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Crónica en una ciudad que está perdiendo el color

Perla Rivera Núñez

Poeta hondureña

El día amaneció radiante. Salí a las siete de la mañana de casa, después de un ligero desayuno llegué al sitio acordado hacía dos días en un centro comercial. Me tocó esperar. Sería mi guía ese día;  Wilo Hawking, un amigo artista del grafiti. Después de organizar el itinerario del recorrido, salimos hacia el centro de Tegucigalpa, ciudad fundada entre montañas el año de 1578. Única en su especie por lo desordenado de su urbanización, nos aguarda, partida en dos por el río Choluteca que parece una serpiente ensortijada que dormita y desaparece.

Llegamos al puente que va hacia la colonia Palmira. Estacionamos el vehículo y cámara en mano nos dispusimos a hacer el recorrido a pie. Cuando descendíamos por la empinada calle se observaba el hermoso panorama de los grafitis que todavía sobreviven en los muros de esa parte de la ciudad. Imponentes, generosos, agregaban colorido a una ciudad víctima en pleno siglo XXI de la ignorancia de sus gobernantes.

Sorteando algunos autos nos ubicamos bajo el puente y comenzamos a observar y capturar aquel espectáculo visual. Imágenes que brillaban, era una lluvia colorida, arte viviente, espacios que el pueblo hace suyos para permitirse gritar; enojo, impotencia e inconformidad.

Somos un pueblo que cree en el color. Esas obras de arte de las que hablamos, están siendo eliminadas por nuestro alcalde Tito Asfura, borrados abrupta y torpemente, así como dice en una de estas paredes heridas: “Si así como borran el arte borrarán la corrupción”.

Ahora muchas de las paredes que eran una galería al aire libre para deleite de las mayorías, están vestidas del gris concreto que parece ser el único color que conocen nuestras autoridades municipales.

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