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sábado , 16 diciembre 2017
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¿Salvadoreñización de la sociología salvadoreña? (2)

@renemartinezpi
renemartezpi@yahoo.com
Director de la Escuela de Ciencias Sociales, tadalafil UES

Es una peculiaridad que las crisis económico-políticas –más allá de las coyunturas- afecten de forma rápida e inevitable a la sociología, tanto las crisis que se dan a nivel continental como las que se dan en el país. Lo anterior se debe a que dichas crisis reflejan profundamente las contradicciones y paradojas de la sociedad, apropiándose de ellas y convirtiéndose así en su propia contradicción como ciencia social, contradicción (y crisis) que es provocada por la injusticia, represión y expropiación de la vida colectiva que son innatas al capitalismo; injusticia, represión y expropiación que no son obra de un individuo en tanto tal, sino del individuo actuando como clase social. En todo caso, las crisis y paradojas latinoamericanas y salvadoreñas han cuestionado el bagaje teórico de la sociología y, por tanto, al sociólogo.

En los años 60s, el movimiento político-militar triunfante en Cuba (país que está más cerca de nosotros que la frontera del sueño americano) y, más que eso, su método de acceso al poder por medio de la lucha guerrillera, se constituyó en el paradigma de acción de muy diversos grupos políticos en el resto del continente, sobre todo en Centro América (Nicaragua y El Salvador). En el ámbito académico de las universidades públicas, el efecto demostración (la conciencia espejo) de la revolución cubana fue vital y ayudó a acelerar la radicalización política y teórica de muchos intelectuales que le dieron carne y huesos genuinos a la relación teoría-práctica. En sociología, el impacto más obvio de ese proceso fue el rechazo visceral de las formas tradicionales, apolíticas y ambiguas de hacer sociología sin salirse de los libros, los escritorios y las pizarras, la que –debido a la fuerte incidencia de los postulados norteamericanos- aparecía ante los ojos de los eruditos sin sangre en las venas como “simples, insípidos e incoloros instrumentos de la armonía social” y, con ello, se le venía desarrollando como una retranca o como disuasivo de la lucha de clases, la cual se miraba como una leyenda urbana sin sustento histórico y hasta como una subjetividad radical propia de los museos. Ese rechazo fue el que le dio vitalidad a los enfoques sociológicos marxistas y, en nuestro caso, fue la primera salvadoreñización de la sociología salvadoreña.

Precisamente ese enfoque marxista nacionalizado revitalizó a la teoría sociológica y propició su amplia divulgación en los recintos académicos hasta convertirse en una opción formativa. Hasta antes de eso, si bien el marxismo no era excluido de la sociología ni de los cursos libres de historia del pensamiento social, éste no era reconocido ni respetado como una posición teórica y pública que pudiera adoptar legítimamente un sociólogo científico. Constituía –o se le degradaba, más bien, tal como se hace hoy cuando se excluye el interés de clase social en los análisis- una ideología a la que obviamente cualquiera –incluso el sociólogo como ciudadano- se podía adherir, pero de la cual debía librarse cuando quería hacer ciencia. Ese falso y esotérico desdoblamiento era aceptado porque no se concebía al individuo como un cuerpo-sentimientos en trasformación constante e históricamente determinado.

En ese entonces –tal como hoy pasa con el impacto conceptual generado por la neocolonización de la teoría sociológica que inicia con la tesis del fin de la historia y de la ideología- los cambios políticos vividos por algunos de los países más importantes de la región durante los años 60s (Argentina y Brasil, principalmente) hacen que algunos de los planteamientos de corte liberal que inspiraron la obra de buena parte de la generación de la posguerra (la generación descomprometida o, en el mejor de los casos, pre-comprometida) comiencen a mostrar debilidades notables para explicar las nuevas situaciones, y así como se concluyó en esos años que no existe el subdesarrollo ni, mucho menos, los países en vías de desarrollo, así como se concluye hoy que ni la historia ni la ideología han llegado a su fin. Al respecto, basta con analizar las posiciones de la derecha radical en el país. Puede afirmarse, en esa lógica de rompimiento, que entre 1962 y 1965, con la invasión de Santo Domingo, se produce la metamorfosis de la sociología latinoamericana (cuya acta de nacimiento se firmó en la Cuba de Fidel y el Che) y la constitución de la alternativa crítica.

Pero ¿quiénes son los críticos de ayer y hoy? La presentación cronológica de los cambios acaecidos en la sociología (cuya metáfora es la salvadoreñización de la sociología salvadoreña) haría pensar que se han producido cambios radicales y completos en las orientaciones y enfoques. Eso no es cierto. No cabe duda de que pueden establecerse diferencias generacionales entre los científicos sociales que optan por una u otra perspectiva, pero al mismo tiempo debe reconocerse que autores que adoptan una u otra de ellas coexisten en un mismo momento del desarrollo y pertenecen al mismo tramo de edades. El compromiso social es el que hizo y el que hace la diferencia, más que la capacidad intelectual.

Sería difícil, pero apropiado, distinguir en términos generacionales las tendencias sociológicas latinoamericanas (incluida en ellas a la comunidad salvadoreña) y éstas serían: la erudita sin compromiso, la militante y la utilitarista. Si bien esa clasificación puede ser acusada de esquemática, es una primera aproximación que nos podría permitir definir quiénes son los sociólogos críticos. En primer lugar, los sociólogos eruditos sin compromiso son aquellos para quienes lo importante es publicar libros atiborrados de objetos de estudio inocuos que no transforman la realidad, pero sí engrosan su currículum generándoles una falsa sensación de superioridad, pues la erudición sin conciencia ni humildad pierde sentido. En segundo, los sociólogos militantes (los utopistas) son los que hicieron del compromiso social una forma de vida y erudición, y en éstos se produjo una división entre sus miembros –aunque ambos grupos en contraposición a la posición de los eruditos sin compromiso- respecto a la orientación teórica dominante: los marxistas (que hacían de la lucha política una forma de vida y un objeto de estudio) y los partidistas (que dejaron de lado o descuidaron la acción académica casi por completo y sus únicos referentes fueron los manuales). Ambos subgrupos, sin embargo, renegaron a los postulados básicos de los eruditos sin compromiso social y cerraron filas. Y, en tercero, los sociólogos utilitaristas que están haciendo de la teoría social una carretilla de supermercado y de la investigación una consultoría, aunque en ello conviertan en número a la realidad.

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