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El Calabozo, 44 años después: una generación que se niega a olvidar

Concepción Burgos|Colaborador

Hay un momento en la historia de los pueblos en que la memoria enfrenta una carrera contra el tiempo. Los protagonistas envejecen, los sobrevivientes van desapareciendo y las nuevas generaciones quedan frente a una responsabilidad decisiva: permitir que los testimonios mueran con quienes vivieron los acontecimientos o recogerlos para transmitirlos a quienes vendrán después.

A 44 años de la Masacre de El Calabozo, esa responsabilidad comienza a ser asumida por jóvenes de las comunidades del norte de San Vicente. Durante la conmemoración realizada el 21 de agosto en Amatitán Abajo, San Esteban Catarina, el Colectivo Juvenil Solidaridad, Lucha y Resistencia (SLR), junto a las comunidades de la zona, convirtió nuevamente el recuerdo de las víctimas en un encuentro entre generaciones.

Pero esta vez hubo algo particularmente importante: meses de trabajo de jóvenes de las propias comunidades culminaron con la presentación de un documental construido con recursos propios y basado fundamentalmente en los testimonios de sobrevivientes. No se trató solamente de recordar. Se trató de salvar una memoria antes de que sea demasiado tarde.

El Calabozo: una historia que sigue esperando justicia

El 22 de agosto de 1982, en medio del conflicto armado salvadoreño, centenares de habitantes de comunidades del norte de San Vicente huían de una operación militar desarrollada en la zona. Familias campesinas enteras se desplazaban entre cerros, quebradas y caminos buscando escapar del operativo. Una parte de aquella población llegó hasta las inmediaciones del río Amatitán, en un lugar conocido como El Calabozo. Allí ocurrió una de las mayores masacres de civiles del conflicto armado salvadoreño.

La Comisión de la Verdad de Naciones Unidas documentó posteriormente la existencia de pruebas suficientes de que efectivos del Batallón Atlacatl asesinaron deliberadamente a más de 200 civiles —hombres, mujeres y niños— que habían sido detenidos sin ofrecer resistencia. Los testimonios preservados durante décadas por sobrevivientes y familiares permiten dimensionar una tragedia que las cifras por sí solas nunca podrán explicar completamente.

Para las comunidades afectadas, la masacre significó familias prácticamente exterminadas, pérdida de viviendas, desplazamiento y años de persecución y desarraigo.

Los testimonios recuperados por los jóvenes para el documental presentado durante este 44.º aniversario hablan incluso de familias que perdieron a más de 250 personas, pero la historia que reconstruyen no termina en el momento de la masacre. También cuenta lo que ocurrió después.

Huir, sobrevivir y regresar

Uno de los aportes importantes del documental elaborado por los jóvenes es precisamente ampliar la mirada. El Calabozo no puede comprenderse únicamente como lo sucedido durante unas horas de agosto de 1982. La historia de las víctimas y sobrevivientes incluye también lo que tuvieron que hacer para mantenerse con vida.

Durante el conflicto armado, numerosas familias tuvieron que abandonar sus comunidades. Dejaron casas, cultivos, animales, pertenencias y lugares donde habían construido buena parte de sus vidas. Algunas familias quedaron fragmentadas. Otras cargaron durante años con la ausencia de quienes habían sido asesinados.

Sin embargo, terminada la guerra y después de los Acuerdos de Paz de 1992, muchas regresaron. Regresaron a territorios golpeados por años de guerra y comenzaron nuevamente. Reconstruyeron viviendas. Volvieron a trabajar la tierra. Rehicieron comunidades. Organizaron nuevamente la vida colectiva.

Esa dimensión de la historia resulta fundamental porque permite comprender que la memoria de El Calabozo no es solamente una memoria de muerte. Es también una historia de sobrevivencia, retorno, reconstrucción comunitaria y resistencia.

Las comunidades que fueron golpeadas por la violencia consiguieron reconstruirse y, además, conservaron durante décadas la memoria de quienes ya no pudieron regresar.

Una vigilia diferente

Este año, la conmemoración buscó también nuevas maneras de acercar esa historia a las generaciones actuales. La jornada incorporó diferentes expresiones artísticas y culturales, buscando hacer de la memoria una experiencia comunitaria capaz de convocar también a jóvenes, niñas, niños y familias.

Hubo presentaciones de malabares con fuego, música popular y diferentes momentos simbólicos. El reconocido grupo Santa Marta participó musicalmente en la jornada, llevando al encuentro una tradición de música popular estrechamente relacionada con las luchas y experiencias de las comunidades salvadoreñas.

Uno de los momentos simbólicos fue la elevación comunitaria de globos en honor a los mártires, como expresión de recuerdo hacia quienes perdieron la vida. Estas actividades muestran también una manera diferente de trabajar la memoria histórica.

Recordar no tiene necesariamente que limitarse a un discurso, una placa o una ceremonia solemne. La música, el cine, el arte y las expresiones culturales pueden convertirse en herramientas para acercar el pasado a generaciones que no lo vivieron.

Pero entre todas las actividades realizadas durante la conmemoración hubo una que adquirió un significado especial.  Un documental hecho desde las comunidades

Durante meses, jóvenes vinculados a Solidaridad, Lucha y Resistencia trabajaron en la construcción de un documental sobre la historia de las comunidades y la Masacre de El Calabozo.

Lo hicieron desde sus propias capacidades y limitaciones y con recursos propios.

