CLARABOYA
Álvaro Darío Lara
Memorables, aleccionadoras, son las fábulas de la antigüedad clásica, al igual que aquellas legadas por el siglo de las luces, siempre tan llenas de preocupación, moral, ética, por los vicios y desvaríos del individuo y de la república. Siempre tan oportunas para motivar también las virtudes que nos debieran coronar a muchos.
Y es Esopo, sin duda, el gran padre de este género tan popular y querido. Y de él, del glorioso jorobado, este texto, que nos cae, justo, en estos tiempos convulsos. Se titula Bóreas y Helios: “Bóreas y Helios disputaban sobre su fuerza. Resolvieron conceder la victoria a aquel de ellos que lograra despojar de su ropa a un caminante. Y Bóreas comenzó a soplar fuerte, pero, como el hombre se sujetaba la ropa, arreció más. Y el caminante, aún más agobiado por el frío, incluso se puso encima una prenda más gruesa, hasta que Bóreas, cansado, se lo pasó a Helios. Y este en primer lugar brilló moderadamente; cuando el hombre se quitó el más grueso de los mantos, despidió un calor más ardiente, hasta que el hombre, no pudiéndolo soportar, se desnudó y fue a bañarse a un río que fluía cerca”.
Sencilla y lapidaria moraleja: “es más fácil convencer que obligar”. Una verdad muy sabia, y muy práctica, además.
En la segunda década del siglo XVI europeo, difícil era la situación para Lorenzo II de Médici (1492-1519), en el poder de la bella Florencia, cuando el genial Maquiavelo (1469-1527), su devoto súbdito, le dedicó, obsequioso, una preciosa obra, “El Príncipe”, destinada a iluminar al joven e infructuoso gobernante.
Un texto breve, escrito para leerse sin dificultad, sabedor Maquiavelo de las condiciones de su destinatario, pero rico, profundo en sabiduría, conocimiento, doctrina y abundantísimos e ilustradores ejemplos.
Y una dedicatoria, que bien vale la pena recordarla en estos días aciagos, donde la sensatez y la prudencia deberían anteponerse a la irracional violencia e intolerancia del acá y del allá.
Veamos un fragmento del texto citado: “Y aunque considero que esta obra es indigna de seros presentada, confío no obstante en que por Vuestra benevolencia la aceptaréis, dado que no podría haceros mejor regalo que el de ofreceros la posibilidad de aprender, en poquísimo tiempo, lo que a mí me ha costado tantos años y tantas dificultades y peligros llegar a conocer. Y no he querido adornar ni enriquecer esta obra con frases extensas o con palabras pomposas y grandilocuentes, ni con ninguno de los artificios o adornos externos con los que muchos otros suelen describir o embellecer lo que escriben1, porque he querido o que ninguna cosa la honre, o que sólo la variedad y la gravedad de la materia la hagan grata. Tampoco quiero que se considere una presunción el hecho de que un hombre de baja, es más, de ínfima condición se atreva a discurrir y a opinar sobre el gobierno de los príncipes, porque, así como los que dibujan mapas se sitúan en la llanura para estudiar la naturaleza de las montañas y de los lugares elevados, y suben a los montes para estudiar las llanuras, para conocer bien la naturaleza de los pueblos hay que ser un príncipe, y para conocer la de los príncipes hay que ser del pueblo”.
Hace ya muchos años, un joven político, Héctor Oquelí Colindres (1944-1990), nos preguntó a un grupo de muchachos social-demócratas, entusiastas por la consecución de un país distinto, ¿qué era la política? Algunos nos atrevimos a responder dando definiciones de manuales académicos.
Héctor sonrió y nos dijo: “La política es el arte de las posibilidades”, repitiendo la famosa frase popularizada por el canciller alemán Otto von Bismarck, y cuyo origen, posiblemente, se pierde en la noche de los tiempos.
Aunque quizás pragmática, fría, la definición se quedó para siempre en mi pensamiento, y me ha socorrido a lo largo de la vida, al enfrentar situaciones complejas en lo laboral, personal o nacional.
No hay duda que “el hacer política” teniendo siempre presente el horizonte utópico no es fácil, pero constituye un imperativo ético al que no podemos renunciar.
Alta política, fruto de la práctica democrática, racional, civilizada, que antepone siempre un código de respeto, moderación y permanente escucha y análisis se hace indispensable en el mundo actual, lamentablemente en llamas.
Que la violencia, la venganza, la ambición desmesurada y la ignara falta de razón, campee, y triunfe, aparentemente, en este tramo de la historia, no significa que sea el camino correcto, mucho menos, el eterno.
Hay que continuar trabajando por construir mayores posibilidades para la paz, la libertad, la justicia y la fraternidad desde el ámbito que nos corresponde.
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