Señor Gustavo Petro
Presidente de la República de Colombia
Señor Presidente:
Le escribo con respeto, pero también con profunda preocupación por la manera en que, de forma reiterada, usted termina involucrándose en confrontaciones públicas con Nayib Bukele, un dictador que ha demostrado una notable habilidad para convertir la polémica en herramienta de distracción política.
En el contexto actual, esta dinámica resulta especialmente delicada. En Estados Unidos se desarrolla un proceso judicial contra miembros de pandillas salvadoreñas capturados por el FBI, todos ellos liberados en circunstancias irregulares por el mismo Bukele. En ese marco, han surgido señalamientos graves sobre pactos entre Bukele y estructuras criminales, lo que ha generado atención mediática y cuestionamientos en la opinión pública estadounidense e internacional.
Frente a este escenario, las constantes provocaciones desde la dictadura salvadoreña no pueden leerse como hechos aislados. Más bien, forman parte de una estrategia de desvío: desplazar el foco de la discusión hacia enfrentamientos personales y polémicas en redes, alejando la atención de asuntos que comprometen seriamente la credibilidad institucional.
Es precisamente ahí donde su papel, señor Presidente, cobra una relevancia mayor. Usted no es un actor más en esa dinámica. Representa a un Estado, a una tradición política y a una responsabilidad histórica que exige altura, prudencia y visión estratégica. Cada respuesta impulsiva, cada intercambio directo, termina reforzando el terreno que Bukele busca imponer: distracción.
La región atraviesa un momento complejo, donde el debate público se ve cada vez más condicionado por la lógica del espectáculo, la provocación y la simplificación. En ese contexto, se vuelve indispensable que quienes ejercen liderazgo político actúen como estadistas: priorizando el fondo sobre la forma, la responsabilidad sobre la reacción, y la política sobre la provocación.
No se trata de guardar silencio ante situaciones cuestionables, sino de elegir con inteligencia el terreno en el que se libra la discusión. Hay momentos en los que responder no es un signo de fortaleza, sino de haber sido arrastrado a una agenda ajena.
Por ello, esta carta es un llamado respetuoso pero firme: no permita que la política de distracción marque el ritmo de su actuar. América Latina necesita liderazgos que eleven el debate, no que lo reduzcan a confrontaciones que benefician a quienes buscan desviar la atención de asuntos más profundos.
Actuar como estadista implica, en ocasiones, no responder. Implica entender que no toda provocación merece eco, y que el verdadero liderazgo también se expresa en la capacidad de no entrar en juegos que otros diseñan.
Saludos cordiales!
David Alfaro
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