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viernes , 15 diciembre 2017
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EL ESTATUISMO HUMANO DE IDALIA LAÍNEZ: VESTUARIO, QUIETUD Y SILENCIO POÉTICO

EL ESTATUISMO HUMANO DE IDALIA LAÍNEZ: VESTUARIO, QUIETUD Y SILENCIO POÉTICO

JOSÉ ROBERTO RAMÍREZ
Asociación Arte Popular
«Hijos de Kuskatan»

En medio de una visual impresión mágica surge el asombro, la curiosidad; todo acompañado de un sentimiento párvulo y lúdico con que nos acercamos a apreciar esta expresión artística, por cierto, novedad reciente en nuestro medio. Me refiero, en particular, a una de tantas manifestaciones que integran el arte urbano, como lo es ésta, que básicamente se deriva de la disciplina del teatro o arte escénico: El Estatuismo humano o Estatuas vivientes, como también es llamado.
Y para ahondar en el tema, la pregunta obligada surge: ¿Cómo se define esta disciplina artística? Entre algunos conceptos el siguiente resulta amplio y detallado, y cito: Es el arte que a través de técnicas desarrolla la capacidad corporal y la concentración mental de mantenerse inmóvil durante lapsos de tiempo, que junto con un vestuario artístico representan determinado personaje, evocando tiempos, situaciones; tratando de emular el silencio y la quietud de una verdadera estatua.
Y desde sus inicios este fue el objetivo primordial. Cuenta la más antigua referencia que este arte fue creado por una urgente necesidad de manifestación y aceptación artística exitosa. Cleómenes, escultor Ateniense del siglo I, a.C, que nunca fue reconocido en el ejercicio de su arte, menos por tener excelencia en su obra, ideó la manera de demostrar lo contrario: Una escultura de sí mismo; y rompiendo cánones contemporáneos, no vaciló en tomar la decisión de convertirse él mismo en su propia escultura, y mostrarse al público como una de sus mejores creaciones. Para tal efecto, decidió vestir totalmente de blanco, cubrir lo visible de su cuerpo del mismo color a través de polvo adherido a su piel con aromáticos aceites, y posando por las principales calles atenienses con estatuaria quietud y silencio, llegó a convertirse en la mejor obra escultural de sí mismo.
Si bien en ese momento, imitar a una estatua no fue considerado una disciplina artística, hubo que esperar toda una gradual evolución en la apreciación de las diversas manifestaciones, movimientos artísticos y corrientes espirituales. Tanto así, que en el siglo II, dC, en distintas religiones, incluso la cristiana, habían personas (ascetas y anacoretas), que creían que con el sacrificio de «la inmovilidad total» purificaban su alma, y con afán en esa búsqueda vivían inmóviles por un cierto tiempo, interrumpiendo el ejercicio sólo para ingerir agua o algún alimento muy de vez en cuando.
Más adelante, según registros históricos, el Estatuismo humano, fue considerado hasta estrategia militar o combativa, no así como expresión artística, para lo cual, aún tenía que esperar mucho tiempo.
En el siglo XV d C, en Japón, cuando un Samurai perdía su Amo por alguna tragedia, sólo vivía para vengar el honor del mismo, aunque en el intento perdiera su propia vida. Una de sus estrategias consistía en simular ser una estatua en total inmovilidad dentro de su armadura pintada de color blanco y de esa manera poder emboscar a su enemigo.
Y así como estas notas históricas, se pudieran citar otras que demostraran la presencia del Estatuismo en el quehacer evolutivo en diversas culturas y pueblos. Pero sería quizás ya entrado en el siglo XIX, 1928 para ser preciso, dónde podríamos considerar que el Estatuismo humano es apreciado como una expresión artística, representado visualmente un suceso histórico y reflejando -en esta ocasión- el drama y dolor humano inherente a la Primera Guerra Mundial.
El dramaturgo alemán Bertolt Brecht, paseando por «La Ciotat» (pequeño puerto de la Costa Azul), vio un soldado de Bronce con todas sus ropas y su arma, parado e inmóvil. Un cartel a sus pies rezaba: «Hombre estatua. Fui soldado en Verdún, allí aprendí a quedarme inmóvil. Es una enfermedad para la que no encuentro cura». (Batalla de Verdún, Francia, 1916) Brecht escribió en uno de sus «Cuentos de Almanaque», que en esa Estatua viviente encontró «El soldado anónimo de todas las guerras.»
Pero la conclusión en este pequeño viaje sobre la línea del tiempo, para considerar consumado el Estatuismo humano como expresión artística y de formación académica, inicia tan reciente en Francia y España en 1980, donde se crearon las primeras academias específicas con el fin de cultivar y divulgarlo. Al poco tiempo, por limitantes presupuestarias desaparecieron, no sin antes haber dejado en la mente popular que el Estatuismo humano es innatamente una expresión artística. De ahí en adelante se masificó la idea de que representar Estatuas Vivientes, no exige como obligación imperativa una metódica preparación académica, más sólo hay que aplicar la creatividad a la disciplina física-mental y acomodar la «estatua» o personaje elegido a las limitaciones del cuerpo, o saber confrontar y adaptar en lo sumo, éstas, frente al personaje a representar.
Pero volviendo a nuestro medio, y cuando digo que de una visual impresión mágica surge el asombro, la curiosidad; todo acompañado de un sentimiento párvulo y lúdico, es porque la vestimenta, los colores extremos, la dimensión corporal y natural que apreciamos, el dominio sobre la quietud física y el silencio obligado (lo que exige concentración mental y resistencia muscular), nos trasladan, inevitablemente a otra época, a un micro mundo surrealista plantado frente a nosotros con una gallarda y sublime quietud en medio del pregón y escenas caóticas que envuelven lo cotidiano de cualquier ciudad, principalmente aquellas atrapadas en el eterno estatus de ‘en vías de desarrollo’.
