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El día que San Salvador lloró

 

Marlon Chicas El Tecleño Memorioso

Este próximo domingo 10 de octubre, se cumplen treinta y cinco años que la ciudad capital fue sacudida por un potente terremoto de 7.5 grados Richter, con una intensidad de IX en escala de Mercalli, causando destrucción y muerte en sus habitantes, el colapso de edificios públicos y privados, iglesias, viviendas, centros educativos, entre otros, como el ocurrido en la Escuela Santa Catalina, en la que un grupo de estudiantes y su heroica maestra ofrendaron su vida, según registros que aún conservo en anotaciones como en la memoria, dicho seísmo, causó 5,600 fallecidos, 200.000 damnificados y 20,000 heridos.

Imposible olvidar tal acontecimiento, ya que para esa fecha realizaba junto a mis ex compañeros de clase del tercer año de bachillerato opción químico biológico, los exámenes finales en pos de graduarnos de tal especialidad, terminada la prueba que era observada por el licenciado Montenegro, dispuse despedirme de los docentes, acto seguido orientar mis pasos a mi zona de vivienda, al norte de la ciudad, en la que mi familia poseía una pequeña tienda.

Luego del saludo respectivo a mi madre, recibí su invitación para acompañarle al mercado a fin de abastecer con producto el negocio, por lo que, al momento de buscar cambiarme de ropa, exactamente cuando el reloj marcaba las 11:49 de la mañana, la tierra se estremeció con violencia, enviando por los aires todo lo que había en los estantes, fundiéndome en un abrazo con mi progenitora, hecho que se ha repetido siempre que han ocurrido terremotos, por si este fuere el último.

Al llegar de nuevo la calma, se escucharon sirenas por todos lados, presagiando lo peor, aunado a ello rostros compungidos así como las primeras imágenes de lo ocurrido en la ciudad capital, saturando los noticiarios, siendo la escena más conmovedora, la destrucción parcial del monumento al Divino Salvador del Mundo, cuyo rostro quedo de cara al cielo, como implorando misericordia y perdón para este pueblo, sin obviar la destrucción de históricos edificios como el Rubén Darío, Colón, Dueñas y Comercial entre muchos, en los que de niño disfrute de su terrazas y sus bellas vistas del centro histórico de San Salvador.

A Dios gracias Santa Tecla, no sufrió mayores daños, que no pudieran subsanarse en cuanto al patrimonio histórico, así como el agrietamiento en casa particulares, provocando que las familias por seguridad pernoctaran a campo abierto, mi familia no fue la excepción, otros regresaron a sus casas con cierta precaución, el frío de la madrugada calaba en los huesos y el rocío de la noche empapaba todo a su paso, para colmo de males una leve tormenta sobrevino sobre la población, ahuyentando a muchos, incluso a los que elaboraban fogatas para calentarse y jugar una partida de cartas, ahuyentando con ello al dios Morfeo.

Pasado los días del fenómeno natural, en compañía de amigos de juventud, decidimos aventurarnos a visitar la zona cero (lugar del impacto), constatando con nuestros propios ojos y con un dejo de nostalgia los memorables lugares que sirvieron de marco a nuestras primeras citas amorosas de adolescente, lo importante de este relato, es que al igual que ayer, hoy y siempre el espíritu aguerrido del salvadoreño, como el Ave Fénix, resurge de las cenizas.

De esta y muchas otras tragedias en nuestra historia reciente, el pueblo cuscatleco ha salido adelante, con la fe en Dios, con espíritu indómito, unidos en el dolor y solidarios en la esperanza por un mejor porvenir, sea este un merecido tributo a la memoria de los hombres, mujeres, ancianos y niños que ofrendaron su vida en tan fatídica fecha, requiescat in pace.

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