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EL CAMINO DE LA SABIDURÍA.

 

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA

 

 

  1. EL CAMINO DE LA SABIDURÍA.

 

Eduardo Badía Serra,

Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 

Sabios son los que no tienen prisa;

un sabio se conoce en que no tiene prisa,

y sólo puede no tener prisa el que ya llegó.

Matías Romero,

parodiando a Hugo Lindo en su libro

“Yo soy la memoria”.

 

Aquél que se cree sabio y no ha hecho otra cosa más que comenzar los caminos, es imprudente. Volvamos al cuento:

 

A la entrada del primer camino ya les esperaban, porque como todo estaba escrito en el libro de los destinos, se conocía de antemano y bien que llegarían, y cuando, y cómo. Así que al arribó del príncipe con su comitiva regia y llena de pomposidad, todo estaba dispuesto para recibirles y conducirles a través de esa ruta.

 

Una enorme alfombra mágica, con todos los colores del espectro, flotaba sobre el ambiente, y en ella, un viejecillo con aspecto de sabio, con una dulzura grave en su rostro, sonriendo maliciosamente, les saludó con toda la cortesía que merecía tan real presencia. Era este viejecillo, delgado, alto, escaso el cabello pero luenga la barba, que a decir verdad le llegaba hasta la cintura, y que él mesaba suavemente y con constancia. Les invitó a subir, y ya todos acomodados, el príncipe y su séquito, así como la preciada carga de calabazas, hizo una señal en el aire y la mágica alfombra comenzó a elevarse suavemente, oscilando de vez en cuando para mejor captar los aromas de las alturas, con lo que provocaba de alguna manera unas pequeñas agitaciones entre todos los pasajeros.

 

Ya entablado el vuelo plenamente, el viejo y noble anciano mesó de nuevo su larga barba, sorbió aire puro entre las comisuras de sus labios, y habló de la siguiente manera:

 

  • Noble y agradable príncipe, – su aliento era suave y musical –, sé que vivirás muchos años, por lo que en tan larga vida necesitarás de muchas cualidades que, de otra forma, si te faltaran, aligerarían tu estancia sobre tu reino. Por lo que dicta el manuscrito oculto entre las nubes, que sólo pocos conocemos, lo primero que debes adquirir son algunas virtudes que te serán muy necesarias. Y para ello, debes armarte, sobre todo, de prudencia y paciencia, haciendo oídos sordos a ligeros consejos y a malsanos intereses.

 

El príncipe escuchaba atentamente, extrañado de ver que existían mundos misteriosos y ocultos que él no había podido imaginar ni en sus reales sueños, pues se creía omnipotente y omnivalente.

 

  • Hubo hace muchos años un reino especial y único en donde reinó un monarca que estaba lleno de todas las virtudes, pero particularmente de una, que es la que yo poseo porque él me la trasladó mágicamente a través de los tiempos y de los espacios ignotos. Esas virtudes todas están depositadas ahora en un reino al que sólo se accede venciendo muchos obstáculos y abriendo muchas puertas. Pero a mí sólo me compete trasladarte una, lo cual haré con mucho agrado y espero que la recibas y la guardes para toda la vida.

 

El príncipe abrió sus ojos y dejó por un momento los manjares que tenía entre sus manos. Miró al viejecillo con un poco de ansiedad y estupor, indicándole con el ceño de su rostro que continuara, pues ansioso estaba de escuchar, aunque su soberbia sabía cegarlo a menudo.

 

  • Fíjate que en un viejo mundo, ahora lastimosamente casi olvidado, habitaba un espíritu mágico que sabía aparecerse a los buenos para ofrecerles lo que pidieran.

 

  • Pídeme lo que quieras y te será dado – sabía ese espíritu decirles, y a seguido, cumplía con el ofrecimiento porque ya de antemano sabía que caería en buenas manos.

 

Y continuó el viejo:

  • Un día, ese espíritu visitó al monarca de quien te hablo, y le hizo el ofrecimiento. Pídeme lo que quieras y te será dado – le dijo. Y el monarca aquél, que ya tenía en realidad aquellos dones que ahora le ofrecían, le dijo, sin embargo:

 

  • Buen señor, espíritu del bien que habitas, dame la sabiduría, que todo siempre debe comenzar por allí.

El espíritu, que sabía de antemano lo que sucedería, le concedió al rey aquél deseo, aconsejándole que supiera utilizarlo con mucha prudencia.

  • Es naturaleza de los jóvenes no ser pacientes, pero ello no va con la sabiduría. Luego, úsala con paciencia y sin abusar de ella y te será útil. Buen soberano, – prosiguió – serás sabio, como lo deseas, pero te aconsejo que utilices ese don, esa virtud, como ya te lo he indicado, y no como la inteligencia, con quien saben confundirla, que es una simple facultad; debes ser prudente cuando la uses, no suceda lo que a muchos, que se han enloquecido y ensorberbecido con él y lo han utilizado más para mal que para bien, terminando en demencia al fin de sus días.

El príncipe comprendió lo que estaba sucediendo, porque ya tenía la facultad de que habló el viejecillo, que es la inteligencia, con lo cual pudo advertir el sentido del consejo.

  • Así que, como en los labios del prudente, hay sabiduría, refrena la lengua siempre porque el hacerlo es cosa de sabios.

El príncipe comprendió que lo que había dicho el viejo no era un cuento sino más bien estaba trasladándole de esa manera el don que él había recibido del rey aquél del otro cuento. Así que, el regio príncipe fue sabio hasta el final de sus días, con la condición, ignorada hasta este momento, de que la sabiduría la ejerciera plenamente hasta que hubiera superado los ocho caminos y abierto las doce puertas, con lo cual quedaría convertido en un elemental.

El tiempo había transcurrido sin sentirse, más bien rápidamente. El viento aligeró su paso, permitiendo a la mágica alfombra descender lentamente y con suavidad hasta la tierra firme; y allí depositados, el viejo le indicó con inusual dulzura, propia de los ambientes de lo etéreo y de lo ideal:

  • Pasa, príncipe real. Ahí tienes el siguiente camino. Ya ese no me corresponde.

Bajó el príncipe con su comitiva, y el viejo aquel, en un instante cuántico, desapareció en el espacio.

 

Continuará con el próximo cuentecillo:

  1. El camino de la prudencia

 

 

 

 

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