Esa visón mágica fue expuesta en varias ocasiones en la plaza Barrios, plaza Morazán, Teatro Nacional, CIFCO, Ruta de Pueblos Vivos, etc., por un grupo de artistas jóvenes, entusiastas, propulsores de la disciplina de este arte en nuestro medio, y entre ellos Idalia Laínez, una mujer de espíritu dinámico, sensible, guerrera en las dimensiones existencialista de la vida.
Idalia me cuenta que la mayor satisfacción a la que se expone es observar y oír el asombro pueril no sólo en niños sino también en personas adultas. Ella sabe muy bien que estos momentos sublimes son únicos, mágicos, por el hecho que le retro alimentan su espíritu: la fuente de concentración y energía necesaria; y que le compensan todo el cansancio físico y mental experimentado en cada jornada que en promedio oscilan entre tres a cuatro horas. Momentos que difieren en esencia, al compararlos con los aplausos recibidos al terminar las actuaciones en compañías teatrales a que perteneció durante tres años, entre ellas: TIET, dirigida por Jen Valiente; Arte Acción, dirigida por Daniel Vega y La Ceiba Roja del Este, dirigida por Roberto Carbajal. Pero bien sabe, y hoy lo reflexiona, que cada situación vivida ha sido sin darse cuenta, los peldaños perfectos que la han conducido al ejercicio de esta profesión artística, desde aquel par de años en que empezó a estudiar teatro, luego dos años más de danza y ballet, tres años de actuación constante formando parte en compañías teatrales,… y en medio de todo, sus estudios universitarios que la acreditan como graduada en Técnico en Periodismo.
Existe otro detalle que Idalia Laínez expone con un gesto fulgurante, originado en la mirada y el tono de voz con la que hace referencia al vestuario que usa en cada uno de los personajes que expone: «…una cosa es la disciplina y técnica para exponer el Estatuismo, y otra, ingeniársela para la elaboración del vestuario. Esto implica rebuscarse en cada detalle, desde pelucas, ropa, zapatos, accesorios, los cuales una misma debe reajustar, elaborar y pintar conforme la exigencia del personaje lo requiera».
La creación del vestuario involucra una alta dosis de creatividad y habilidad manual, sin olvidar, por supuesto, la inversión económica que esto exige, más aún en el caso de Idalia Laínez que cuenta con cuatro personajes con los que se presenta frecuentemente. Ellos son: La Muñeca Azul, Caperucita Roja, Mujer Guerrera y La Niña de los años 30, sin dejar de mencionar un par de personajes que con inquietud le están insistiendo en la mente para darles vida.
Hablar de sobrevivir del arte en nuestro medio es una aberración nacional pronunciada en voz baja, pero a pesar de ésta realidad el Arte Urbano ha logrado convertirse en una forma digna de ganarse la existencia cotidiana; seguramente esto se deba a la interacción directa que tiene con las personas y por la facilidad con que se improvisa y adapta cualquier lugar para ser usado como ventana expositora. Sin embargo ésta facilidad tiene una leve desventaja, y es el intento de abuso físico mostrado por algunos individuos, principalmente hacia las mujeres expositoras.
En el caso del Estatuismo humano el escenario perfecto son las plazas, parques, lugares turísticos, ferias y cualquier lugar en el que existan concentraciones masivas, donde los aristas esperan ser vistos con dignidad y recibir respeto. Más también esperan bondad y recibir apoyo económico que les ayude a seguir viviendo como artistas y personas dignas, teniendo todos plena conciencia que son un elemento necesario dentro del espectro cultural, espiritual y social de un pueblo.
Pero tomando en cuenta el reciente cierre de casi todos los pocos parques y plaza que tiene la ciudad, con la intención de mejorarlos, según dicen, (el escepticismo es un recurso válido después de tanto engaño), Idalia Laínez y otros compañeros que frecuentaban su exhibición en la plaza Barrios y Morazán, fueron esparcidos y cada uno, por su lado, ha tenido que buscar nuevos horizontes de exhibición. En el caso de ella, con cierta dificulta, ha logrado exhibir su arte de manera casi perenne en el Paseo el Carmen, Santa Tecla, y el Mirador, en los Planes de Renderos, principalmente los fines de semana donde la concurrencia turística es más concentrada.
Justo es, amigo lector, dejarles aquí su correo electrónico donde puede ser contactada para cualquier evento cultural: idaliamelgar77@gmail.com o en su página de facebook, donde con facilidad se encuentra como Idalia Estatuismo.
Pero la intención y objetivo de Idalia no sólo abarca la exposición de su arte, sino que ambiciona como proyecto artístico dejar un legado para las generaciones de jóvenes venideras, en armonía con tal propósito ella se declara en total disposición para impartir talleres y de esa manera transmitir las técnicas asociadas al Estatuismo. «Es urgente y necesario crear semilleros de jóvenes que se conviertan en herederos y nuevos expositores y amantes de este arte»…concluye con un evidente entusiasmo que contagia.
Algún día, la toma total del arte en estos y otros lugares dejará de ser una de tantas utopías con las que se sueña, utopías que aún siguen esperando con un necio hálito de fe y esperanza; junto con la sobrevivencia justa y digna de los hacedores de arte en todas sus expresiones.
Mientras tanto, el Estatuismo humano, disciplina artística que ha venido para quedarse, nos continuará cautivando tanto a niños como adultos a través de la magia visual que evocan los singulares vestuarios, la quietud …y ese silencio poético con que nos seduce el espíritu.

 

 

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