, ¿es el mismo de hoy, ya integrado en el FMLN? Entiéndase que no hago una comparación. Naturalmente ahora tenemos más años, más experiencia, más obligaciones familiares, más conocimientos… Me lo pregunto sobre todo por el lado de la disposición, de la moral, del contacto con la gente, del modo de servir al pueblo.

Desde hace poco más de un año estamos atravesando el desierto, tratando de encontrar nuestro lugar para hacernos fuertes como alternativa. Y, ese desierto, con la pandemia, se ha vuelto más complicado si cabe, como si hubieran desaparecido los oasis y nuestra andadura fuera más dura. ¿Qué hacer? Es la gran pregunta.

Pero, me pregunto si para hacer este camino de recuperación de espacio hacia la victoria, ¿somos las personas, las y los militantes adecuados?, ¿y si nuestro tiempo ya ha pasado?, ¿personas acomodadas pueden hacer una revolución social?, ¿será que ese tren ya se fue?, ¿o no estamos acomodados y se trata de una falsa alarma?

Hay un hecho incuestionable del que ya advertí poco después de la firma de la paz, en un artículo publicado. Las posibilidades de desnaturalización de un partido de izquierda, alternativo, son muy altas cuando se trabaja en las instituciones. La capacidad de estas última de fagocitar las energías y voluntades revolucionarias son más que evidentes. Hay numerosos ejemplos en la historia y en el mundo. Además, la tenencia del Gobierno durante una década nos colocó en una tesitura de defender los marcos legales, los protocolos, y toda la suerte de procedimientos, normas, reglamentos, incluyendo la división de poderes y la democracia.

Lo hicimos porque era lo correcto. El ingreso en las instituciones y en el Gobierno era y será en el futuro lo correcto. Nada hay que objetar.

Pero sí es interesante conocer y sopesar las desventajas derivadas de nuestro compromiso democrático. No vamos a pasar, ahora, de ser poco menos que militantes antisistema, en la guerra, a defensores acríticos de nuestro trabajo en las instituciones. Todo tiene su punto de equilibrio. Pero, un poco de calma, la fagocitación que cito no es una denuncia, es tan sólo una constatación de lo que les ocurre a las izquierdas en casi todas partes del planeta.

Voy pues al punto gordiano de mis reflexiones de café. ¿Podíamos haber puesto contrapesos a esa tendencia a la desnaturalización?, ¿eran y son remediables comportamientos individuales y colectivos alejados de nuestra vocación revolucionaria?, ¿no será que, a lo largo de estos últimos 38 años, y en particular durante los años de gobierno 2009-2019, se ha ido formando un “nuevo grupo social” surgido del FMLN? No hablo de “nueva clase”, para no despertar una discusión bizantina, y lo dejo en “nuevo grupo social” y que cada quien redondee el calificativo. Lo cierto es que me he hecho estas preguntas y no conozco las respuestas.

Quiero insistir en que yo no afirmo que del FMLN haya surgido un grupo “aburguesado”, simplemente me pregunto si nos hemos separado de la gente más humilde. Se que la sola pregunta puede parecer dura, pero hay que hacerla.

¿Cómo saber si hay en el partido un “nuevo grupo social”, lo que alguien más atrevido que yo y quizás más imprudente llamaría “nueva clase”. Básicamente creo que la identificación de un nuevo grupo se da mediante un indicador: ¿Cuál es la relación con la gente, con la ciudadanía, con las bases sociales?, ¿es de acercamiento?, ¿es de alejamiento? Según escuché a bastantes hombres y mujeres del partido, así como a colegas extranjeros asentados en El Salvador, en las últimas elecciones municipales y en las generales, los malos resultados del partido lo fueron porque mucha gente del pueblo se ha vuelto desafecta del FMLN. Esperemos que sea solamente por ahora. Un mal pasajero.

Naturalmente otros indicadores fuertes se observan en los comportamientos grupales de defensa de situaciones privilegiadas. Pero no me atrevo a ir tan lejos. Desde luego, si hemos perdido peso político nacional en los movimientos populares, algún problema tenemos. Posiblemente nos ha faltado dar impulso a los movimientos sociales aun cuando hicieran reivindicaciones un tanto molestas para el Gobierno. En cambio, cada exlíder social convertido en burócrata es un paso atrás.

Si estuviéramos de acuerdo en que hemos perdido influencia o peso social ¿dónde encontrar la explicación? Creo que la campaña electoral fue buena. ¿Entonces, qué paso?

Viene el camarero a saludarme:

-Ayer nos robaron el partido -me dice.

