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miércoles , 18 octubre 2017
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El pasajero fantasma del museo del ferrocarril (6)

René Martínez Pineda *

¡Puta! Un crimen en el vagón presidencial. Es la primera vez que pasa esto; ni siquiera cuando el tren estaba vivo y la dictadura militar nos tenía medio muertos pasó algo similar, thumb dijo, diagnosis el forense, visiblemente excitado. Y todo se va a poner color de hormiga, doctor. ¿Cómo así? Primero: porque se supone que este señor no debería estar aquí; segundo: porque se supone que ya estaba muerto antes de que lo mataran. El forense, poniéndose los lentes, examinó fugazmente el cadáver del pasajero fantasma, como si de antemano tuviera el dictamen final e inapelable de la autopsia. Uumm, opino que la muerte ocurrió hace unos minutos, hace unos días o hace unos años. No es fácil saberlo cuando los asesinados ya estaban muertos, cosas de la fantasmagoría cultural, les aclaró. Objetivamente creo que la muerte ocurrió entre las seis de la mañana de hoy y la una de la tarde de hace quince años o de hace veinticuatro. ¿Cuándo fue visto por última vez el pobre infeliz? Preguntó, al aire. Se sabe que estaba vivo a las cinco y treinta cuando abordó el vagón presidencial, contestó, el maquinista. Es cierto, dijo el forense, yo mismo lo vi, desde el andén, cuando lo abordaba así con un aire como de misterio. Qué casualidad que yo estuviese aquí a esa hora, de no ser porque el carro se recalentó y porque me dieron unas grandes ganas de fumar. Los policías se vieron uno al otro con un gesto de sospecha.

¿Eso es lo último que se sabe? Veamos, dijo, el forense, mientras hacía apuntes en una libreta: la ventanilla está abierta hasta el tope, por lo que deduzco que el asesino huyó por allí. Uumm, pero eso es un distractor, porque es muy difícil salir por una ventanilla sin parecer sospechoso de algo y además sería estúpido. Pero, si hubiera salido por allí, tendría que haber dejado marcados los zapatos en la butaca y además habría dejado huellas nítidas en el lodo, porque acaban de regar los contornos, desde el tren hasta el carro motor de inspección, y no hay ninguna huella. ¿Cómo se dieron cuenta del crimen? Preguntó, a cualquiera. ¡Don Lito! gritó, uno de los policías, como si de pronto hubiera olvidado que lo tenía a la par. El maquinista volvió la cara. Dígale al doctor lo que pasó, ordenó, el policía que parecía estar a cargo.

Hoy tenemos un acto especial en el museo y yo soy el encargado del buen estado de los vagones y me puse a revisarlos, dijo, el maquinista. En eso estaba cuando llegó Alice, la promotora cultural encargada del protocolo del evento, y me informó que tendríamos un pasajero especial, un pasajero fantasma, que lo apuntara en la bitácora, pero sin ponerle nombre ni cargo, dijo que le dijo, susurrando. Venía inusualmente vestida, con una blusa y falda desquiciadamente rojas –mismo tono bárbaro del baby doll- y, para rematar la ilusión, traía puestas unas medias negras, caladas de arriba abajo, que le daban una apariencia de femme fatale tan irreal como fuera de este mundo, porque su cara destilaba inocencia pura. Sin decir más, se retiró, dijo, el maquinista. Al llegar al vagón presidencial noté que alguien había estado en él. Pregunté desde el estribo y no hubo respuesta, continuó relatando. Luego, hará unos diez minutos, llegó Marcela Gibraltar, la Guía Cultural del museo para verificar que todo estuviese en su lugar en el bar del vagón presidencial y de que nadie se hubiera dado cuenta del pasajero fantasma, y entonces se topó con esta escena.

Entré, de puntillas, y el señor estaba así, en estas fachas: de rodillas, con la lengua de fuera y con el culo pelado… ¡qué espantoso y qué asqueroso! Dijo el maquinista que había exclamado Marcela, aplastándose el rostro con las manos. ¿La puerta del vagón estaba cerrada por dentro? preguntó, pensativo. Así es, doctor, ¿cómo lo supo? Podría ser un suicidio ¿no creen? Los policías se rieron de forma sarcástica y anotaron la insinuación. ¿Puede un suicida cortarse él mismo las dos manos y después ahorcarse, doctor? preguntaron. El forense frunció el ceño. Tienen razón, más bien parece un acto de odio extremo, pero el suicidio puede ejecutarse por odio a uno mismo y no hay que descartarlo nunca. Sin embargo es mucha saña y mucha coreografía, comentó. Debe ser una mujer; tiene que ser una mujer, intervino, Marcela, que recién llegaba de nuevo a la escena del crimen. No les quepa duda de que es una mujer, enfatizó. Solamente una mujer es capaz de asesinar de esa forma tan meticulosa, pausada, sutil y misteriosa. El forense hizo un enérgico gesto de duda o que quería que los demás vieran como de duda, como si tratara de que los policías no tomaran en cuenta esa afirmación sobre el sexo del homicida. Si se fijan bien, les dijo, la butaca frente a la que está arrodillado el cadáver no tiene su lugar original, fueron arrancados los pernos, con destreza de carpintero, y la movieron cuarenta y cinco grados al sur para que las piernas de quien la usa den hacia el pasillo, y se necesitarían dos hombres para ponerla en esa posición. Tendría que haber sido una mujer con cuatro brazos de hombre, dijo, el forense. No quiero parecer pedante hablando en términos criminológicos, ni crean que trato de confundirlos a ustedes que son un prodigio de investigación delictiva, pero puedo asegurarles que la mutilación de las manos fue realizada con dos golpes muy fuertes y quirúrgicos, tanto así que el hacha penetró el brazo de madera de la butaca. Según parece ha sido un crimen político o un suicidio ideológico y no un crimen pasional, comentó, el forense. El estrangulamiento fue posterior a la muerte, así como el que le hicieron a Feliciano Ama, en 1932. Tal parece que el asesino, por miedo, por odio o por venganza, quería cerciorarse de que el muerto estuviera muerto esta vez. O ese es, intervino Marcela, un código del motivo que es más bien una advertencia para otros. Fue una mujer y lo hizo sola, repitió. Las mujeres somos así, sacamos fuerza de flaqueza cuando estamos vengando a un ser querido, porque esto es una venganza, señores, una venganza. Lo dijo con tanta autoridad, y hasta nostalgia, que los policías sospecharon que estaba confesando. El forense, abriendo imperativamente los ojos, miró a Marcela, invocando su silencio.

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