Ese dato podría parecer secundario, pero posiblemente sea uno de los aspectos más importantes de la experiencia. No fue una gran productora audiovisual ni una institución con abundantes recursos la que decidió registrar estas historias.

Fueron jóvenes de las propias comunidades. Buscaron a sobrevivientes. Escucharon sus recuerdos. Registraron sus testimonios. Reconstruyeron las historias familiares. Y comenzaron a convertir una memoria transmitida durante décadas de manera oral en un documento audiovisual que podrá permanecer cuando quienes aparecen frente a la cámara ya no estén.

El documental recoge cómo vivieron las comunidades el conflicto armado, la pérdida de centenares de familiares en El Calabozo, el desplazamiento forzado, el abandono de sus lugares de origen y posteriormente el difícil retorno para reconstruir sus comunidades después de los Acuerdos de Paz.

Su presentación oficial durante la conmemoración fue, por ello, mucho más que el estreno de una producción audiovisual. Fue un acto de preservación histórica.

Una carrera contra el tiempo

Quizá la reflexión más profunda surgida del trabajo realizado por estos jóvenes sea también la más dolorosa. Quedan pocos sobrevivientes capaces de contar El Calabozo en primera persona. Han pasado 44 años. Muchos de quienes sobrevivieron siendo adultos ya fallecieron. Otros eran niños o adolescentes cuando ocurrió la masacre y hoy son personas mayores.

Cada año que pasa disminuye el número de voces capaces de comenzar un relato diciendo: “Yo estuve allí”. Por eso registrar sus testimonios se ha convertido en una tarea urgente. Desde el propio colectivo juvenil lo expresan con claridad: estas pueden ser “las últimas oportunidades que como juventudes, jóvenes o personas de las comunidades tenemos para inmortalizar el testimonio”, porque la gran mayoría de los sobrevivientes de la masacre ya ha fallecido.

Esa afirmación cambia profundamente el significado del documental. Ya no estamos solamente ante una producción realizada para una conmemoración. Estamos ante una generación intentando construir un archivo de la memoria de su propio pueblo.

Cada entrevista que queda grabada puede convertirse mañana en una fuente para estudiantes, investigadores, familiares y nuevas generaciones que quieran comprender lo sucedido.

Cuando la memoria cambia de generación

Durante décadas, la memoria de El Calabozo descansó principalmente sobre los hombros de sobrevivientes y familiares, ellos contaron, regresaron cada agosto, señalaron los lugares, conservaron los nombres, explicaron a sus hijos y nietos quién faltaba en las fotografías familiares y por qué.

Pero inevitablemente llega el momento del relevo. Los jóvenes que hoy organizan actividades culturales, manejan una cámara, entrevistan a un sobreviviente o proyectan un documental no vivieron la masacre. Y precisamente allí reside la importancia histórica de lo que están haciendo.

Porque una memoria que solamente pertenece a quienes vivieron un acontecimiento corre el riesgo de desaparecer junto con ellos. Una memoria que pasa a sus hijos, nietos y comunidades se convierte en memoria histórica colectiva.

La herencia de los mártires

Hablar de los mártires de El Calabozo 44 años después obliga también a preguntarse cuál es la herencia que reciben las nuevas generaciones. Esa herencia está en las víctimas, pero también en quienes sobrevivieron. Está en las familias que regresaron. En quienes reconstruyeron sus casas. En quienes volvieron a sembrar. En quienes reorganizaron sus comunidades.

Y en quienes durante cuatro décadas se negaron a permitir que los nombres de sus muertos desaparecieran. Hay allí una historia de dolor, pero también una extraordinaria historia de resistencia comunitaria.

La juventud del norte de San Vicente recibe ahora esa herencia. Y recuperarla no significa repetir mecánicamente las luchas de generaciones anteriores. Significa comprenderlas, aprender de ellas y encontrar nuevas herramientas para mantener vivos sus valores de solidaridad, organización y dignidad.

Prohibido olvidar

Al finalizar aquella jornada quedaron las imágenes de los jóvenes, las familias, la música, el fuego de los malabaristas, los globos elevados en memoria de los mártires y, sobre todo, las voces de quienes todavía pueden contar lo sucedido. Dentro de algunos años, probablemente varias de esas voces solamente podrán escucharse a través de una grabación. Por eso el documental realizado por jóvenes de Solidaridad, Lucha y Resistencia adquiere un significado que quizá trascienda incluso lo que sus propios realizadores imaginaron cuando comenzaron a trabajar meses atrás. Están construyendo un puente.

De un lado se encuentran quienes vivieron la guerra, sobrevivieron a la masacre, huyeron de sus comunidades y posteriormente regresaron para reconstruirlas. Del otro están jóvenes que nacieron muchos años después y las generaciones que todavía no han nacido. Entre ambos queda la memoria.

A 44 años de la Masacre de El Calabozo, quizás esa sea una de las mayores victorias de aquellas comunidades: que después de la violencia, el desplazamiento, décadas de impunidad y la muerte de tantos sobrevivientes, una nueva generación haya decidido tomar en sus manos la tarea de conservar su historia.

Porque mientras exista alguien dispuesto a escuchar un testimonio, registrar un nombre, contar lo sucedido y transmitirlo a quienes vienen detrás, los mártires de El Calabozo no serán solamente parte del pasado.

Seguirán viviendo en la memoria y en las luchas de su pueblo.

El Calabozo: memoria, verdad y justicia.

¡Prohibido olvidar!

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