-Sin lugar a dudas, fue una vergüenza -le respondo

-Así gana el Real Madrid -asegura mientras se da la vuelta.

Julián se va hacia otras mesas y yo me quedo pensando en por qué muchos votantes del FMLN le han dado la espalda al partido, al menos en las últimas contiendas electorales. Si acaso lo que ha ocurrido podría ser explicado desde otro error de las izquierdas cuando llegan al poder en cualquier país: haber levantado por encima de la gente un nuevo grupo que tiene intereses propios. Y no es que se trate de un fenómeno buscado, organizado, sino de algo que a menudo sucede. Un tipo de vida muy pegada a las instituciones y nuevas responsabilidades de gobierno producen este tipo de cosas. ¿Realmente, hemos levantado un grupo así, o es una preocupación mía que no tiene base real alguna? Ojalá mi inquietud no tenga un sustento.

En cualquier caso, con o sin “nuevo grupo social” el mejor antídoto a una deriva de este tipo es “volver al pueblo”. ¿Hemos pensado alguna vez que puede pensar el campesino de nuestra base social cuando nos ve llegar después de mucho tiempo, en un buen carro? Esto que cito es sólo una anécdota, todo lo más algo referido al mundo simbólico. No tengo nada contra tener un buen carro e ir de saco y corbata aun cuando yo he debido llevar traje como tres veces en mi vida. ¡Vaya, me salió un prejuicio!

Pienso en que Bukele nos ganó las elecciones porque tiró de la línea emocional, no de la racional. Reunió a todas las frustraciones, sentimientos y desesperanzas y críticas a la política, y activó una batería de emociones con grandes resultados. Es obvio que mucha gente lo estaba esperando y él supo hacer la conexión. ¿Por qué no lo hicimos nosotros antes que él? Y, ¿alguien cree que podremos contrarrestar esa influencia emocional con un programa, un mitin electoral, con las viejas palabras y los conceptos antiguos? A qué esperamos. Tal vez hagan falta caras nuevas y discursos diferentes.

La gente común y corriente abandona a un partido por variadas razones, pero quizás la más fuerte es por la corrupción. La última vez que estuve con Marta Harnecker me confesó que era un asunto de gran preocupación para ella y estaba trabajando en una propuesta para la izquierda de América Latina. Es un peliagudo tema, no siempre bien comprendido por la izquierda. Es muy sencillo, la derecha roba, la izquierda traiciona. El robo se perdona, la traición no. Que la derecha robe forma parte del estado natural del mundo, pero que la izquierda se meta en su bolsillo dinero público es una grave traición a las promesas que le hicieron creíble durante las campañas electorales. Es seguramente injusta esta doble vara de medir, pero al mismo tiempo explica muy bien lo que ocurre

Hoy hay un reflujo del movimiento popular, lo que venimos arrastrando desde hace ya un tiempo.  Este estancamiento hace más fácil que los aparatos políticos se despisten y no estemos a la altura de las necesidades de las masas.

Me asalta la pregunta de cómo será el FMLN después de la pandemia. La pregunta es la misma que me hago cuando pienso en la sociedad. ¿Servirá la pandemia para juntarnos más, para hacer más comunidad, conscientes de que de esta crisis saldremos colectivamente? O por el contrario ¿la nueva normalidad será la de sálvese quien pueda y el individualismo se consagrará como el modo de vida? Creo que la pandemia nos da la oportunidad de hacer más sociedad, de fortalecer la sanidad pública y los servicios sociales que procura el Estado. Como partido hemos de aprender que somos vulnerables y un virus puede echar por tierra todos lo sueños. No queda otra que unirnos, fortalecer la ayuda mutua, relativizar las diferencias y tendernos la mano. El pueblo nos espera. El pueblo es el camino. Y ¡ojo! decir pueblo es mucho más que decir votantes. Precisamente, cuando hemos reducido a la gente al estatuto de mero votante hemos comenzado a dar pasos atrás.

Me he tomado el café y acaban mis reflexiones. Me he prometido volver a casa enseguida para, en caliente, no olvidarlas y ponerlas por escrito. Hago muchas preguntas en este escrito. Yo no tengo las respuestas. Debe tenerlas el partido. Algunas son incómodas, pero hay que hacerlas. En todo caso no tengo como punto de partida prejuicios establecidos ni ideas preconcebidas. Voy como Sócrates preguntando con la esperanza de conocer mejor que nos está pasando. Habrá quien prefiera no hacernos ni tantas ni algunas preguntas. Pero el conflicto, si lo hay, no está en las preguntas, en todo caso estará en las respuestas.

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